Legado de un títere ingenuo XVI




La frase que acababa de escuchar me pareció una indirecta. Sin embargo no tenía la certeza total de que lo fuese. Tantas veces en el pasado había confundido frases normales con indirectas, por culpa de un optimismo soterrado que asomaba de vez en cuando, que quise ahora, que las cosas no me iban mal, mantenerme cauto.

“Una indirecta que no lo es acaba en un directo a la barbilla y te puede romper el corazón”, dije en cierta ocasión en que el alcohol me dio el cobijo que una chica me había negado.

Amaba a Cristina, pero también la necesitaba como amiga, y no estaba dispuesto a arriesgar esto último por un error de interpretación.

– No tienes que esperar a nadie. Tú eres la única responsable de tus decisiones, y tus decisiones deben ser consecuencia de tus propios sentimientos. Mira hacia dentro y no dejes que nadie te influya, ni siquiera Paulino, porque el temor a hacerle daño no es una buena viga donde sustentar tu relación- le aconsejé eludiendo dar credibilidad a la hipótesis de la indirecta.

– Eso de mirar hacia dentro está muy bien. Mira hacia dentro, ¿que sientes por tu francesa?.

– Que por unos momentos me enamoré de ella, pero, ahora que se ha ido, he conseguido plantar de nuevo los pies en el suelo y no volveré a pensar en ella hasta que regrese.

– ¿Y cuando regresará?.

La puse al día en el extraño asunto de su familia y sus problemas de seguridad.

– ¡Vaya paranoiada!

– Ya ves, dímelo a mí.

– Todo es demasiado complicado.

– No hace falta que me lo jures, ¿por qué te crees que siento lo que siento?.

– ¿Y si las cosas no hubieran sido así?. Si ella viviera en España, ¿qué pasaría?.

– Te he dicho que lo que sucedió fue muy especial. No podría haber dejado que algo así se hubiese roto de no haber sido porque las circunstancias me lo mandaron. Las circunstancias siempre mandan y por ahora no quiero pensar más en mis sentimientos por ella.

– ¿Crees que estás capacitado?.

Esa pregunta puso el dedo en la llaga. ¿Eran mis intenciones, además de legítimas y racionales, viables?. ¿Era posible sofocar un sentimiento tan fuerte con tanta facilidad?. Escape con subterfugios al interrogante planteado por Cristina, aunque el debate prosiguió en mi interior. Ante la imposibilidad de obtener con diligencia una solución decidí aplicar mano dura, y me ordené tajantemente dejar de pensar en Marie hasta que el destino volviera a unirnos. La lógica debía imponerse, y no podía dejar que un romance de una noche, por maravilloso que hubiese sido, interfiriese en el normal desarrollo de mi existencia.

Así, reafirmando la autoridad de mi intelecto e imponiendo la fuerza de la lógica, me despedí de aquel encuentro con Cristina. Al marchar me giré y ella también se giró, nuestras miradas se cruzaron y pensé que el amor que buscaba se encontraba a unos metros de mí, y no a cientos de kilómetros de distancia. Iba a suceder algo, al día siguiente, en el autobús, de camino a la universidad, que haría tambalearse todas mis convicciones demostrando mi fragilidad y haciéndome sentir ridículo.

Me hallaba plácidamente ojeando el Marca en el asiento de detrás del conductor cuando una voz, que debía proceder de un lugar situado tres o cuatro filas detrás de mí, llegó hasta mis oídos. Era suave, dulce, embriagadora… con acento francés. Me levanté empujado por un misterioso resorte. Estaba visiblemente agitado, me abría paso entre la gente que viajaba de pie, había lanzado mi periódico por los aires y se deshojaba cual margarita mientras caía al suelo. A pesar de mi velocidad todo parecía suceder a cámara lenta, y el par de segundos que duró mi recorrido por el pasillo del autobús pareció cercano a la hora. No tarde en encontrarme frente a frente con la propietaria de la voz que me había sobresaltado… no era Marie. Sentí un puñetazo en el estómago que hizo saltar en mil pedazos el hormigueo que se había transformado en mi segunda piel. Era una joven, con rasgos extranjeros, que compartía con el resto de los pasajeros una mirada mezcla de pavor y asombro que se clavaba en mi persona. No fue la vergüenza, tampoco la decepción, fue el hundimiento en la más absoluta miseria lo que hizo que al abrirse las puertas me apeara sin importarme cual era el sitio en el que lo estaba haciendo, y allí en aquella parada por la que tantas veces había pasado, y en la que nunca había estado, fui saliendo poco a poco de mi estado de amargura. No había ningún mensaje de mi cerebro que osase refutar la realidad. Algo que desde el principio supe, y en vano traté de ignorar, era ya un hecho innegable: Marie formaba parte de mi vida y no conseguiría dejar de pensar en ella ni unos meses, ni unos días, siquiera unos minutos. Estaba atrapado por un amor irracional y sin sentido, otro más.

