Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XI




– Bueno, ahora tienes el poder sobre mí.

El súbito impulso de la pasión se apoderó de mi cuerpo. La cogí por la cintura y la elevé hasta colocar su boca a la altura de la mía. Sus piernas se enroscaron en mis muslos, su lengua se enroscó en la mía. Nuestra sangre estaba en ebullición y el frío desapareció por completo.

Aferrada a mi cuello, extraía de las yemas de sus dedos deliciosas caricias que hacían brotar en mi nuca un cálido escalofrío que recorría por la médula toda mi espalda hasta que desembocaba en un movimiento reflejo de mi pelvis. A cada toque suave suyo respondía el movimiento de mi pelvis, primero lentamente, luego de manera convulsiva. Mis manos se asieron en sus nalgas y la apreté contra mi cintura.

Nos miramos, sonreímos. Sabíamos que estábamos en medio de la calle y que había que frenar, pero ninguno de los dos quería pisar ese pedal. Al final, so percebe que es uno, decidí pararme. Dejé que sus pies se apoyarán nuevamente sobre el suelo.

Nos miramos, sonreímos. La abracé de nuevo, volví a auparla con mis brazos y la dejé sobre el capó de un coche que había a su espalda. Ella echó su cuerpo hacia atrás, y yo me tumbé encima. Recorrí su cuello, primero con los labios y luego con la lengua. Con los labios y la lengua juntos después. Sus dedos envolvían mis cabellos.

– ¡¡MOOOOOC!!.

El claxon de un coche nos interrumpió, el claxon del coche sobre el que estábamos tendidos. Marie se ruborizó, posiblemente yo también. Pedí disculpas a aquel tipo que me miraba muy enojado. Tampoco era para tanto, además, ¿que demonios hacía dentro del coche?. ¡Menudo aguafiestas!.

Aquel maldito bocinazo había cortado nuestro ritmo, y, lo que era aún peor, me había devuelto la cordura. Comencé a pensar donde estaba, con quien estaba, y si no me estaría equivocando al dejar aflorar mis sentimientos de una manera tan contundente. No quería quemarme la cabeza, pero no podía evitarlo. Además estaban mis miedos. Mis miedos generados por mi ego, que me recordaba que el tiempo que llevaba sin vivir unos momentos como los que acababa de vivir se medía en meses, eso por no hablar de otros menesteres de mayor rango, ya que aún no me permitía aventurar la posibilidad de llegar a tales extremos.

Total, mientras algunas de mis neuronas se enredaban en absurdas cavilaciones sobre la imagen sexual que iba a exportar a Francia, tomé a Marie de la mano y pasamos al San Mateo Seis.

Nos adentramos en el local dirigiéndonos hacia unos bancos metálicos que se apoyaban en una de las paredes. Me senté en uno de ellos, Marie se sentó sobre mis rodillas. Sus ojos frente a los míos se encargaron de desterrar dudas y temores.

– Dime algo bonito- me pidió.

Las palabras que salían instintivamente de mi interior, y que tan empalagosas me resultaban cuando las oía, al parecer surtían efecto. Aquello era como una bola de nieve pendiente abajo, ella provocaba mis palabras, mis palabras provocaban sus besos, sus besos provocaban más palabras… . No sabía donde iba a conducirme ese carrusel, pero no estaba dispuesto a apearme de él.

– Me has hecho ver que no es necesario morirse para alcanzar el cielo.

– Hablas tan bien…

Me sentía halagado, aunque tanta palabrería empezaba a agotarme; una cosa es una flor en la solapa, y otra muy distinta es un florero. Yo deseaba volver a la acción.

– Beso mejor- advertí en un falso alarde que me proporcionó lo que buscaba.

Nuestros labios volvieron a unirse. El verbo dejó paso al ardor. Los besos se encadenaron uno tras otro. El ímpetu y la fogosidad volvieron a apoderarse de nosotros.

