Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo VII




– Vale, ahora te lo explicaré, pero por lo que más quieras, arranca de una puta vez- le insistí antes de que pudiera alargarse más en su parrafada.

Dudó un instante, pero al ver mi mirada se decidió a hacerme caso. Metió la llave en el contacto, el motor del Panda comenzó a carraspear, algo habitual pero que esta vez me heló la sangre cuando pensé en la posibilidad de que nos dejara tirados.

“Lo que faltaba”. Amagó un par de veces con no ponerse en marcha, pero a la tercera aquella carraca vieja con ruedas funcionó. Suspiré por enésima vez. Cuando miré hacia atrás y vi como me alejaba de aquel chalé una inmensa alegría se apoderó de mí.

Marie permanecía callada. Jesús también, aunque intuí que si no le daba pronto una explicación, volvería a ametrallarme con sus preguntas. Empecé a contarle lo sucedido en La Moradiña, mi amigo no podía salir de su asombro. A menudo despistaba la conducción de su automóvil para poner más atención en mis palabras. Por eso decidí ser escueto, no quería que después de todos los avatares que había superado, fuese a sorprenderme la desgracia a bordo de un coche viejo.

Cuando acabé mi narración de los hechos ya habíamos llegado a la Ciudad de los Periodistas. Estábamos más cerca de nuestros hogares, y eso también nos hacía sentir más seguros. Jesús aparcó el coche. Urgía un debate sobre lo que íbamos a hacer a partir de aquel instante. Las cosas no estaban ni mucho menos resueltas.

– Supongo que tú querrás ir a la policía- dijo volviéndose hacia Marie-. Espero que comprenderás que no debes hablarles de nosotros. No fuimos allí precisamente para rescatarte.

Ella no había dicho nada desde que abandonamos su “cárcel”. Sencillamente observaba como discutíamos mi amigo y yo, y escuchaba atentamente. Ya sabía que éramos unos meros cacos aficionados. En mi interior estaba triste porque me di cuenta que lo poco que aún quedaba de mi imagen de héroe se había ido al garete. De todas maneras confiaba en que no hablaría a la policía sobre su rescatador. Debía estarme agradecida.

– No diré nada a la policía- aseguró cuando volvió abrir su boca -. No diré nada a la policía porque no pienso ir a la policía.

– ¿Qué quieres decir?- le pregunté sorprendido.

– No puedo ir a la policía. Estoy seguro que si los denunció todo será peor para mí y para mi familia.

– ¿Estás segura?. Debes haber sufrido mucho…

– Oh, sí, es duro estar encerrada en un sitio pequeño tanto tiempo. Siempre estaba asustada. Las pocas veces que me sacaban del zulo era para tenerme atada y a oscuras. Yo tenía tanto miedo, supongo que es lo que ellos pretendían. No podía evitar pensar que algo horrible iba a suceder siempre que apagaban la luz. He temido tanto por mi vida…

Las manos comenzaron a temblarle. Hablar le resultaba cada vez más difícil. Estaba claro que había sido una experiencia aterradora, y que los recuerdos la volvían a sumir en el inmenso miedo que debía haber soportado durante sus interminables días de cautiverio.

– No hables más de ello si no quieres. Esos cabrones te han hecho mucho daño. Has sufrido mucho, aunque creo que eso es una buena razón para que los denunciases. No puedes dejar que sigan libres- insistí.

– No, no iré a la policía. Sólo quiero volver con mi familia. Sólo quiero olvidar todo cuanto antes.

– Pero, ¿y si vuelven a secuestrarte?.

– Mi padre contratará gente para mi seguridad. Ya no volverán a secuestrarme.

– ¿Tan poderoso es tu padre?.

– No quiero contaros nada sobre él. Ya he tenido bastantes problemas.

– Insisto en que deberías ir a denunciar tu secuestro.

