Legado de un títere ingenuo XIX




– Habrá que ir a una discoteca de salidas. Habrá que ir al Route.

– No. Tengo una solución mejor: Veterinaria. Este sábado hay una fiesta de la Facultad de Veterinaria. En todas las fiestas de Veterinaria que he ido, he pillado. Hasta tú creo recordar que pillaste en una. Si le echas cara allí seguro que te sales con la tuya.

– Ya veremos…

La decisión estaba tomada. Estaba convencido de que por fin Jesús me había dado si no un buen consejo, al menos un consejo útil.

La popularidad de las fiestas universitarias había ido incrementándose en los últimos años. Nacidas para la recaudación de fondos de los viajes de estudios, pero utilizadas por un número ascendente de gente para la búsqueda de un romance ocasional, gozaban de gran reputación en aquellos momentos. Ofrecían buen ambiente, bebida barata y asistencia masiva de estudiantes y gente de su entorno. De entre todas las que se organizaban algunas contaban con más prestigio que otras. Una de las que más fama había adquirido era la de Veterinaria. Se celebraba en un amplio hall y en la no menos amplia cafetería adyacente. Tantos metros cuadrados daban para albergar un gentío considerable, y de todos es sabido que a mayor número de personas más sencillo es encontrar una pareja a tu gusto. Así poco antes de la hora anunciada para el comienzo del evento se formaban largas colas en la puerta. Jesús y yo éramos veteranos en estas lides, muchos años de carrera nos contemplaban y durante ellos muchos de estos acontecimientos, por eso aquel sábado no nos fue difícil adentrarnos entre la multitud y ganar posiciones en la fila pasando desapercibidos.

Nada más entrar en la fiesta comenzamos a dar nuestra vuelta de reconocimiento. No habíamos llamado al resto de amigos de la panda porque sabíamos que las mejores partidas de caza son las de dos, o a lo máximo tres componentes. Una cantidad superior a ésta puede asustar a las posibles presas. Durante la inspección del terreno evaluábamos la calidad de los grupos de féminas, memorizábamos su ubicación y lo más importante las etiquetábamos. A cada uno de estos grupos lo denominábamos por el nombre de un equipo de fútbol para su mejor identificación. Este nombre no se asignaba al azar, se obtenía mediante una ardua tarea de asociación de las cualidades físicas de las componentes con la de las cualidades deportivas de la sociedad futbolística en cuestión. Así teníamos equipos de primera, de segunda, de tercera división, e incluso en raras y trágicamente recordadas ocasiones se podía ver un equipo de regional. Era raro ver a equipos de la calidad del Real Madrid, Barcelona o Deportivo merodear por aquellas fiestas, pero nunca faltaban otros apañaditos como el Betis, el Celta o el Tenerife. Una vez asignado el nombre del club, se procedía a relacionar el de las chicas integrantes con el de los jugadores de esa entidad.

Tras el primer recorrido a través del guateque decidimos aposentarnos junto a la barra de la cafetería, un punto desde el que controlábamos perfectamente al Atleti, sin duda el mejor conjunto del lugar, y desde el cual podríamos proceder a establecer, si fuese necesario, contacto visual. Se hallaba Jesús comentándome que Caminero estaba como un tren cuando un hombrecillo que pasaba a nuestras espaldas, y que con toda seguridad permanecía ajeno a nuestro código de comunicación, debió escuchar el comentario y dibujó en su rostro un gesto de desprecio huyendo después como si estuviésemos apestados. De vez en cuando miraba hacia atrás, mi amigo al percatarse del detalle, lejos de intentar resolver el malentendido, le mandó un beso acompañado de un gesto obsceno con clara alusión a una posible felación. Del pobre hombre nada volveríamos a saber en toda la noche, y a juzgar por cara de horror que puso debió salir de allí sin tomar siquiera las consumiciones a las que le daba derecho la entrada.

Entre chuflas, oteos permanentes y cata masiva de cubatas fueron transcurriendo las horas. No olvidábamos, no obstante, la misión que nos había movido hasta aquel festejo universitario. Tras un comienzo frío en el que habíamos visto como uno tras otro los componentes del Atleti habían sido acorralados por rivales más rápidos que nosotros, decidimos fijar nuestra atención en el Español, un equipo con un único jugador pero de gran calidad; de hecho le denominamos Lardín. El contacto visual se había producido desde hacía algún tiempo, y estábamos llegando a los minutos de la verdad. Su cándida sonrisa prendida de inocencia, sus ojos alegres y su espléndida figura habían conquistado mi atención.

– Lardín está buenísima- comentó Jesús por decimoséptima vez.

Yo asentí por decimoséptima vez a un a riesgo de romperme una vértebra de tanto moverla.

– ¿A qué esperas para entrarla, Javi?.

– Joder, aún no estoy seguro.

– Pues como tardes mucho en estar seguro nos la van a guindar como al Atleti.

– Lo sé, pero necesito media hora más.

– ¿Media hora más?. ¿Estás tonto?. Para que narices has venido aquí.

– No es tan fácil hacer como decir.

– Ahora verás, que conste que esto lo hago para que te des cuenta como debes actuar- advirtió Jesús intentando camuflar como favor lo que era su más ardiente deseo: atacar a Lardín.

Se dirigió hacia ella con paso firme, convencido de sus posibilidades. Mi amigo era un buen delantero, había que reconocerlo. Yo solamente era, y seguramente aún soy, un pobre defensa a la espera de encontrar una oportunidad a la salida de un córner.

Los primeros instantes del partido Jesús-Español eran interesantes. Mi amigo movía la bola con elegancia y buscaba el momento de adentrarse en el área. Todo hacía prever la llegada del gol. De repente algo sucedió, Lardín me señaló con el dedo cual árbitro decretando la pena máxima. Mis ojos buscaron refugio en las alturas intentando disimular que les estaba espiando. Apenas llegué a contar veinte chicles pegados en el techo, cuando sentí un toque en el hombro que me obligó a devolver mi mirada a su sitio original. Con sorpresa observé que ante mí estaba el delantero españolista.

– Oye, ¿tú viajas casi todos los días en el 133, no?- preguntó de sopetón.

Intenté responder, pero estaba algo desconcertado y sólo acertaba a balbucear. Por fin logré centrarme y respondí.

– Sí, bueno, sí. Supongo que sí. En fin, sí.

Debió quedar impresionada con mi seguridad.

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