Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo X




Detuve mis pasos, ella me miró y mis labios avanzaron indefectiblemente a la captura de los suyos.

Ella se apartó.

Yo me desmoroné.

– Lo siento.

– Lo comprendo. Ha sido una equivocación, me he dejado llevar.

– Compréndeme, me gustas, pero ahora no puedo pensar en esas cosas. Acabo de salir de un secuestro…

– No sigas excusándote. Sé que tienes razón. A menudo me olvido de todo. A menudo pienso que mis sueños pueden hacerse realidad, y pierdo la cabeza.

– ¿Todo lo que ha pasado hoy es un sueño para ti?.

– No, tú eres un sueño para mí.

Sus bellos ojos desprendieron un brillo vidrioso, y supe que había tocado su corazón.
Empezó a buscar pretextos como si no entendiera que yo ya me había dado cuenta que había cometido una torpeza, o tal vez, como si tratara de convencerse a si misma.

– Oh, no sabes cuanto lo siento. No es sólo el momento, además en Francia hay una persona en mi vida…

– Déjalo, no sigas. No pensé que tuvieras novio, no pensé en que acababas de salir de una situación traumática. Creo que simplemente no pensé. Soy demasiado viejo para ser tan iluso, aunque en mi defensa diré que no suelo sentir demasiadas veces por una chica lo que he sentido por ti.

– ¿Qué has sentido?.

– Bueno, en este país lo llamamos amor…

“Amor”. ¿Qué demonios estaba haciendo?. Esa palabra únicamente debe utilizarse en casos de extrema urgencia.
He de reconocer que a pesar de que me cuesta transmitir mis sentimientos cuando me pongo manos a la obra, no hay quien me pare, y sale de mi una verborrea que bordea los limites de la cursilería. Por suerte tal desarrollo de mis cualidades comunicativas no iba a caer en saco roto.

– Lo siento- dijo Marie una vez más- pero acto seguido sus labios besaron los míos durante un breve y mágico instante.

Sin duda fue el mejor “lo siento” de toda mi vida.

Después de esa magnífica deferencia conmigo, ella recostó su cabeza sobre mi pecho, me abrazo y continuo diciéndome con rostro triste:

– No puede ser, de verdad, no puede ser…

– No importa, lo digo en serio, no importa. Con ese pequeño beso y este abrazo tú me has hecho más feliz que muchas otras chicas que han pasado por mi vida. Ha merecido la pena conocerte. Merece la pena sentir lo que siento. Olvidémonos del tema, nos quedan aún seis horas por pasar juntos y quiero disfrutar cada segundo. A veces uno sabe que no se puede conseguir todo. A veces, uno es feliz sólo con rozar la gloria con la punta de los dedos- le expliqué mientras acariciaba sus labios con la punta de mis dedos.

– Javi, eres tan bueno conmigo.

Esa clase de comentarios pronunciados mientras me estaban rechazando solían soliviantarme porque sonaban bastante hipócritas. Pero curiosamente aquella vez había sucumbido de tal modo a su dulzura que no pude, por más que quise, irritarme. A pesar de haber fracasado en mi tentativa, me sentía fenomenal.

Las cartas habían sido puestas sobre el tapete. El juego parecía haber concluido, sin embargo, la velada debía continuar como si nada hubiera pasado. Yo estaba a gusto conmigo por haber dado salida a mis sentimientos, ella, lejos de volverse arisca, seguía dejándose querer, y a fe mía que seguiría queriéndola.

La noche era casi gélida, pero continuábamos paseando el uno junto al otro. Ni por un segundo dejé de agasajarla con mis arrumacos ante los que ella se mostraba receptiva. Era como si nos amasemos sin besos, una práctica nueva para mí, sin duda gratificante.

Al pasar por el San Mateo Seis, un garito de rock bastante conocido por la zona, volví a abrir la boca.

– Mira, aquí creo que se rodó parte de una película española de bastante éxito, Historias del Kronen. ¿Quieres que pasemos a tomarnos algo?.

– Veo que has vuelto a convertirte en mi guía turístico.

– Es todo lo que puedo aspirar a ser…

– No digas eso…

– No me da miedo la verdad, no me importa decirlo.

– Pero eso no es la verdad…

No sé si lo que sucedió allí fue el resultado de un ejercicio de reflexión por su parte, o si fue una rendición ante mis caricias. Realmente no sé lo que fue. Ni me importó, añadiré. El caso es que aquel momento vi en sus ojos verdes el azul del cielo. Sus puertas se abrían ante mí. Incliné de nuevo mi cabeza sabiendo que esta vez no me esquivaría.

Nuestros labios se unieron.

Nos besamos.

Floté.

Me separé para poder contemplarla, para asegurarme que era real. Ella me dijo:

– Bueno, ahora tienes el poder sobre mí.

El súbito impulso de la pasión se apoderó de mi cuerpo. La cogí por la cintura y la elevé hasta colocar su boca a la altura de la mía. Sus piernas se enroscaron en mis muslos, su lengua se enroscó en la mía. Nuestra sangre estaba en ebullición y el frío desapareció por completo.

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3 Comentarios

  1. Chuscurro
    3 marzo, 2008
  2. melita
    3 marzo, 2008
  3. chuscurro
    3 marzo, 2008

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