Legado de un títere ingenuo XXII




– Hombre, no es cuestión de tomarse demasiadas libertades, pero he pensado que cuando acaben los exámenes podríamos pasar allí un fin de semana.

Traté de contener mi babeo.

– ¿Un fin de semana solos?.

– Sí, aunque cuando lleguemos mi tío estará allí. Pero luego se irá.

– Sabes que no me mola eso de conocer familiares.

– Mi tío es de puta madre, no te preocupes. Es un cachondo, seguro que intenta ponerte nervioso con preguntas comprometidas. De todos modos tiene que estar presente para explicarnos unas cuantas cosas sobre la casa, y creo que es un precio bajo a pagar por lo que podemos disfrutar.

– Sí, reconozco que es un precio razonable.

Mi último examen estaba a diez días vista. Obviamente dejé de pensar en él. El sexo iba a volver a mi vida, no iba a desdeñar tan magnífica oportunidad. Me puse a planear con detalle aquel fin de semana. Quería que todo saliese perfecto. Ya que el futuro me obligaría a dejar a Puri, quería que tuviese un buen recuerdo mío para siempre.

El sol castigaba con fuerza en la estación aquel día. Me embarcaba en pensamientos sobre un futuro casi presente, mi natural estado de excitación se veía acrecentado por la espera del tren de cercanías y por el vaporoso vestido de Puri.

Serían cerca de las ocho cuando llegamos al Escorial. Tras una caminata, plagada de cuestas empinadas, de no más de quince minutos arribamos al chalet de su tío, que nos esperaba en la puerta con una sonrisa maliciosa que abarcaba su cara de oreja a oreja. “El precio a pagar”, me dije. Tras las presentaciones, nos soltó un monólogo sobre las llaves del gas y de la luz, además de sobre otros temas también relativos a la organización de la casa. Las advertencias de su sobrina hicieron que al empezar a hacerme preguntas conflictivas no me pillara de sorpresa. Sabía que únicamente pretendía pasar un rato divertido a mi costa.

– Bueno, ¿habéis pensado pasar todo el fin de semana aquí dentro?. Tendréis que hacer por lo menos una visita al monasterio.

– Yo ya lo he visto varias veces con excursiones del colegio y del instituto, pero no descartó que vayamos a dar una vuelta por allí.

– Yo te recomiendo que os deis una vuelta por el jardín. Hace tres semanas hice la limpieza de la piscina, el agua está buenísima.

– Entonces habrá que bañarse.

La sonrisa pícara de su rostro me hizo sospechar que estaba actuando como un torero. Yo era el toro al que daba pases con su capote para colocarlo ante el caballo. Los puyazos estaban al caer.

– Pues si os bañáis desnudos, apagad la luz del porche porque por allí tengo una vecina cotilla que se asoma a la ventana con prismáticos.

No por esperada, pude impedir que esta primera indirecta llevase el rubor a mis mejillas. Miré a mi derecha, donde comprobé que Puri, que permanecía en silencio, teñía las suyas del mismo color.

– Traemos bañadores- comenté para salir al paso.

– Déjate de tonterías, los bañadores son para las piscinas públicas. ¿Para qué se quiere una piscina privada si no es para bañarse desnudo?. Aprovechad, no seáis bobos, aprovechad.

A pesar del mal momento que me estaba haciendo pasar no pude evitar que aquel tipo me cayera simpático. Pensé que en su lugar probablemente hubiera hecho lo mismo. Era gratificante cebarse en nuestra vergüenza desde su pedestal invulnerable, yo tampoco hubiera desaprovechado esa oportunidad de obtener un poco de diversión a costa del azoramiento que nuestra obligada conducta de corderillos inocentes nos proporcionaba. Poco a poco me adapté a su dinámica socarrona, y solamente al despedirse cuando recurrió a un ataque directo consiguió volver a sonrojarme.

– Que no me entere que te tiras a mi sobrina sin condón- me advirtió.

A duras penas pude articular un lacónico “descuide”.

