Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo IX




– Gracias a ti, podré pasar el fin de año junto a mis familiares. Siempre te estaré agradecida.

Entonces Marie me cogió la mano y me dio un suave apretón. En aquel momento supe que la razón tenía perdida su batalla contra los sentimientos.

Jesús osó a interrumpir el intenso silencio que se había formado.

– Bueno, ¿ahora no te apetecería ir a un lugar de marcha?. Después de tanto tiempo secuestrada te vendrá bien un poco de diversión.

Yo dibuje un gesto de disconformidad ante la falta de sensibilidad de mi amigo.

– Está bien- contestó ella mientras soltaba mi mano, produciéndose entonces dentro de mí una enorme sensación de desamparo que dejaba en segundo plano mi sorpresa por su actitud desinhibida.

Por cercanía, nos decantamos por ir hacia la zona de Huertas, solíamos salir por allí. Como cualquier día de fin de semana todos los locales se presentaban abarrotados de gente.

Al pasar por delante de un Pizza Hut notamos la llamada de nuestros estómagos y decidimos acudir en su ayuda. Después de tantas emociones, habíamos dejado un poco de lado nuestras necesidades elementales.

Tras el avituallamiento me sentía muy bien, más aún teniendo en cuenta que, tras echarlo a suertes, el destino deparó que invitase Jesús. Curiosa jugada por su parte. Empezaba a olvidarme de la situación tan surrealista que estaba viviendo, por un momento pensé que aquel era un fin de semana como cualquier otro.

Al pasar por delante del “Mikonos” algo llamó mi atención.

– ¿No es aquel “Chapu”?- le pregunté a Jesús.

– Sí, es él. Será mejor que nos vayamos porque como nos vea con una tía se nos adoba.

– Tienes razón, será mejor evitar ver conocidos, no tengo ganas de mentir.

El hecho de ver a aquel compañero de facultad me hizo comprender que no me convenía moverme por los sitios por los que lo hacía normalmente.

Tras una breve charla con mi amigo decidimos volver al coche para irnos a otro lugar de Madrid. Miré el reloj, eran cerca de las tres de la madrugada. Pensé en todo el tiempo que quedaba aún hasta las diez.

A medida que la noche había ido avanzando, el frío se había hecho notar con más intensidad. Reparé entonces en la chaqueta de lana de Marie. No debía abrigar demasiado, no era muy gruesa y parecía vieja. Probablemente sus secuestradores se la habían prestado. Le ofrecí mi plumas, no suelo ser tan caballeroso, pero en aquel momento pensé en todo lo que había sufrido la chica que tenía junto a mí. Ella rechazó mi oferta, eligió otro modo de combatir el frío en el que ninguno de los dos se vería mermado: se acercó a mí y me agarró por la cintura buscando refugio. Yo la rodeé con el brazo.

Sé que bajábamos por la calle Mayor, pero no recuerdo sobre que hablábamos en aquellos momentos. Tampoco recuerdo si Jesús iba a nuestro lado o un poco más adelantado. Lo único que recuerdo claramente es la sensación de que mis pies se movían unos centímetros sobre el suelo, andaba como entre nubes. Era lo que yo denomino el efecto “flotting”. El síntoma inequívoco de la intervención de Cupido.

Me sería imposible determinar cuanto duró aquel paseo junto a Marie, aunque aún conservo en la memoria la sensación de rabia que me produjo ver el Seat Panda de mi amigo.

El viaje en coche transcurrió lejos de la anormalidad. Nos conocíamos un poco más, y la conversación era más distendida. Al llegar a Cibeles Jesús se sacó una carta de debajo de la manga.

Aparcó en doble fila, en un lugar donde entorpecía visiblemente el paso de la circulación.

– Venga, bajaros rápido. Estoy molestando.

– ¿Y tú que vas a hacer?.

– Yo me largo.

– ¿Cómo que te largas?- inquirí con un claro tono de indignación.

– Me acabo de acordar que había quedado con Carmen en su casa, y voy a ver si todavía la pillo despierta.

– ¿Carmen?.

– Sí, Carmen, mi novia- me dijo guiñando un ojo.

– ¡Ah!, esa Carmen. Mañana le puedes contar todo.

– No, tengo claro que lo mejor es que regrese esta noche, que si no luego piensa cosas malas y tengo movidas. Además está sola en casa…

– No es justo, me dejas a mi toda la responsabilidad.

– Oh, yo no quiero ser una carga- intervino Marie.

– No, tranquila no eres una carga, discuto simplemente porque creo que Jesús tiene mucha cara.

– Lo siento Marie, pero debo irme. No le hagas caso, no soy un cara. Sé que te quedas en buena compañía con Javi, por eso me marcho tranquilo- se disculpó mi amigo.

Un grave pitido nos sobrecogió. Era el búho, el autobús nocturno, al cual estábamos estorbando.

– Venga coño, bajaros del coche de una vez.

– Está bien, está bien. Ya hablaremos- le dije con tono amenazador.

Él me sonrió burlonamente, mientras pude observar como su carrillo izquierdo se hinchaba bajo el impulso de su lengua que se movía de arriba a abajo. Esa era la seña que solíamos hacernos en el momento de pasar al ataque con una chica. Me pareció una seña del todo inoportuna, pero comprendí sus aviesas intenciones. Todo estaba claro, la verdadera razón por la que me dejaba solo era porque creía que debía intentarlo con Marie. Me estaba metiendo presión. Estaba coaccionando a mis confusos sentimientos.

– Suerte Marie, espero que tu vida vaya a mejor. Ha sido un placer conocerte.

Mi amigo se fue, pero su mensaje se quedó. La idea de una aventura me atraía. La tentación paseaba conmigo, agarrada a mi cintura. Sabía que ella acababa de salir de un secuestro, que apenas nos conocíamos, que yo no era precisamente un as con las féminas, etcétera, etcétera… . ¿Qué importaba todo aquello?Sólo tenía que mirar sus ojos para olvidarlo. “Estás loco”, me decía, y me lo decía porque sabía que ya había tomado una decisión. Posiblemente iba a arrepentirme, eso creía, pero debía dejar mi cobardía en un segundo plano para luchar por el placer de surcar sus mejillas y besar sus labios.

A medida que caminábamos hacia nuestro destino, los alrededores de la plaza de Santa Bárbara, mis dedos rompían la timidez de su amo trepando por la espalda de la francesa, dibujando caricias a unos milímetros de su piel. El silencio reinaba. No tenía nada sobre lo que hablar, en mi cabeza moraba una única idea. No podía demorar mucho más el momento de la verdad, el destino ya había dictado sentencia. Mi corazón palpitaba con intensidad, después de todos los vaivenes que habían sufrido mis pulsaciones aquella noche pensé en que quizás eso redundaría en un arritmia crónica, bueno, a lo mejor me servía para librarme de la mili.

Buscaba una señal, un gesto suyo, una mirada penetrante del verde intenso de sus ojos. Una señal, una débil señal, ínfima, diminuta, atómica, sin consistencia. Cualquier señal, porque necesitaba apoyarme en algo para dar el paso definitivo. Entonces pase por delante de la Sociedad General de Autores, aquel lugar donde miles de veces había entrado con mi imaginación para dar multitudinarias ruedas de prensa acerca de mis éxitos cinematográficos. Ese lugar de mis triunfos ficticios, podía convertirse en el lugar de un triunfo real. Ese era el guiño que andaba buscando.

Detuve mis pasos, ella me miró y mis labios avanzaron indefectiblemente a la captura de los suyos.

Ella se apartó.

Yo me desmoroné.

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