Legado de un títere ingenuo XVII




Ante lo repentino de su petición, y al haber detectado en su habla un tono extraño, no pude resistir el picor de la curiosidad.

– ¿Qué demonios te pasa?- la pregunté.

– He dejado a Paulino.

– 9 –

Acudí sin dilación al encuentro con Cristina, curiosamente tuvo lugar en el parque del Retiro; un sitio que llenaba mi cabeza con reminiscencias de otra mujer. Ahora llegaba hasta allí después de haber escuchado la frase que mis oídos habían anhelado con tanta ansía durante los últimos dos años y medio. No iba tan feliz como podría haber supuesto. Lo que debería haber sido alborozo y júbilo era tan sólo confusión, una confusión que no llegaba a comprender porque la noticia que acababa de recibir había atorado mis ideas. ¿Cómo debía reaccionar?, ¿qué debía decir?, ¿qué debía hacer?, ¿qué debía sentir?… . Todas las preguntas del mundo se agolpaban en mi cabeza, y lo peor de todo es que en aquellos momentos de embotamiento mental no tenía ningún desatascador al que recurrir.

Así, más agobiado que ilusionado, comencé mi charla con Cristina.

La primera cuestión que le presenté era casi obligada.

– ¿Qué es lo que ha hecho que te decidieras a cortar con Paulino?.

– Nada en especial. Yo misma. Tenías razón la respuesta estaba en mi interior. Era un hecho que la química entre nosotros había desaparecido, y basar una relación en el pasado era un error. Lo único que me detenía era el miedo a hacerle daño, pero como tú dijiste no podía apoyarme durante mucho más tiempo en eso, era una gilipollez.

– ¿Cómo te sientes ahora?. Supongo que eso es lo más importante.

– Me siento rara, pero estoy a gusto conmigo. No pienso que haya cometido un error. Por muy duro que resulte, todo tiene su fin, y aunque he necesitado unos meses para decidirme esta decisión era algo que no podía eludir.

– Si estás a gusto contigo misma eso es lo realmente importante.

– Eso espero, aunque no se como me moveré en este mundo después de estar tanto tiempo ligada a otra persona. He cumplido los veintidós y no me apetece estar por ahí de pendoneo, supongo que tendré que encontrar pronto un sustituto.

– Lo cierto es que se me hace extraño verte sin novio.

– ¿Y qué tal te parezco en mi nuevo estado?.

– Bien, sabes que tú siempre me pareces bien.

Sonrió tapando su orgullo con un halo de falsa modestia.

– Eso espero, porque ahora que me he librado de Paulino, tendré más tiempo para darte la plasta a ti.

– Puedes darme la plasta con toda libertad. Estaré encantado.

– Pero espero que no sigas tan amuermado.

– Yo no estoy amuermado- respondí contrariado-. Cuando no salgo es porque no me apetece.

– ¿Por qué te empeñas en negar la evidencia?. Ya hemos hablado de esto. Tu francesita te tiene comido el coco.

– No me tiene comido el coco, lo único que sucede es que no quiero olvidarla.

– No te digo que la olvides, te digo que no bases toda tu vida en algo tan vago.

– No baso en eso mi vida, pero pasé una noche mágica… sabes, durante los últimos años cuando me quejaba de mi falta de suerte con las mujeres todas recurrían a la vieja historia de “aparecerá una chica en tu vida cuando menos te lo esperes, a mí me sucedió”. Los que no solemos tener suerte con las mujeres sabemos perfectamente que esa historia es la mayor farsa difundida por el mundo, los que son afortunados en el amor la repiten sin cesar y extienden un mito basado únicamente en su fortuna y de ningún modo extensible al resto de los mortales. Sin embargo aquella noche fue así, ella apareció de repente y entonces me supe un ser afortunado. Ella hizo realidad la farsa, hizo historia de una leyenda, me hizo ver que todo es posible. Fui feliz. ¿Cómo renunciar de pronto a todo eso?, ¿cómo renunciar ahora que sé que algunos sueños se hacen realidad?.