El bueno del tío Enrique desapareció de mi vista y el sonido del motor de su coche indicó que al fin nos quedábamos solos. La casa entera para nosotros, con su piscina de agua serena y cristalina. La noche había aparecido sigilosamente, a nuestro alrededor todo era paz y sosiego. Teníamos cuarenta y ocho horas por delante, mucho tiempo. Cualquier sensación de prisa se había desvanecido. Decidimos darnos un baño. Me acerqué hasta Puri, un beso casto llegó hasta su frente, mientras mis manos se posaban en sus hombros. Cada movimiento que se producía iba afectado con un aire de deleite, ejecutado con una parsimonia que en cualquier otro momento y lugar podría resultar exasperante pero que allí era simplemente embriagadora.

Recuerdo a la perfección la lentitud con la que los tirantes de su vestido descendían por sus brazos dejando poco a poco al descubierto ese cuerpo que tantas veces habían recorrido mis dedos y que nunca mi vista había podido disfrutar con tal claridad. Sus senos turgentes me contemplaban, y aunque hubiera deseado devorarlos en aquel mismo instante, apenas los acaricie con la brisa que mis manos levantaron al pasar tan sólo a unos milímetros de distancia de ellos. Ella suavemente me liberó de mis calzoncillos, y nuestros cuerpos se rozaron por primera vez desnudos. El contacto con su piel me sumía en un estado armónico, en una ensoñación pasajera de la que no quería despertar. Nos sumergimos en el agua donde los besos cándidos comenzaron a mezclarse con besos apasionados, las caricias buscaban las zonas de máximo placer con una delicadeza que pretendía proporcionar excitación en vez de éxtasis. Cuando salimos del agua Puri se tendió sobre el bordillo y yo me tendí sobre ella oprimiendo, sin dejarla sentir todo mi peso, su pecho contra el mío. No nos dijimos nada, en realidad apenas había salido palabra alguna de nuestros labios desde que nos habíamos quedado solos, y entonces con nuestros cuerpos húmedos- interior y exteriormente- hicimos el amor. Al terminar contemplamos las estrellas que brillaban con fuerza en un cielo raso. La luna, y quizás la vecina cotilla, nos contemplaba a nosotros.

El resto del fin de semana habré de calificarlo cuando menos como memorable, arrebató su puesto al monasterio del Escorial en el ranking de maravillas del mundo. El dominio de Puri de los juegos sexuales poco tenía que envidiar a sus besos que tanto me impresionaron en Veterinaria. Solamente mi aguante puso coto a su pasión.

El domingo por la mañana los rayos de sol comenzaron a colarse por la ventana y mientras dibujaban líneas en mi cara consiguieron alzar mis párpados. Al desperezarme sentí como si acabase de dar cuenta a un apetitoso banquete, una cómoda sensación de bienestar se apoderaba de mí. A mi lado, ella seguía dormida. Instintivamente la besé en la mejilla. Después, al levantarme y admirar su dulce rostro acurrucado en la almohada comencé a notar que mis pies se separaban del suelo. El maldito efecto flotting. Me alarmé, me puse, como si de un bombardeo se tratase, cuerpo a tierra para huir de aquella sensación. Mi cariño hacia Puri estaba llegando demasiado lejos. ¿Por qué carajo me estaba dejando vencer otra vez por el corazón?, ¿por qué demonios era tan frágil?. Traté de huir de aquel sentimiento fantaseando con Marie y con Cristina, aunque sabía que el efecto de ese antídoto no sería eterno. Puri se despertó.

– ¿Qué te pasa?.

– Nada, nada.

– ¿Y que haces tumbado en el suelo?.

– Me he caído.

– Vuelve conmigo- dijo con una voz sugerente mientras golpeaba el colchón con la palma de la mano.

Unidos sobre el lecho de amor, comenzamos a hablar sobre nuestras anteriores relaciones amorosas. Me vi incapaz de mentir, y aunque me cuide mucho de decir que aún la esperaba, hablé sobre Marie y nuestra maravillosa relación fugaz. No se si aquello me acercó más a Puri.

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  1. Dimitri
    14 abril, 2008

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