Estaba ansioso por recorrer cada poro de su cuerpo, bien la timidez o bien el hecho de estar rodeado de gente se encargaban de frenar mis intenciones. Ella por su parte se había internado entre mi ropa hasta llegar a mi espalda para hacerme vibrar con el roce de sus uñas.

A medio camino entre lo que deseaba y entre lo que creía que podría tener, me quedé jugando varios minutos con mis dedos alrededor de su ombligo. Hacia breves incursiones hacia mi verdadero objetivo, me sorprendía el hecho de que fuese yo el que detenía mis avances y no la repentina aparición de un codo, de un manotazo o algún de esos otros métodos represivos que utilizan las mujeres a las primeras de cambio para que no pensemos que son fáciles, y que para lo único que sirven realmente es para ralentizar el natural devenir de los acontecimientos.

En un determinado momento, cuando mi actividad hormonal estaba a tope, olvidé mis remilgos y llegué hasta sus senos. La fuerza represiva apareció entonces, pero no con malos modos o bruscos movimientos como solía suceder con las pocas mujeres que la vida me había dado a conocer, sino en forma de serenas palabras.

– Me gusta, pero aquí no, hay personas a nuestro alrededor.

Entonces navegué por unos segundos en el verde mar de sus ojos y dije:

– Yo sólo puedo verte a ti.

La prosa volvió a hacerla sucumbir. Percibí con agrado la llegada de sus manos hasta mi culo y supe que su cuerpo estaba a mi merced.

Me dirigí hasta el cierre de su sostén con la única intención de abrirlo de un rápido ademán, sin embargo no tardé en descubrir las consecuencias de mi desentrenamiento. Supe que la tarea se me iba a resistir, por lo que desistí ipso facto para no mostrar mi torpeza. Traté de disimular mi visita a aquel lugar con delicadas caricias por los derredores y bajo los tirantes de la pieza de lencería antes citada, hallándome entonces con la fortuna de resultar que aquellos nuevos agasajos además de complacerla elevaban su ya de por si alto estado de excitación.

No pasó mucho hasta que volví a oír como una voz interior me indicaba el lugar hacia el que debían avanzar mis falanges. Sabedor que por la puerta el acceso no me era sencillo, decidí entrar por la ventana, es decir, introduje mis dedos por las copas de su sujetador, manejándolos tan despacio, que a pesar de que sus pechos no eran grandes, el recorrido hasta sus pezones se me hizo interminable. Incluso por un momento llegué a pensar horrorizado que carecía de ellos. Por suerte me equivocaba, estaban por allí esperándome, erguidos, duros, listos para ser circundados varias veces por mi lengua, punto este último que tuve que ignorar porque mi sentido del decoro también tiene un limite.

Estaba como un niño con juguetes nuevos el día de Reyes. A ellos les dedicaba toda mi atención, los oprimía con la máxima suavidad posible, les hacía cosquillas, los subía y los bajaba con las palmas de mis manos.

Ella no permanecía quieta y había comenzado el asalto a mi fortín. Estaba desabrochando el primer botón de mi bragueta cuando advertí un desagradable detalle, mi pene no estaba en ese momento en erección. “Mierda no estás empalmado”, le dije a mi miembro en claro tono de desaprobación por su infame conducta. Mientras, el segundo botón cedía ante la indudable habilidad de Marie. “Tú tranquilo, ¿qué coño te pasa?. Hace tiempo que una mano extraña no venía a visitarte, pero eso no te disculpa, has de recibirla como es debido”. El tercer botón sucumbió sin más y dejé de hablar con aquella parte de mi anatomía para hablar conmigo mismo: “Pasa de él, si pasas de él seguro que se levanta, es como un niño, busca sólo llamar tu atención. Si no te obsesionas al final él actuara como debe”. Sin duda me estaba volviendo tarumba, además el cuarto botón trató inútilmente plantar alguna resistencia. “Paso de él, paso de él, paso de él…”. Su pulgar se internó peligrosamente. “Socorro”.

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One Response

  1. chuscurro
    7 marzo, 2008

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