Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XXIV




Mi gesto pasó de estar contrariado a esperanzado. Salí de mi habitación a toda velocidad en pos del auricular. Al descolgar, sentí, como tantas otras veces, que mi corazón se iba ensombrecer tras la previsible decepción que estaba a punto de recibir.

– ¿Diga?.

– ¿Javi?…

– Esa tímida voz femenina, ese tono dulce, ese sonido familiar y ese arrebatador acento…

– ¿Marie?…


– ¿Me recuerdas?.

Esa pregunta invitaba a verter ríos de sarcasmo sobre mi respuesta, pero tratándose de quien se trataba, apenas si pude encadenar palabras con sentido.

– ¿Acordarme?… . ¡Sí!, me acuerdo, sí. Sí me acuerdo.

– Eso esperaba.

– ¿Qué tal te va?.

– Bien, bien, ¿y a ti?.

– Bien, bien.

No lograba desembarazarme del formulismo que envolvía la conversación. Tenía que trasmitir algo sincero, hacerla ver todo eso que sentía por ella.

– Pensaba que no me llamarías- comenté imitando con el tono de mi voz el ladrido de un perro abandonado.

– Dije que lo haría, lo he hecho.

Desde algún lugar en mi interior conseguí insuflar sentimiento a mis palabras.

– Tu llamada me ha hecho tan feliz…

Al otro lado del hilo telefónico sonó su sonrisa y olvidé todo lo que no era ella. Me precipité de cabeza al mar de los recuerdos llegando casi hasta el fondo, volviendo a perder el control.

– ¿Vendrás a España?- pregunté impaciente sabiendo que su presencia era la guinda que le faltaba a aquel pastel.

– Sí, por eso te llamaba.

Un hormigueo recorrió mi espalda a través de la médula, una caricia interior recorrió mis sienes y una sonrisa bobalicona se pintó en mi cara.

– ¿Cuándo?.

– En unos días.

Unos días. Tan cerca, tan lejos. Quise empequeñecer para poder colarme por el auricular e ir corriendo a su encuentro en ese mismo instante.

– Pasaré un par de días en Madrid. Me gustaría verte, y además necesito un sitio donde dormir…

– No te preocupes, no habrá ningún problema.

Aunque tuviese que mentir, robar o matar, a Dios ponía por testigo que nunca podría dejar sin alojamiento a Marie.

– Un favor más, ¿podrías ir a recogerme al aeropuerto?.

– Por supuesto que iré.

– Pues llegaré el próximo domingo en el vuelo procedente de París, sobre las seis de la tarde. ¿Lo has apuntado?.

– No lo olvidaré.

– Apúntalo por si acaso.

– Vale, vale.

Rondó entonces en mi memoria el recuerdo del día que la conocí y me vi obligado a interesarme por le turbio asunto que determinó nuestro encuentro.

– ¿Has superado bien lo del secuestro?.

– Nunca lo superaré del todo, pero no lo llevó mal.

– ¿Cogieron a tus secuestradores?.

Se hizo el silencio. Parecía confusa ante esa pregunta y temí estar tratando un tema equivocado.

– No sé, no sé- respondió al cabo de unos segundos-. Dejemos ese tema aparte.

– Lo siento no quería hacerte recordar…

– No, no te preocupes.

– No puedo preocuparme. El domingo nos veremos…

– Sí, eso es cierto. Ya hablaremos.

– Sí.

– Bueno, tengo que despedirme. Te mando un beso.

– Yo otro.

– Adiós.

– Adiós.

Colgó, y me quedé como perdido, sin lograr situarme no pude por menos que gritar:

– ¡Imbécil!.

Así me sentía realmente. Tanto tiempo esperando esa llamada y apenas si había dicho algo coherente. Tonterías, sólo había dicho tonterías. Debería haberla hecho saber todo lo que la echaba de menos, lo profundamente que la amaba, el ardiente deseo que tenía de volver a sentir sus labios junto a los míos… . En vez de eso apenas si había conseguido mantener una conversación de un par de minutos. Falta de emoción, falta de cariño, falta de todo eso que aún sin haber mostrado estaba allí. Al menos el sonido de su voz me había confirmado la verdadera dimensión de mi amor por ella. La quería, la deseaba… como nunca he deseado a otra mujer.

Una vez recobrada la conciencia sobre mi ubicación, vino Cristina a mi cabeza. Volví junto a ella. Sonreí para comunicarle las buenas nuevas.

– El domingo viene Marie.

– Me alegro por ti.

El contenido de sus palabras o la expresión de su rostro me estaban mintiendo descaradamente.

– ¿Ves como tenía razón?. ¿Ves como iba a volver?. ¿Ves como cumplió su promesa?.

– La verdad es que eso parece.

– Marie de nuevo aquí…

– Ya me he coscado.

– Perdona, pero me hacía tanta ilusión.

– Si te comprendo, pero nosotros estábamos hablando de algo importante.

– Hablemos…

– No, déjalo, tengo que irme.

– ¿Irte?. Si acabas de llegar.

– Ya pero he recordado que prometí a mi madre que me iría de compras con ella, y yo también cumplo mis promesas.

Cuando dejé que Cristina saliese por la puerta de mi piso una voz en mi interior me decía que me estaba equivocando, pero era difícil oírla porque había otras que bramaban: “Marie va a venir, Marie va a venir”. Si mis emociones no hubieran estado tan a flor de piel seguramente hubiera impedido que se marchase.

Cuando llegó Jesús, no tuve reparos a la hora de mostrar mi entusiasmo.

– Así que viene la francesa. Genial, tío. Seguro que esta vez te la tiras.

– Estoy alucinando. Sólo deseo que llegué el domingo.

– Paciencia, falta poco. Por cierto, ¿has pensado que le dirás a Puri?.

Puri. No había pensado en ella, increíble, pero así era. Ahora que Jesús me la había recordado sentí una terrible confusión. Una extraña sensación de culpabilidad se apoderaba de mí.
– No puedo mentirla, tendré que quedar con ella y contarle toda la verdad…

– ¿Tú estás tonto o qué?. Te recuerdo que saliste con Puri sabiendo que llegaría el día en que tuvieras que ponerle los cuernos.

– Pero ahora es distinto, no es como al principio. No quiero hacerle daño.

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One Response

  1. chuscurro
    19 abril, 2008

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