Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XII




Sin duda me estaba volviendo tarumba, además el cuarto botón trató inútilmente plantar alguna resistencia. “Paso de él, paso de él, paso de él…”. Su pulgar se internó peligrosamente. “Socorro”.

Me había hecho a la idea de suplir mi falta de potencia con imaginación, sin deprimirme, manteniendo la cabeza erguida (evidentemente la que tengo sobre los hombros), cuando descubrí con júbilo que un ligero roce de su dedo había provocado en mi denostado órgano sexual el mismo efecto que provocan en Popeye las espinacas. “Olé tus huevos”, nunca mejor dicho.

Estaba eufórico, con ese orgullo imbécil que mostramos los hombres como si las erecciones fueran consecuencia de nuestro talento y no de un fabuloso milagro de la madre naturaleza.

Afronté con bríos renovados la empresa que estaba acometiendo. Dejé mi espalda resbalar por el respaldo de mi asiento. Quedé tumbado, aunque de cintura para abajo mi cuerpo sobresalía del banco. Ella estaba sobre mí, y mis piernas estaban en tensión para aguantar el peso de ambos cuerpos.

– ¿Estás cómodo?- me preguntó.

Mi posición desde luego no podía definirse como confortable, pero decidí obviar la complicada postura en que me encontraba para contestar refiriéndome a mis sentimientos.

– Jamás he estado mejor.

– Me alegro de haber cedido ante ti.

Comenzó entonces a frotarse contra mi rígido amigo. Aún no había abierto la cremallera de sus téjanos y ya era consciente de que ella estaba húmeda. Yo casi, casi.

Seguramente la clientela de aquel local debía pasarlo bien con nuestro espectáculo. No lo tenía claro porque en aquellos instantes ya no veía nada de nada. Sentía que estaba en la obligación de agradecerle todo el placer que me proporcionaba de la manera que ella le gustaba, con bonitas palabras. Necesitaba algo especial, así que rescaté en mi memoria el episodio de las belgas para echar mano al poco vocabulario francés que conocía.

– Marie, mon amour, je t’aime.

– ¿Me dices la verdad?- inquirió en un tono que denotaba que había tomado mis palabras con su más profundo significado.

– Sí- contesté sin dudar, porque lo cierto es que seguía epatado con su mirada y tocado en mi corazón, además de porque no estaba dispuesto a decir nada que pudiese detener su frenesí.

– Debes hacer el amor muy bien.

– No sé, la verdad es que no soy muy experto- aduje yo, más por verme incapacitado de mentir, que por falsa modestia.

– No me importaría ser tu maestra.

– A mi tampoco que lo fueses…

– ¿Te gustaría hacerlo?.

Ración extra de espinacas para mi Popeye particular.

– ¿Dónde?- pregunté sorprendido al descubrir que aquella conversación iba totalmente en serio.

– Aquí- respondió con una naturalidad pasmosa.

– Aquí hay mucha gente.

– ¿No dijiste que sólo me veías a mí?- dijo con una amplia sonrisa.

– No, si yo no los veo, pero ellos a mí, sí.

– Lo sé, tonto. Yo me refería a hacerlo en el servicio.

Moví mis manos desde la parte baja de su espalda hasta el epicentro de su calor, por fuera de sus pantalones, varias veces. Sus músculos se pusieron en tensión.

– Creo que sería una equivocación no hacerlo.

– Hagámoslo entonces.

“¡Ufff!, ¡guau!, ¡jaarl!, …”. Se inició en mi mente una procesión onomatopéyica. Aquello era increíble. Nunca había tenido tanta suerte. Necesitaba que alguien me pellizcase para saber que aquello no era un sueño. Marie me palpó los genitales, fue más que suficiente.

Nos pusimos en pie, la cogí de la mano y nos dirigimos hasta la puerta de los baños, no sin detenernos un par de veces para proceder a realizar unas incontenibles descargas de besos.

Eché una ojeada alrededor para cerciorarme que nadie nos observaba. Después la elevé por enésima vez, ella me rodeo con sus piernas y entramos al servicio de caballeros. Lo de caballeros era un eufemismo, porque aquello más bien parecía una porqueriza.

