Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XXIII




Unidos sobre el lecho de amor, comenzamos a hablar sobre nuestras anteriores relaciones amorosas. Me vi incapaz de mentir, y aunque me cuide mucho de decir que aún la esperaba, hablé sobre Marie y nuestra maravillosa relación fugaz. No se si aquello me acercó más a Puri.


De vuelta a Madrid, en el vagón del tren, me comporté de un modo áspero. Me arrepentí de haberme dejado vencer por el deseo, me condené por ser incapaz de no mezclar el sexo con algo más. Mis sentimientos por Puri habían llegado más lejos de lo que deseaba, y esa relación tan buena me incomodaba.

– 11 –

A pesar del continuo resquemor que carcomía mi interior, durante aquel verano las visitas a El Escorial se repitieron con asiduidad. Había alcanzado por primera vez en mi vida algo parecido a una estabilidad sexual y no estaba dispuesto a renunciar a ella aún conociendo las terribles consecuencias que esa decisión podía depararme. El amor, esa fuerza ajena a mi voluntad, se filtraba por los más recónditos intersticios de mi piel. Mi corazón se hallaba dividido en tres pedazos de distinto tamaño y que nada tenían que ver con las aurículas y los ventrículos. Precisamente la propietaria de uno de estos tres trozos, Cristina, vino a visitarme aquella mañana de Septiembre a mi casa.

El hecho me extrañó sobremanera dadas las contadas ocasiones en que esto solía suceder. Nada más verla fui consciente de la poca atención que la había dedicado en los últimos meses. No tuvo que abrir la boca para conseguir que un halo de culpabilidad me envolviese. Su sola presencia puso de manifiesto mi egoísmo, y recordé los tiempos en que sucedía lo mismo pero conmigo en el lugar de amigo relegado a segundo plano. La hipocresía me había tocado sin pretenderlo. Antes que ella dijera nada me prometí que no dejaría que nuestra amistad se deteriora más y entoné un mea culpa con visos de convertirse en un primer paso para una mejora en nuestra relación.

Esa mañana Jesús no estaba por lo que nos encontrábamos a solas, aún así, acompañé a Cristina hasta mi habitación por el aire de intimidad que ésta confería. Supuse que si se había acercado hasta mi casa era para comunicarme algo importante. La intriga y algo parecido a una esperanza aletargada que se despertaba se removieron en mi interior a la espera de oír sus palabras.

– Bueno Cristina, ¿qué te trae por aquí?.

– Parece que venir a tu casa es el único modo que existe de verte.

Encajé su primera puya con la mayor dignidad posible.

– Siento haber estado tan distante, pero Puri…

– ¿Recuerdas cuando yo te decía lo mismo con Paulino?. Aún sin quererlo, ya ves que una pareja te pilla la mayor parte de tu tiempo.

– Tienes razón, pero prometo que a partir de ahora pensaré más en ti. Lo digo con toda sinceridad.

Lo decía con toda sinceridad. Mirarla a los ojos era suficiente para darme cuenta de lo mucho que la necesitaba.

– Las buenas intenciones están genial, pero hoy he venido para hablar en serio de una vez por todas.

¿Qué quería decir?. Perdido en elucubraciones dejé un silencio que ella interpretó como pie para su discurso.

– Entraba dentro de lo normal pensar que si estás saliendo con otra tía empezarás a pasar un poco de mí, que me llamarás menos, que apenas nos viésemos… . Imaginaba que pasaría, pero no imaginaba que iba a pasar cuando me contaste que no estás enamorado de la tía con la que estás saliendo. ¿Qué pasaría si sintieras algo más fuerte por ella?, ¿perderíamos totalmente nuestro contacto?, ¿te olvidarías totalmente de mí?…

– Yo nunca me olvidaré de ti…

– Bueno vale, dejémonos de hipótesis. El caso es que me estás dejando de lado en el peor momento. Todas mis amigas tienen novio, hay fines de semana que tengo que quedarme en casa porque no me mola salir sola- se detuvo un instante para mojar sus labios que comenzaban a secarse y para terminar de colocar las ideas que deseaba trasmitir-. Ahora hay un pibe de mi facultad que me ha dicho que está por mí y me ha pedido que salgamos. Me cae bien, aunque la verdad es que no me gusta demasiado.

– ¿Y qué vas a hacer?.

– ¿Qué puedo hacer?.

– Debes hacer caso a tus sentimientos.

– ¿Cómo tú?.

– Me parece un comentario un poco ruin.

– Un comentario real.

– Puri me gusta, quizás no tanto como debiera, pero me gusta. ¿Qué voy a hacer si el recuerdo de Marie me persigue?.

– Olvidarla, y después debes hacer caso a tus sentimientos.

– ¿Qué quieres decir?.

– Si de verdad deseas estar más tiempo conmigo, llámame algún fin de semana. No dejes que me quede tirada, no me obligues a salir con un tío para evitar estar sola.

– Yo te llamaría, pero la mayoría de los fines de semana estoy en El Escorial.

– Sabía tu respuesta.

– Yo…

– Pensaba que no me decepcionarías así…

– ¿Por qué eres tan dura?. Si tú supieras…

– ¿Si yo supiera qué?. Eres tú el que no te enteras, siempre fantaseando con tu francesita. No sé puede hablar contigo en serio de sentimientos.

– Hablemos, estamos a tiempo.

“¡Ring!”, el timbre del teléfono interrumpió nuestra conversación de un modo grosero. “¡Ring!”, maldije su maldito sonido. “¡Ring!”, acudió de repente un palpito especial a mi pecho. Mi gesto pasó de estar contrariado a esperanzado. Salí de mi habitación a toda velocidad en pos del auricular. Al descolgar, sentí, como tantas otras veces, que mi corazón se iba ensombrecer tras la previsible decepción que estaba a punto de recibir.

– ¿Diga?.

– ¿Javi?…

– Esa tímida voz femenina, ese tono dulce, ese sonido familiar y ese arrebatador acento…

– ¿Marie?…

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3 Comentarios

  1. chuscurro
    16 abril, 2008
  2. Dimitri
    17 abril, 2008
  3. melita
    17 abril, 2008

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