Legado de un títere ingenuo XX



– Oye, ¿tú viajas casi todos los días en el 133, no?- preguntó de sopetón.

Intenté responder, pero estaba algo desconcertado y sólo acertaba a balbucear. Por fin logré centrarme y respondí.

– Sí, bueno, sí. Supongo que sí. En fin, sí.

Debió quedar impresionada con mi seguridad.

– Es que me suena tu cara un montón, y creo que es de allí.

Mentalmente la desenfundé de ese excitante vestido negro que llevaba, sin deleitarme en su desnudo, la vestí con unos tejanos y una cazadora vaquera con piel de borrego. Sí, era ella. ¿Cómo coño no me había dado cuenta antes?. Era la chica que durante los últimos meses tanto había llamado mi atención en el autobús. Esa que se bajaba una parada antes que yo para que pudiera recrearme en la firmeza de sus glúteos.

– Es verdad, a mí también me suena la tuya, lo que pasa es con ese vestido tan ajustado estás irreconocible.

– ¿Estás seguro de que si no llevara vestido me hubieras reconocido?- inquirió con desconfianza.

– La verdad es que si no llevaras vestido, no te hubiera reconocido porque me habría desmayado.

– Idiota- dijo con un tono cariñoso y mostrándome una sonrisa dulce de esas que tanto me han encandilado siempre.

– No, en serio. Me acuerdo de ti. Te bajas siempre en la primera parada de Fermín Caballero, ¿a qué sí?.

– Sí, sí- contestó algo sorprendida.

No tardó en establecerse una agradable complicidad entre nosotros, tan patente, que incluso los atónitos ojos de Jesús la percibieron. Él había asistido como testigo mudo a la escena, y ahora viendo el panorama decidió ausentarse sutilmente para hacerme un aclarado.

La chica del 133 y a la sazón delantero españolista, se llamaba realmente Puri. Según averigüé estudiaba último curso de Estadística, tenía veintidós y vivía con sus padres. Era maja, muy maja, aunque su sonrisa no llegaba a ser tan preciosa como la de Cristina, ni sus ojos tan perfectos como los de Marie. Tenía unos buenos senos, sin llegar a proporciones vacunas, y su espalda se asentaba sobre una base que parecía perfectamente moldeada con arcilla. Mentiría si no dijera que también me atrajo de ella su simpatía. Era perfecta para los objetivos que me había trazado. A resultas de ser consciente de eso, empecé a transpirar con abundancia y a sentirme incómodo. Lo que estaba siendo una conversación distendida y amena comenzó a transformarse en un diálogo forzado y tenso. Buscaba una excusa para el acercamiento y el pinchadiscos, en un acto de buena voluntad, me la proporcionó haciendo sonar una balada de Aerosmith.

– No entiendo como una chica como tú puede estar sola- susurré en su oído. Con esta frase no sólo pretendía adularla sino también comprobar la distancia a la que me permitía acercarme.

– Ya ves, iba a venir con una amiga pero me ha dejado plantada.

– Hubiera estado bien que hubiera venido, así podría estar ahora bailando con Jesús.

Estaba lindando los limites de atracción magnética de sus labios, mis manos hacia tiempo que habían dejado de estar quietas y ahora se movían por su espalda.

– Sí, la verdad es que tu amigo merecía una recompensa, porque se ha ido y te ha hecho un aclarado perfecto. Lo que no sé es cuando vas a aprovecharlo.

No podía creerlo, no podía ser tan sencillo, mi suerte con las mujeres estaba cambiando. Nos besamos. Ni un retroceso de cuello, ni una mano represora, ni una frase de disculpa… ¡increíble!, había conseguido saborear su boca al primer intento. Mi amigo Eduardo debía tener razón con su teoría del halo: cuando has estado liado con una mujer durante un tiempo, un halo místico te rodea y atrae a todas las demás. Debía de ser eso, porque yo no había cambiado mucho en los últimos meses.

Ya no importaba que música sonase. Permanecía ajeno a lo que ocurría a mi alrededor. Nunca me he considerado un experto de esos que pueden valorar el modo en que besa una chica con una nota del uno al diez, sin embargo en aquella ocasión tenía una cosa bien clara: Puri besaba de un modo que nunca había experimentado. Era maravillosa, su lengua se movía con agilidad y acariciaba con tal precisión y pasión que me había abocado al ridículo, a verme desmayado a sus pies. Era un pelele en su poder, me dominaba y yo me dejaba arrastrar por la corriente.

Aquella noche fue memorable y aunque nunca pasamos al plano de las caricias profundas, la categoría de lo que viví me dejó más que satisfecho.

El tono de la iluminación subió y dejaron de sonar canciones. Eso significaba que nos estaban echando. Fuimos a buscar a Jesús. No tardamos mucho en encontrarle, se hallaba apoyado en una columna en el centro de la cafetería. Era el foco de atención de todas las miradas de la zona, y es que su mano izquierda se había adentrado en la bragueta del pantalón de una chica y parecía ejercer labores masturbatorias por allí. Pude verle el rostro a la fémina en cuestión, y llegué a la conclusión, que mi amigo, quizás acuciado por mi éxito se había lanzado a la desesperada al ataque para meter un gol aunque fuese contra el Cádiz. No cabía duda de que había logrado su objetivo, y que el gol no era lo único que había metido.

Jesús terminó su faena ante la atenta mirada de un guarda de seguridad que suspiró aliviado por no haber tenido que verse obligado a intervenir. Después se reunió conmigo y con Puri. Como ella vivía cerca de nosotros decidimos acercarla hasta su casa. Al despedirnos, aparte de otro de sus excepcionales besos, me dio su número de teléfono y tuve que prometer que la llamaría.

Antes de irme a dormir me quedé un rato charlando con Jesús.

– Ahí lo tienes, mi plan ha sido perfecto- comentó con satisfacción.

– Y que lo digas. No puedo creerme que haya tenido tanta suerte.

– ¿La llamarás, no?.

– Antes me gustaría hablar con Cristina. Ver como reacciona y que me aconseja.

– Ni se te ocurra. ¿Estás tonto?. Recuerda que estás intentando olvidarla. Centrate en Puri y pasa unos meses de Cristina.

– Es mi amiga.

– De acuerdo es tu amiga, nada más que tu amiga. Ten claro ese punto.

Ante la no claridad de ese punto decidí cambiar de tema.

– ¿Llamarás tú a tu chica de esta noche?- pregunté con cierto retintín.

– Evidentemente no, además la he dado un número falso y ella tampoco podrá llamarme.

– Siempre serás el mismo pedazo de ruin.

– ¿Por qué?. Los dos lo hemos pasado bien. Es ley de vida. Points are points. ¿Te has fijado en el dedo que la he hecho?.

– Yo, y el resto de la fiesta.

– No jodas, ¡qué vergüenza!.

– Ya, no te lo crees ni harto de vino.

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2 Comentarios

  1. Chuscurro
    8 abril, 2008
  2. Dimitri
    9 abril, 2008

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