Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XV




– No lo entiendes, después de todo lo que pasó no podía aceptarla, además, yo la rescaté porque quise, no porque esperase nada a cambio.

– Sí, lo entiendo, eres un idiota y te has vuelto a enamorar de la chica inadecuada.

– No ni soy idiota, ni me he vuelto a enamorar. Simplemente me pareció un poco ruin aceptar esa recompensa.

– Te conozco. Sigues sin hacerme caso, te enamoras de quien no debes y luego acabas siempre resignándote a perder.

– Te repito que no me he enamorado. Ella me gustaba, me encantaba y si fuese de aquí incluso podría haberme enamorado, pero ella se ha ido a su país y no tiene ningún sentido que siga enamorado.

– El amor te hace perder el sentido, sobre todo a ti. Dime, sinceramente, ¿cuanto vas a tardar en escribirla?.

– Creo que demasiado, no tengo su dirección, tampoco tengo su teléfono.

– ¿Y eso?. Tanto amorío y tanta hostia, y luego ni siquiera os intercambiáis vuestros números de teléfono.

– La culpa no es mía ni de ella, la culpa es de su maldita familia, sus malditas movidas secretas y sus malditas medidas de seguridad.

– ¿Entonces todo acabó?.

– Espero que no, ella sí tiene mi teléfono y mi dirección y me prometió que volvería a ponerse en contacto conmigo.

– ¿Cuando?.

– No me lo dijo.

– ¿Y piensas esperarla eternamente?.

– No digas tonterías, claro que no.

– ¿Y que pasará cuando venga de nuevo a España?.

– Ojalá volvamos a liarnos.

– ¿Y si estás saliendo con una tía?.

– ¿Yo saliendo con una tía?. Ya he tenido bastante suerte con lo de ayer.

– Sí, vale, pero, ¿y si estuvieras saliendo con una tía?.

– Creo que no intentaría nada con Marie, pero si ella diera el primer paso, no podría negarme. Al fin y al cabo ella accedió a enrollarse conmigo teniendo novio, en cierto modo estaría en deuda. Además nos queda un asunto por cerrar…

– ¿Quieres que sea sincero contigo?- me preguntó Jesús con cara de plañidera.

– Por supuesto, eres mi amigo y debes ser sincero.

– Creo que estás enamorado, y creo que debes olvidarte de ella. Todo lo que rodea a esa tía huele mal. Creo que se lió contigo como agradecimiento y creo que no volverá a llamarte. Hazme caso, olvídala.

Poseído por una ola de indignación elevé el tono de mi voz intentando hacer prevalecer mi criterio.

– Te equivocas en todo, tú no viviste lo que viví yo, ella sintió algo muy fuerte por mí y yo sentí algo muy fuerte por ella. Yo no la olvidaré, y no creo que ella me olvidé a mí. Si en el futuro nos volvemos a juntar intentaremos disfrutar de nuestra mutua compañía y ya está. Y no hay más. No estoy enamorado porque sé que nunca podría haber entre nosotros una relación larga, pero no por ello voy a renunciar a lo que me dé el destino, y espero que me dé muchos encuentros como el que tuve ayer.

Sí señor, había expuesto mi pensamiento con total claridad. Cuando acabé de hablar con Jesús, marché con una creencia total en mis palabras. Ni se me ocurrió pensar que aquello era una farsa representada inconscientemente para mitigar unos sentimientos que por mucho que intentase eludir acabarían por causarme un daño profundo.

Aún quedaba, todo hay que decirlo, superar la verdadera prueba de fuego: enfrentarme a Cristina. Siempre que quería poner mis emociones encima de la mesa recurría a ella. Nuestras charlas tenían para mí un efecto terapéutico, servían para descargarme y también para colocar las cosas en el sitio que les correspondían. Cualquier sentimiento dudoso acababa por apagarse al contraste del que Cristina me provocaba. Deseaba que sucediese lo mismo aquella vez, con un amor imposible tenía más que suficiente.

