Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XIII




Nos colocamos nuestros respectivos pantalones y abandonamos nuestro nido de amor. La cara que puso mister diarrea al vernos salir fue caricaturesca.

Mientras caminábamos hacia el asiento metálico que minutos antes nos había albergado pude captar algunas miradas furtivas acompañadas por risitas sibilinas procedentes de distintos sitios, y que seguramente pertenecían a fieles seguidores de nuestra tórrida historia que ahora imaginaban lo que había sucedido en el servicio. Me sentí admirado, y mentiría si dijese que no me gustó esa sensación tan poco cotidiana. Segundos más tarde cuando me apercibí que aún conservaba mi genuino tocado me sentí abochornado, sospeché que aunque hubiera intentado explicarles que aquello era un gorro de piloto de la 1ª Guerra Mundial, no hubieran creído tal historia. Antes de volver a sentarme, y después de devolver a Marie la prenda que por derecho le pertenecía, percibí como un camarero del local me llamaba y me guiñaba un ojo. Cual sería mi sorpresa cuando al acercarme dicho camarero se dirigió a mí como si fuésemos grandes camaradas:

– Invita la casa, machote.

– ¿Por qué?.

– Venga machote, no seas modesto- comentó acompañando su frase con un golpe en la espalda que a punto estuvo de hacerme echar el desayuno.

– No es modestia, es incomprensión.

– Acéptalo, estar aquí detrás de la barra sería muy aburrido si de vez en cuando no tuviéramos un espectáculo como el que nos habéis dado en el banco.

– No era mi intención llamar la atención. Lo siento.

– No lo sientas y sigue ahora antes que me entré sueño.

Preferí no continuar con aquella conversación, el camarero me estaba avergonzando y preferí no mandarle a la mierda para poder aliviar mi sonrojo con bebida gratis. Era lógico consumir donde había estado a punto de consumar.

Regresé junto a Marie. El desenfreno había dado paso al sosiego. La estrechaba entre mis brazos, se estableció entre nosotros una comunicación muda, un diálogo de silencios que me llenaba interiormente. Nos trasmitíamos nuestras emociones con miradas cómplices, leves caricias, tímidos besos… no creo que jamás podré volver a sentirme tan bien como en aquellos momentos.

El local se iba quedando poco a poco vacío, puede que porque la hora de cierre estaba cercana o puede que porque en la segunda parte de la función habíamos decepcionado a nuestro publico.

La llegada del alba nos recibió al volver a la calle. Los primeros destellos de luz iluminaban el horizonte, también iluminaban mi cara. Una sombra se dibujó en mi corazón. Mi alegría se transformaba paulatinamente en tristeza al pensar que la chica que me acompañaba pronto dejaría de hacerlo y sabe dios por cuanto tiempo. Cuando la besaba, la amaba y la echaba de menos a la vez, un estallido de felicidad y una lágrima se fundían en mi pecho. Apreté mis dientes y trate de disimular, no obstante mi pena no pasó desapercibida para ella, quizás porque empezaba a conocerme o quizás porque mis suspiros se oían en varios kilómetros a la redonda.

– ¿Qué te pasa?.

– No es nada.

– Tu cara no me dice eso.

– Lo siento, sé que soy un poco tonto pero no puedo evitar pensar en que a las diez me dejarás y tendré que despertar de este sueño.

– No pienses en eso.

– No puedo evitarlo, aunque entiendo que todo lo bueno se acaba.

– Lo nuestro no ha acabado, lo nuestro acaba de comenzar. Esto ha sido sólo el principio.

– ¿Volverás pronto a España?.

– No lo sé, no creo, está lo del secuestro…

– A lo mejor puedo ir yo alguna vez a tu país a visitarte.

– Eso seguro que no. No puedo darte mi dirección.

– ¿Cómo?. Dices que esto es el principio, pero a lo mejor no nos vemos más.

– Volveremos a vernos, te lo prometo.

– ¿Cómo puedo creerte?. Cómo confiar en ti, si tú no confías en mí.

– Yo confío en ti.

– ¿Por qué dices entonces que no puedes darme tu dirección?.

– No es por mí. No pretendo que entiendas las razones, pero mi familia me impide que dé mi dirección y mi teléfono a nadie.
– Yo no soy nadie.

– Por favor, no lo hagas más difícil.

– Es tu novio…

– No, no es eso. Ni siquiera sé si ahora podré seguir con él, pensaré demasiado en ti…

– No comprendo.