– No insistas, no puedo. Sólo quiero ir a algún teléfono para hablar con mi familia. Ellos vendrán a recogerme.

– ¿Desde Francia?.

– Oh, claro.

– Bueno, no te preocupes, no te abandonaremos- le aseguré desde lo más profundo de mi corazón.

Fuimos después hasta una cabina. Ella se bajo del coche. Jesús le prestó con mala cara su tarjeta de Telefónica.
En el interior del Panda, comenzó entonces una conversación sobre nuestra situación actual.

– Joder, tío, entras en busca de dinero y sacas una chica. Eres la polla. ¿Qué va a pasar ahora?.

– ¿Qué querías que hiciera?.

– En menudo lío nos has metido.

– Nos hemos. Esto lo hemos hecho los dos juntos.

– La idea fue tuya.

– Yo ya pasaba, fuiste tú el que decidió que volviéramos a intentarlo.

– Yo no entré en el puto chalé.

– Serás cabrón, no sabes lo mal que lo he pasado allí dentro.

Jesús detuvo el tono hostil que estaba tomando nuestra charla.

– Me lo imagino. Lo siento, macho, pero esto es de película.

– Tú lo has dicho, quizás con esto escribamos un nuevo guión.

– La protagonista está buenísima.

– La verdad es que es preciosa.

– ¿Preciosa?. Tú sólo utilizas ese adjetivo cuando te enamoras.

– No digas chorradas, tío. ¿Cómo me voy a enamorar?. Acaba de salir de un secuestro, es de otro país, casi no la conozco, es posible que después de hoy no la vuelva a ver en mi vida…

– Lo que digo, te estás enamorado. Además tu especialidad son los amores imposibles.

– Una especialidad en la que siempre fracaso.

– Lo que importa es participar.

– Y divertirse. Sobre todo divertirse.

Nuestro diálogo transcurría ahora por la senda del buen humor, pero teníamos que aclarar lo que íbamos a hacer.

– Si quieres me voy y te dejo a solas con ella.

– Deja de decir gilipolleces. ¿Crees que la pobre va a tener el cuerpo para juergas?, lo que tenemos que hacer es ocultarla.

– Si su padre es tan importante, seguro que manda un avión privado, no creo que tengamos que pasar mucho tiempo con ella.

Marie terminó su conferencia. Colgó el teléfono y volvió de nuevo al coche, que estaba aparcado en doble fila junto a la cabina.

– Mañana a las diez vendrán a recogerme. He quedado en la Puerta del Sol- nos comunicó con una dulce sonrisa en sus labios.

– ¿Mañana a las diez?. ¿Van a venir en coche?.

– Sí, claro.

– Yo pensé que tu familia estaría deseando verte, y que como son tan importantes mandarían un jet o algo así.

– Mi familia está deseando verme, pero no es tan fácil conseguir un avión sin previo aviso. Además, me alegro, no me gusta demasiado viajar por los aires. ¿Qué pasa?. Si tenéis miedo, dejarme sola, puedo aguantar. Vosotros ya me habéis ayudado bastante.

– No, te he dicho que no te vamos a dejar sola. Si quieres puedes venir a dormir a nuestro piso.

– No es necesario que permanezca oculta, si realmente mis secuestradores quieren buscarme lo harán por las estaciones o por el aeropuerto. Con evitar esos lugares creo que estaré a salvo. Haré turismo, me pasearé por el centro de Madrid, seguro que allí no se les ocurre buscarme.

– Insisto en que estarías mejor escondida en algún sitio. Podemos ir a un cine.

– No, no quiero estar oculta. He estado mucho tiempo oculta. Odio estar entre cuatro paredes. Necesito respirar aire de la calle, necesito verme rodeada de gente.

– ¿Aún a riesgo de que te encuentren tus secuestradores?.

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2 Comentarios

  1. chuscurro
    18 febrero, 2008
  2. Dimitri
    20 febrero, 2008

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