– Suena muy bonito, pero, ¿has pensado alguna vez que esa tía no es la única que puede hacerte pasar una noche mágica?. Es fácil hablar de sueños, ¿sabes lo que pienso de ellos?, que lo mejor que tienen es que cada noche son distintos.

– Lo sé, pero hay muy pocas tan especiales como ella.

– Por muy especial que sea, no puedes hipotecar tu futuro a esa carta, porque quién sabe siquiera si volverás a verla.

– Claro que volveré a verla es algo que tengo muy claro, yo viví aquella noche, estuve con ella, vi sus ojos, sé que no mentía cuando me lo prometió. Pero sin embargo eso de hipotecar mi vida, no es cierto, soy egoísta porque necesito sentirme querido, necesito sentirme como Marie me hizo sentirme, nadie antes me ha querido como ella, o al menos nadie me lo ha hecho ver con tanta claridad en los gestos y en las palabras.

– ¿Y de verdad crees que nunca jamás vas a volver a encontrar a otra chica que te quiera de un modo parecido?.

– No sé, de verdad… no sé.

Nunca he sido vanidoso, ni siquiera creo que haya tenido alguna vez razón para serlo, pero durante aquel encuentro con Cristina sopesé la posibilidad de que aquello no fuera una conversación hipotética, de que estuviéramos hablando de nosotros. Empezaba a repetirse demasiado esa sensación. Deseo o realidad era un enigma que no me atrevía a resolver. No le di mucha credibilidad a aquel pensamiento fugaz, pero por si las moscas decidí no mojarme. Y si no me comprometí fue por el aturdimiento del que estaba siendo víctima. Si como tantas veces había soñado su amistad de encubría, como la mía, un sentimiento más fuerte, se me planteaban una serie de interrogantes que se iban a sumar a todas las que ya había acumulado: ¿hasta que punto Cristina estaba preparada para afrontar otra relación estable ahora que acababa de romper una de casi tres años?, ¿hasta que punto estaba yo dispuesto a tenerla?, ¿qué papel jugaba Marie en esta pila de dudas que se amontonaba ante mí?. Una conclusión: necesitaba ayuda. Descartado, obviamente, el hecho de recurrir a mi consejera sentimental por estar ella metido en el ajo, me vi abocado a recurrir a mi mejor amigo.

Sería un error catalogar a Jesús como un experto asesor en materia del corazón, pero desde luego si algo no se le podía negar era su capacidad de aportar soluciones. Discernir sobre la brillantez de éstas es algo que no me incumbe ni a mí ni a nadie, porque en ese tema, más que en ningún otro, cada uno tenemos nuestro punto de vista. Cabría comentar que si bien yo sometía a intensas cavilaciones cualquier insignificancia, él llegaba a sus conclusiones de una manera más instantánea, más visceral. Esto para mí suponía una ventaja porque aportaba alternativas a mi manera de pensar. De este modo podía abarcar una gama más amplia de posibilidades. Jesús, al igual que yo, tenía pésimos antecedentes en materia de noviazgos. Las razones por las que compartíamos un pasado similar eran sin embargo distintas. La timidez, la falta de autoestima y el miedo a matar ilusiones en mi caso; la comodidad, el hecho de ir sobrado y una aparente invulnerabilidad en el suyo. Mi amigo, basándose en su osadía y descaro, obtenía relaciones eventuales con relativa facilidad, lo que le desligaba de la necesidad física de un relación duradera. Además, repudiaba cualquier cadena que acotara su libertad. Sus únicos quebraderos de cabeza llegaban cuando atravesaba rachas superiores a dos meses de ayuno carnal, pero ni siquiera entonces se planteaba un asentamiento emocional, sino que recurría a una reducción en su escala de valores.

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  1. Chuscurro
    29 marzo, 2008

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