Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo VIII




– No, no quiero estar oculta. He estado mucho tiempo oculta. Odio estar entre cuatro paredes. Necesito respirar aire de la calle, necesito verme rodeada de gente.

– ¿Aún a riesgo de que te encuentren tus secuestradores?.

– No perderán el tiempo buscándome por calles céntricas.

Tal era su seguridad al respecto, que decidí dejar de llevarle la contraria. Le di un leve codazo a mi amigo, que puso su coche en marcha. Esta vez el tartamudeo del motor, su típico renquear a la hora de arrancar, no me pareció tan parsimonioso.

Nuestro destino no estaba muy claro así que Jesús decidió consultar con su pasajera.

– Bueno, ¿qué te gustaría ver de Madrid?.

– Quiero ver lo más conocido, sobre todo la Puerta del Sol, mañana tengo allí una cita importante- respondió.

– Bueno, entonces vamos hacia allá.

Aprovechamos el viaje hasta el centro para presentarnos a Marie debidamente y contarle un poco acerca de nuestras vidas. Debíamos aclarar que el oficio de cacos había sido una eventualidad. Ella prestó mucha atención cuando le hablamos de nuestro proyecto de película, e incluso nos dijo que cuando hubiera pasado un tiempo quizás podría convencer a su padre para que nos financiara. Nosotros la creímos.

El mejor sitio para aparcar el coche por aquella zona era la Cuesta de la Vega. Desde ese punto iniciamos nuestro recorrido turístico. Yo aún recordaba las explicaciones que no daban cuando nos sacaban de excursión con el colegio, y asumí el papel de cicerone.

-Esto que tienes aquí enfrente son los restos de una muralla árabe, y esto que hay a la derecha es la Catedral de la Almudena. Ahora cuando subamos la verás mejor desde la entrada principal.

Ella atendía a todo lo que decía con un interés que dotaba a mis palabras de mayor relevancia de la que tenían. Emocionado por su actitud, al llegar al Palacio Real me atreví a contar una historia que vagaba por mi memoria sin síntomas claros de veracidad.

– ¿Ves aquellas estatuas que hay sobre el techo?. Esas estatuas estuvieron colocadas en esa plaza que hay detrás de las vallas. Las quitaron de allí arriba porque al parecer una esposa de Felipe V soñó que se le caían sobre la cabeza. Hace poco volvieron a llevarlas a su sitio original.

Decidimos dar media vuelta. El follón que había montado en la Plaza de Oriente debido a las dichosas obras para la construcción de aparcamientos y destrucción de restos históricos carentes de interés para el municipio, nos hubiera obligado meternos por algunas callejuelas cuyo tránsito no era muy recomendable a aquellas horas de la noche. Preferí recorrer un camino ya andado antes que buscar más líos.

Al llegar a la calle Mayor hice un amago de adentrarme por ella, pero Jesús me hizo una seña con el dedo para que siguiésemos adelante por la calle Bailén. Después dijo:

– Enseñémosle el Viaducto.

No me pareció mala idea y andamos unos cuantos pasos más hasta llegar a un pequeño mirador colocado en la acera. El viaducto se alzaba varias decenas de metros sobre la calle que pasaba bajo él. Al frente una preciosa vista, en otros tiempos seguramente mucho mejor cuando no había tanto cemento y hormigón en la ciudad.

– ¿Te gusta la panorámica?- le pregunté a Marie.

– Sí, es muy bonita.

– Lo cierto es que este lugar es muy utilizado por los suicidas. Es algo así como un cementerio del desamor y de la perdida de esperanzas.

– Desde luego con una caída tan grande no creo que nadie haya fracasado en su objetivo.

– Si te lo propones te da tiempo hasta buscar un blanco mientras caes- bromeó Jesús.

– Mejor vámonos, empiezo a tener vértigo.

Hicimos caso a nuestra particular turista. Esta vez sí encaminamos nuestros pasos por la calle Mayor. Yo metido en mi papel de guía comentaba todo lo que veíamos como si ella fuese ciega o no supiera leer.

– A la derecha está el Gobierno Militar, a la izquierda el Instituto italiano de la cultura.

Seguíamos avanzando.

– A la derecha una iglesia, eso parece. A la izquierda una zapatería…

– No es necesario que hables todo el rato- me indicó mi amigo.

– Lo siento, a veces cuando tomo carrerilla me vuelvo un poco pesado- me excusé ante Marie.

Ella sonrió, sus mejillas tomaron color y su cara se iluminó.

– No te preocupes, no me pareces pesado, me pareces simpático y divertido.

Huelga comentar la cara de panoli que se me quedó tras oírla. Estaba sufriendo un proceso de idiotización progresiva, por mucho que me costase admitirlo ante Jesús, tenía que reconocer que en mi interior estaba naciendo un sentimiento que se oponía totalmente a las directrices de mi cerebro. Odiaba que eso sucediese. Si mi cabeza me decía “ignórala”, ¿por qué mi corazón no paraba de señalármela con el dedo y hacerme guiños?. Si un día los japoneses inventasen un controlador de emociones yo sería el primero en comprarlo. No podía soportar más esa sublevación que se producía en mi interior y que desobedecía sin ningún tipo de escrúpulos los consejos de la razón. Me sucedía demasiado a menudo y lo único que me proporcionaba era una enorme desazón y unos profundos desengaños.

El recorrido siguió adelante pasando por la Plaza de la Villa, y por supuesto por la Plaza Mayor. No supe decirle con seguridad quien era el rey de la estatua que hay allí.

– Ese es Felipe III o Felipe IV. No estoy seguro. Hubo época en España en que todos los reyes se llamaban Felipe y tenían cara de tontos.

Ella volvió a reír, y al ver alegría en sus ojos, yo sentí alegría por todo mi cuerpo.

La Puerta del Sol iba a ser el momentáneo punto y final a nuestra ruta turística.

– Bueno, mañana a las diez de la mañana tu familia vendrá a buscarte aquí- la informé.

– Así que este es el centro exacto de Madrid.

– Eso dicen, aunque supongo que es una manera de hablar, creo que lo cierto es que desde este lugar empiezan a contabilizarse los kilómetros en las carreteras españolas. Y lo más importante desde ese reloj empieza a contabilizarse los segundos del año nuevo.

– Gracias a ti, podré pasar el fin de año junto a mis familiares. Siempre te estaré agradecida.

Entonces Marie me cogió la mano y me dio un suave apretón. En aquel momento supe que la razón tenía perdida su batalla contra los sentimientos.

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3 Comentarios

  1. Dimitri
    22 febrero, 2008
  2. Chuscurro
    22 febrero, 2008
  3. Dimitri
    22 febrero, 2008

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