– No tienes que comprender, ya te lo he dicho. Yo me llevaré tus señas, te prometo que volveré a ponerme en contacto contigo.

– ¿Se supone que debo aceptar eso?.

– Si sientes por mí lo que yo por ti debes hacerlo.

Acepté sus condiciones porque no había otra opción valida. Anoté mi dirección y mi número de teléfono sobre una entrada usada de cine que conservaba en el bolsillo interior de mi abrigo. Me resistía a pensar que aquel papel podría acabar en una papelera, aunque lancé un gemido para mis adentros al calibrar aquella posibilidad. Las dudas me carcomían, aunque una cosa tenía clara: aquella chica me encantaba. El sacrificio de la incomprensión era un precio bajo a pagar comparado con lo que suponía tenerla junto a mí. La cuenta atrás había comenzado para nosotros y no podía entretenerme en indagaciones que posiblemente no me iban a llevar a ningún sitio.

Había pocos lugares donde ir a esas horas de la mañana, y aunque la temperatura no invitaba a ello, acabamos paseando por el Retiro. Mi caminar se hacía cada vez más lento, como si la velocidad de mis pasos pudiera postergar el fin de nuestra aventura. La melancolía se había apoderado definitivamente de mi espíritu. Estrechaba a Marie con mis brazos, queriéndola retener para siempre. Otra maldita quimera. Una más. Muchos años atrás, cuando sufrí mi primer desengaño amoroso, tuve ganas de llorar, lloré. Esa sensación perdida en el túnel del tiempo se había apoderado de mí otra vez.

Terminamos por sentarnos en uno de los bancos, rodeados sólo por árboles. Otra ocasión propicia para el sexo, pero la aflicción que me embargaba me impedía pensar en eso. La acariciaba y la besaba, lo que movía mis manos y mis labios era el cariño, no la libido. Lo que hubiera dado por detener el reloj impío.

Un bono de diez olvidado en un bolsillo nos permitió coger el Metro para dirigirnos a Sol, no tenía fuerzas para seguir andando, mis piernas se tambaleaban…

Al llegar a nuestro destino nos dispusimos a dejar que el tiempo dictase su ley. Allí me empapé una vez más de la belleza de sus ojos y mientras una caricia mía recorría su rostro le dije:

– Eres preciosa.

No podía haber dejado pasar la ocasión de decirlo. Estaba embebido con su hermosura, no obstante ella con su típica naturalidad pasmosa me sacó de ese estado con una pregunta que no puedo dejar de definir como sorprendente.

– ¿Te casarías conmigo?.

– No- respondí yo, más por acto reflejo que como consecuencia de un dilatado ejercicio de reflexión.

– ¿Por qué?.

“Porque hace un día que nos conocemos, porque soy demasiado joven, porque quiero disfrutar esta, supuestamente mejor, etapa de mi vida con libertad, porque esa posibilidad ni siquiera se ha pasado por mi mente, porque no tengo trabajo, porque no tengo dinero, porque no, porque no me da la gana…”

– Porque no tengo dinero- esta fue la respuesta que elegí para no herir sus sentimientos.

– Si vinieras con mi familia no habría problemas.

Como ya me estaba poniendo bastante nervioso hablando sobre ese tema, aparte de la crispación que me producía el no saber si Marie hablaba figuradamente o en serio, creí que lo más acertado sería expresarme con sinceridad para finalizar cuanto antes el recorrido por esa intrincada linde que estábamos siguiendo.

– Mira, si se pasara por mi cabeza el hecho de casarme, no me cabe ninguna duda sobre la persona con quien lo haría. Contigo. Pero, la verdad, estoy en plena juventud, hablar sobre eso me parece precipitado, mi vida está a medio construir, ni siquiera he acabado mis estudios y soy feliz en Madrid.

– ¿Y no eres feliz junto a mí?.

– Sabes que sí, lo soy como no lo he sido nunca, aunque no puedo renunciar por la felicidad de estar a tu lado a todas las otras cosas que me importan. Eres lo mejor de mi vida, no eres lo único.

– Te comprendo. Yo en realidad preguntaba por curiosidad.

“Joder con la curiosidad, me los ha puesto de corbata”, pensé. Por mucho que tuviera de hipotético, el hecho de hablar sobre el matrimonio me producía sarpullidos, aún no estaba preparado para oír esa fatídica palabra. Y lo peor de todo no era eso, lo peor era que yo sabía que por un instante había estado a punto de decirle que con ella me iría al fin del mundo, sucumbiendo así ante el terrible fantasma de las nupcias.