Quedé con mi especialista en temas del corazón al día siguiente de haber hablado con Jesús. Al avisarle que tenía buenas nuevas aceptó sin demora la celebración de nuestro encuentro. Hubiera preferido un diván para nuestra reunión, pero tuve que conformarme con una mesa de Burguer King.

– Bueno, ¿qué es eso tan importante que tienes que contarme?- me preguntó dejando traslucir su curiosidad.

– Adivina quién ha pillado cacho hace dos días.

– ¿Sí?, cuenta, cuenta..

– No sé por donde empezar, fue impresionante.

– Empieza por decirme quien es la afortunada.

– No la conoces.

– Cómo es que no me habías hablado antes de ella.

– Yo tampoco la conocía.

– O sea, fue aquí te pillo, aquí te mato.

– Tampoco es eso.

– Entonces.

– Te contaré todo desde el principio, aunque me temo que no te va a gustar el sitio donde la conocí…

– ¿En una antro para tías salidas?.

– No, te va a gustar menos…

Puse a Cristina en antecedentes sobre lo sucedido en La Moradiña. No necesité esperar a oír sus reprimendas para darme cuenta de su disgusto. Sus caras de desaprobación eran como un libro abierto. Me hacía sentir como un niño pillo que acaba de desobedecer a su madre.

– ¿Estás loco?. ¿Qué te dije?. Ves como te podías haber jugado la vida. ¡A quién se le ocurre!.

– Nadie podía imaginarse que iba a ser el refugio de unos secuestradores.

– Lo que está claro es que si te metes en una casa ajena nunca sabes lo que te puedes encontrar.

– Bueno, lo hecho, hecho está. No tiene sentido que sigas recriminándome por ello, porque puedo asegurar que he perdido las ganas de acometer algo parecido.

– Eso espero.

– Y fíjate que al final no robé, incluso liberé a una chica secuestrada.

– Casualidad.

No fue fácil lograr que Cristina pasase por alto el tema del allanamiento de morada. Poco a poco pude hacerme con las riendas de la conversación y conducirla hasta el terreno que pretendía.

– … y al principio se negaba porque tenía novio, pero luego conseguí convencerla, y la cosa funcionó tan bien que casi acabamos haciendo el amor.

– ¿Y cómo conseguiste convencerla?.

– Suerte, estuve inspirado a la hora de comunicar lo que sentía.

– ¿Qué entiendes tú por inspirado?.

Relaté a Cristina alguna de las frases con las que había obsequiado a Marie. Noté como al escucharlas sus ojos brillaban con más fuerza de la habitual, iluminando su rostro risueño.

– Jo, qué flipe. Me gustaría que a mi me dijeran cosas de esas.

“Cuantas veces te las habré dicho yo sin palabras”, pensé.

– Seguro que tu chico también te dice cosas parecidas de vez en cuando.

– ¿Paulino?, lo más agradable que sabe decirme es si quiero un poco de su bocata de calamares.

– Las tías sois muy dadas a exagerar.

– No exagero, no te digo que nunca me haya dicho nada, pero últimamente no me sorprende y del romanticismo ha perdido cualquier noción. Mi existencia se ha vuelto monótona, le he demostrado mi fidelidad y ha acabado por estar tan seguro de si mismo que me ha transformado en un mueble que adorna su vida.

– Siempre quejándote del novio. No creo que nadie te obligue a estar con él. No lo olvides, tú eres quién ha decidido formar parte de esa relación y si sigues con ella será porque es la mejor opción que tienes.

– O quizás por miedo a hacerle daño, le he querido mucho y no quiero que lo pase mal. Además a mí también se me haría dura la ruptura. Si encontrara a un tío romántico todo sería más sencillo…

La frase que acababa de escuchar me pareció una indirecta. Sin embargo no tenía la certeza total de que lo fuese. Tantas veces en el pasado había confundido frases normales con indirectas, por culpa de un optimismo soterrado que asomaba de vez en cuando, que quise ahora, que las cosas no me iban mal, mantenerme cauto.

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2 Comentarios

  1. Chuscurro
    23 marzo, 2008
  2. Dimitri
    23 marzo, 2008

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