Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XIV




Alojé mis huesos en la fría piedra de un banco público, y permanecí un indeterminado número de minutos allí quieto, sumido en recuerdos recientes. Parecía estar bajo los efectos de un anestésico, grogui, casi sin fuerzas para esbozar una sonrisa amarga en mi rostro.

– 8 –

La intensidad de la jornada anterior y todas los avatares acaecidos en ella hacían presagiar una maratoniana sesión de sueño. Nada más lejos de la realidad. Apenas habían pasado cinco horas desde que zambullí mi cabeza en la almohada, cuando mis párpados se revelaron al cansancio y se izaron acatando ordenes de un superior. Sentía la imperiosa necesidad de abandonar mi mullido y plácido lugar de descanso, una necesidad que no había nacido en un inoportuno timbre de teléfono, ni en la excesivamente alta fidelidad de la cadena musical de mi vecino, ni en uno de los inventos más inútiles, la alarma de coche; no se ha demostrado que evite robos, sin embargo su tendencia a ocasionar problemas de insomnio es un hecho irrefutable. Aquella necesidad de levantarme nacía en uno de mis más bajos instintos varoniles: compartir las experiencias sexuales con los amigos.

Sí, había rozado la felicidad, pero aquella era una felicidad irreal, casi un espejismo. Necesitaba oír lo que había ocurrido en boca de un testigo, yo mismo, para llegar a creérmelo. Sabía que solamente después de ese ritual podría llegar a conceder veracidad a lo sucedido. Hasta entonces era como una ensoñación matutina que se resistía a disiparse con la luz del día.

Me dirigí lanzado a la habitación de mi amigo. Tenía que comunicárselo en persona, no sólo por el hecho de que compartíamos el mismo piso y era lo más sencillo, sino porque no podía privar a una historia tan alucinante como la que tenía que narrar de todo mi repertorio de gestos y caras de emoción.

Jesús me recibió en pijama, la música a todo volumen sonaba a sus espaldas, seguro que con la malévola intención de despertarme, pero lo cierto es que estaba tan absorto con mis recuerdos que ni me había percibido de ella hasta ese instante.

– ¡Me he enrollado!, ¡me he enrollado!, existe la justicia celestial y el menda también ha tenido derecho a triunfar.

– ¿Y te la has tirado?.

– No, pero eso no me importa.

– ¿Que no te importa?, ¿desde cuando?.

– Desde ayer, es maravillosa y no hemos necesitado follar para pasarlo de puta madre.

– ¿Sí?, no jodas. Eso me lo tienes que contar… Pensé que tenía posibilidades, pero nunca me hubiera atrevido a apostar por ti.

– Ni yo tampoco lo imaginaba, aunque creo que ya era hora que la suerte me sonriera.

– Ya ves, y tú que decías que habías cubierto cupo con lo de las belgas y que no se iba a repetir otra vez.

– Esto no ha sido como lo de las belgas.

– Bueno, el resultado es el mismo.

– No, ha sido totalmente distinto.

– Hombre, está claro, no has follado.

– No me refiero a eso.

– ¿A que te refieres entonces?.

– Pues distinto es distinto, y sobre todo es mejor. Como transcurrieron las cosas, como fui cambiando de opinión, como disfruté.

– ¿Te importaría ser más concreto, tío pedante?.

– Joder, fue increíble. Al principio cuando me dejaste a solas con Marie me cagué en tus muelas, ella me parecía preciosa,
pero tenía claro que aquel no era el momento de intentar nada, sin embargo cuanto más me repetía esto, menos me lo creía. Había una energía entre nosotros que no sé como definir pero que era patente, cada vez me sentía más atraído hacia ella y más abocado a jugármela…

– Y te la jugaste y ganaste. Lo que te digo siempre, para meter gol tienes que tirar a puerta.

– Pues te equivocas, me la jugué y me dijo que no.

– No me digas que la abandonaste y te fuiste de putas…

– Deja de decir gilipolleces, no estoy tan desesperado. Además, ¿crees que estaría tan feliz si me hubiera ido de putas?.

– Sobre todo creo que con las putas hubieras follado.

– En fin, sigo, y pasa de interrumpirme para decir chorradas. El caso es que primero me dijo que no, pero yo seguía notando esa energía entre nosotros. Normalmente hubiera bajado los brazos y me hubiera rendido a la evidencia, pero yo sentía que esta vez no debía abandonar, así que seguí adulándola y acariciándola hasta que se me puso a tiro. Entonces nos enrollamos.

– Supongo que habría algo más.

– Algo más hubo…

– ¿Dónde?.

– Adivina.

– En un parque.

– Error.

– Pues dímelo tú que no tengo ganas de pasar la tarde adivinando.

– Nos lo montamos en los servicios del San Mateo.

– No jodas.

– No jodí.

– ¿No había otro sitio mejor?.

– Reconozco que no era un sitio muy romántico, ni muy bonito, pero todo sucedió demasiado rápido, y desde luego aquello tenía un morbo asombroso.

– Desde luego que lo debe tener, pero también debe ser muy chungo montárselo allí.

– Hombre, no te voy a negar que tuvo sus dificultades, pero ahora que ha pasado no cambiaría nada.

– La verdad es que si esto me lo cuenta otro no me lo creo.

– Te comprendo, hasta a mí me cuesta creérmelo.

Hubo una pausa en nuestra conversación, mientras yo permanecía absorto por los recuerdos aún cercanos, Jesús parecía interrogarse sobre lo que hubiera pasado si él hubiera sido el encargado de entrar en la casa. Cuando regresamos de nuestros devaneos mentales, el diálogo derivo hacia terrenos menos deleitosos pero igualmente escabrosos.

– Oye, ¿qué tal fue el encuentro con su familia?. Seguro que tuviste que soportar una escena de lágrimas y abrazos.

– Pues más bien no. Hasta eso fue sorprendente; llegó un tipo que debía ser amigo de su familia o pariente, me agradeció la ayuda y se marcharon.

– Así, ¿sin más?.

– Sí, ya te digo que fue todo muy rápido. El tío aquel ni siquiera aparcó el coche, lo paró en un semáforo y tuvo que ponerse en marcha enseguida para no formar atasco.

– Te podían haber dado alguna recompensa.

– Lo cierto es que me la ofreció.

– ¿Cuanto?. ¿Cuánto te dieron?.

– Nada, porque lo rechacé.

Las mejillas de Jesús se tiñeron de rojo indignación y en sus pupilas ardió una pira colosal.

– ¿Cómo que lo rechazaste?. ¿Estás gilipollas?. Hemos estado a punto de robar para conseguir dinero y tu te permites el lujo de rechazar una recompensa.

– No lo entiendes, después de todo lo que pasó no podía aceptarla, además, yo la rescaté porque quise no porque esperase nada a cambio.

– Sí, lo entiendo, eres un idiota y te has vuelto a enamorar de la chica inadecuada.

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One Response

  1. turu_turu
    30 abril, 2008

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