– No necesitas preguntarme eso, para saber que siento por ti- le dije antes de besarla con pasión.

Las saetas del reloj estaban a punto de marcar la hora fatídica, no era como en nochevieja, esta vez no habría celebración, habría tristeza y, sobre todo, una inmensa sensación de soledad y abandono.

Esperábamos junto a un semáforo, compartíamos nuestras últimas palabras.

– ¿Qué harás hoy cuando me haya ido?- me preguntó.

– Dormir, supongo.

– ¿Y luego?.

– No lo sé, ¿a qué viene ese interés?.

– Porque cuando piense en ti quiero pensar en lo que estarás haciendo. Quiero verte en mi cabeza tal y como estés en la realidad.

Me conmovió. Aunque aquello podría parecer para mucha gente una nimiedad, a mí me llegó hasta lo más hondo. Nunca me habían dicho nada semejante. Me sentía impotente al ver como se escapaba de mis manos…

A las diez menos dos minutos, un Renault 11 rojo con matricula francesa se detuvo en el semáforo e hizo sonar su claxon. No es que esperase una limosina descomunal, pero al menos, teniendo en cuenta toda la importancia de su familia, sí un Mercedes o un BMW. Dentro del coche sólo había un hombre de unos treinta años al que maldije creyendo que era su novio, me extrañó que no estuvieran sus padres, porque había imaginado un reencuentro al estilo reality-show conmigo en el papel de Lobatón. De todos modos en aquellos instantes todos esos detalles pasaban ante mis ojos de refilón. Todo carecía de importancia porque Marie se iba y con ella un trozo de mi corazón. Temblé, tirité y el frío no tuvo la culpa. Era el final de una mágica historia de amor, aunque me lo hubiera propuesto no podría haber construido un sueño mejor y me disgustaba tener que despertarme. El único consuelo era que sabía que pasara lo que pasara en el futuro no podría olvidar jamás la noche que había vivido.

El conductor del Renault se apeó. Se fundió en un abrazó con Marie. No hubo beso. Suspiré aliviado, no habría soportado esa dolorosa visión.

Intercambiaron unas cuantas frases en francés y luego aquel hombre se dirigió a mí en un más que correcto español.

– Muchas gracias. Le estamos muy agradecidos.

– No ha sido nada.

– No se quite importancia. Por lo poco que sé, es usted un héroe. Si le ha ocasionado algún trastorno económico…

– No, ha sido un placer.

– Bueno, acepte al menos una pequeña recompensa- dijo mientras extraía del bolsillo de su pantalón una billetera.

Contuve inmediatamente su gesto

– La mejor recompensa ha sido conocerla a ella- afirmé mientras detenía su mano.

– Como quiera. Muchísimas gracias- volvió a repetirme, luego se volvió hacia Marie. – Venga vámonos antes que el semáforo vuelva a ponerse verde.

Sus hermosos ojos que me habían embelesado reflejaban ahora la aflicción que yo sentía. El mundo giraba a mi alrededor, una fuerte presión oprimía mi pecho y una misteriosa mano me agarraba la garganta y trataba de desgarrarla.

Quise acariciarla, quise besarla, quise tomarla en mis brazos y salir corriendo de allí…

– Muchas gracias. Nunca te olvidaré- susurró en mi oído.

A continuación, para mi sorpresa, me besó en los labios. “Dios, por favor, que se pare el mundo”.

Mis suplicas no fueron escuchadas. Elevado más de cien metros por el efecto “flotting”, tuve que soportar un duro golpe contra el pavimento cuando vi como se metía en aquel coche y desaparecía de mi vista.

Creí poder soportar aquella situación con entereza, pero algo, una parte de mi ser, incontrolable y de gran fuerza, se estaba sublevando. Así, por sorpresa, una lágrima resbaló por mi mejilla desobedeciendo las ordenes tajantes procedentes de mi cerebro, el pobre empezaba a conformarse con ser un elemento ornamental en mi cráneo y no el recio coronel que fue antaño. ¿Qué me estaba pasando?.

Alojé mis huesos en la fría piedra de un banco público, y permanecí un indeterminado número de minutos allí quieto, sumido en recuerdos recientes. Parecía estar bajo los efectos de un anestésico, grogui, casi sin fuerzas para esbozar una sonrisa amarga en mi rostro.

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2 Comentarios

  1. Chuscurro
    15 marzo, 2008
  2. Dimitri
    17 marzo, 2008

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