En los urinarios había un borracho demasiado ocupado en ahogar una colilla bajo su chorro como para percatarse de nuestra presencia, y si lo hizo, disimuló bastante bien.

Marie y yo nos metimos en el cubículo donde había un inodoro supuestamente para casos relacionados con el aparato digestivo, pero que como delataba el tono amarillento de las baldosas que lo rodeaban, se usaba como un urinario más.

Me giré para echar el pestillo del minúsculo receptáculo en el que nos encontrábamos, cuando descubrí que no existía tal pestillo. Había que improvisar, así que coloqué mis posaderas para atrancar la puerta.

Llegó el momento en el que la pasión debía desbordarse, y nos sumergimos en un océano de besos. Sin apenas darme cuenta me encontré con el pantalón a la altura de las rodillas y con las vergüenzas al aire. Ella seguía con los téjanos puestos, por la posición en que nos encontrábamos no me bastaba con bajárselos hasta las rodillas como había hecho ella conmigo. Tenía que pergeñar un método para desembarazarme de sus vaqueros sin tener que pringarlos en aquel suelo, hábitat de sapos, caracoles y organismos unicelulares varios.

Mientras se encendía la bombilla de mi sesera, comencé a abrir su cremallera, no podía detenerme ni un segundo o mis bolsas escrotales estallarían en mil pedazos.

Me así al elástico de sus bragas y tiré hacia abajo dejando al descubierto la entrada al mundo del placer. Sentí que iba a reventar si no vaciaba mis depósitos rápidamente. No tardé en encontrarme con su ropa en mi poder aunque sin saber donde dejarla. Descarté pronto la posibilidad de la taza del váter por distar mucho su color del blanco que le debió contemplar en sus primeros días de existencia. “¿Qué hace un tío tan poco ducho en estas lides como tú, metido en estos berenjenales?”, me pregunté.

Como el dolor procedente de mi bajo vientre me acuciaba, no sé me ocurrió otra cosa que colocarme los dichosos vaqueros alrededor del cuello estilo pañuelo San Fermín talla extragrande. Con las bragas me fabriqué un vistoso tocado. La fiesta iba a comenzar, el chupinazo no iba a hacerse esperar.

Me hallaba de aquella estrafalaria guisa dispuesto a dar comienzo a la función, cuando vinieron a mi cabeza las imágenes de un anuncio de la tele. Recordé que sería bueno ponerme preservativo, no sé sin tan bueno como para compensar el esfuerzo que tuve que hacer para agacharme hasta alcanzar el bolsillo del pantalón donde guardaba la cartera sin caerme en el pantano de orina arrastrando conmigo a mi amante. Recibí una desagradable sorpresa al descubrir el bolsillo vacío. Entonces recordé que mi cartera se hallaba en algún lugar del Panda. Una nueva procesión onomatopéyica, de caracter muy distinto a la anterior, surgió en mi mente.

– No tengo condón- comuniqué a mi pareja con la cara de tonto que las circunstancias requerían.

– Podemos comprarlo.

Ciertamente estaba tan a gusto junto a ella en aquel instante que el mero hecho de pensar en romper la magia para buscar una farmacia de guardia me disgustaba. Prefería sacrificar el coito por no perder la sensación de felicidad que me dominaba. Además había otra razón más obvia y fácil de explicar:

– No tengo dinero, me he dejado la cartera en el coche de Jesús.

– Pues ya que estamos aquí habrá que inventar algo.

A continuación llegó una descarga de placer maravillosa. Unos intensos minutos que corrían a velocidad de segundos. Aunque no me sobraban precisamente las fuerzas, de no ser por un tipo descompuesto que empezó a darnos la lata con sus infatigables nudillos golpeando la puerta, la sesión se hubiera alargado algo más.

Nos colocamos nuestros respectivos pantalones y abandonamos nuestro nido de amor. La cara que puso mister diarrea al vernos salir fue caricaturesca.

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One Response

  1. Dimitri
    13 marzo, 2008

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