A partir de aquel incidente del autobús dejé de esforzarme por negar la evidencia ante mis más íntimos amigos y sobre todo, ante mí mismo. Asumí mi condición de esclavo de mis emociones, de mártir de los amores imposibles, de mentecato impresentable incapaz de hacer imperar la lógica en su vida en cuanto Cupido se cruzaba por medio. Nunca hubiera podido imaginar que experimentaría algo tan fuerte por una persona que apenas conocía y que ahora vivía a cientos de kilómetros de distancia. Nunca sospeché que un sentimiento como aquél mediatizaría mi vida como lo hizo. Jornada tras jornada me dedicaba a esperar con ansiedad la llegada del cartero; nunca antes de las 11:23 ni después de las 11:37. Una vez que el servicio postal cumplía su obligación corría al buzón y allí comprobaba el inmenso hueco que un sitio tan pequeño podía albergar. Las tardes se convertían entonces en meras visitas a la universidad, donde el joven dicharachero que antes era, se había metamorfoseado en un melancólico ser que habitaba el fondo de la clase. Los fines de semana no cambiaba mucho el decorado porque, aunque no había correspondencia, tenía a menudo corazonadas acerca de posibles llamadas telefónicas desde Francia, entonces me quedaba en casa esperando lo que nunca se producía. Mi vida estaba cambiando a peor. En el terreno profesional, cada vez que tenía un folio delante de mis ojos, bien para estudiarlo bien para corregir defectos del guión, acababa garrapateándolo con versos de amor que acababan arrugados en el fondo de la papelera.

Mi actitud no pasó desapercibida para las personas que me rodeaban. Mis padres no hacían más que preguntarme que qué me pasaba cada vez que los visitaba, la gente con la que salía los fines de semana me decía que me estaba volviendo un muermo. Jesús y Cristina, únicos conocedores de la verdad, me seguían aconsejando que si tanto iba a transformar mi existencia aquella chica lo mejor sería que la olvidara. Pero era demasiado tarde, no podía hacerlo. Marie prometió que volveríamos a vernos y estaba seguro que iba a cumplirlo. Lo cierto es que desde nuestro último beso en la Puerta del Sol habían pasado más de tres meses. Estaba obligado a tomar medidas porque me estaba volviendo un tipo mustio, sombrío, y por mucho que intentara mentirme, el espejo se encargaba de mostrarme la cruda realidad cada mañana.

Pronto iba a suceder algo que me sacaría del estado apático en el que me hallaba sumido, un acontecimiento que sembraría de dudas mi mente y devolvería la actividad a mis neuronas.

Un día, mientras ocupaba mi tiempo frente al televisor, el timbre del teléfono me sacó de mi estado de embobamiento. Por supuesto no dejé que sonará una segunda vez, rápidamente tuve el auricular en mis manos. Como tantas y tantas veces en fechas recientes mi corazón recibió una súbita inyección de esperanza. No tarde en comprobar que la voz que había al otro lado del hilo no era la de Marie. Sin embargo no me vine abajo, la voz que escuché era la única que podía sustituir a la de la francesa sin provocar mi desmoronamiento. Era la voz de Cristina.

– Tenemos que vernos, necesito hablar con alguien, necesito hablar contigo- me comunicó.

Ante lo repentino de su petición, y al haber detectado en su habla un tono extraño, no pude resistir el picor de la curiosidad.

– ¿Qué demonios te pasa?- la pregunté.

– He dejado a Paulino.

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