Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XXV




– ¿Tú estás tonto o qué?. Te recuerdo que saliste con Puri sabiendo que llegaría el día en que tuvieras que ponerle los cuernos.

– Pero ahora es distinto, no es como al principio. No quiero hacerle daño.


– ¿No quieres hacerle daño y quieres decirle la verdad?. Pues no sé cómo vas a conseguirlo. Créeme, lo mejor es que ocultes todo. “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

– A lo mejor puedo ocultarlo alguna vez, pero, ¿y si Marie comienza a venir a España con asiduidad?.

– Ya estás con tu puta manía de mirar más allá. Resuelve primero el conflicto que tienes entre manos, y de lo que pase en el futuro, preocúpate en el futuro.

– No sé si sabré mentirla. ¿Y si me pilla?.

– Declárate culpable y arrepiéntete. Lo que está claro es que cuando las evidencias te delaten no te conviene seguir echando embustes.

– Palabras sabias- me estaba apoyando en la adulación como pie para entrar en el siguiente tema a tratar- . ¿Te he comentado que Marie me ha pedido que vaya a recogerla al aeropuerto…

– Quieres que te lleve yo, ¿no?.

– No, no es eso.

Había pensado un encuentro con Marie a solas, sin carabina. Había pensado en conducir yo el coche, pero lo cierto es que no me ponía al volante de un automóvil desde que me saqué el carnet cinco años atrás. No sabía como plantearle a Jesús el tema, así que decidí ser directo.

– Jesús, por favor, déjame tu Panda el domingo.

– ¿Qué te deje qué?.

– Que me dejes conducirlo, me gustaría recoger a Marie yo sólito.

– ¿Tú estás loco?. Hace millones de años que no conduces.

– Pero mi expediente es intachable.

– Nos ha jodido Mayo con las flores… . Yo diría que tu expediente está inédito, que es algo muy distinto.

– Vamos tío, ¿qué puede pasar?, es una ocasión especial. Prometo que iré con mucho cuidado.

– Mi coche es mi medio de locomoción, mi casa de citas, el único hogar solamente mío…

– No te pongas solemne, es sólo un coche. Un simple Panda para más señas.

– Será simple pero no pienso dejarlo en manos inexpertas.

– Venga sabes lo importante que es para mí. He esperado tanto tiempo este momento, no me lo estropees.

Mi amigo se rascó la cabeza haciendo que meditaba, aunque yo sabía que su decisión estaba tomada. No me iba a dejar en la estacada, nunca lo hacía.

– Está bien, pero primero has de practicar un poco bajo mi supervisión.

No tardaría mucho en maldecir la hora en que se le ocurrió ponerme ese requisito. Hice que su experiencia como profesor de autoescuela fuese inolvidable. Apenas arranqué el coche- al tercer intento- comprendí que conducir un automóvil no es como montar en bicicleta, esto sí se olvida con el paso de los años. De todas maneras aquella tarde fue productiva, no sólo recobré algo de práctica en el manejo del coche, también conseguí devolver a unas cuantas ancianas la capacidad de correr que sus artríticas piernas creyeron haber perdido tiempo atrás, jamás pensé que nadie podría recorrer un paso de cebra en tres zancadas, pero ellas lo consiguieron.
Jesús se enfadó en demasía conmigo, vale que mis frenazos eran bruscos y secos, pero al menos no causaron ninguna víctima… humana, quiero decir. Aunque lo del gato no fue culpa mía, él fue el que salió de la nada y se metió bajo las ruedas del coche pretendiendo malgastar seguramente una de sus vidas, más concretamente y por el aspecto que la masa informe de la calzada tenía en el espejo retrovisor, la séptima. ¡Qué puede hacer nadie ante un minino suicida!. Respecto al Panda no sufrió desperfectos importantes, a fin de cuentas para qué se quiere un faro de atrás si tú camino lo iluminan los de delante. Lo principal es que mi amigo aceptó dejarme su coche, tal vez porque finalmente le convenció mi manera de conducir, o tal vez porque su corazón no estaba dispuesto a sufrir más sobresaltos.

Una vez obtenido el vehículo me quedaba un cabo menos para atar de cara al domingo.

La mañana del viernes, como venía siendo habitual en los últimos meses, Puri me llamó para planear nuestro fin de semana. Ella no se imaginaba que iba a rechazar sus planes, yo no me imaginaba que podría mentir con tanta facilidad.

– Mi tío Enrique se va a la costa. Si queremos podemos tener su chalet para nosotros.

Normalmente la utilidad del condicional si queremos era un puro trámite, en esta ocasión no iba a ser así.

– Pues me parece que yo no voy a poder ir.

– ¿Y eso?.

– Jesús me ha pedido que le acompañe a una fiesta, no puedo fallarle.

– ¿Es tan importante como para que no puedas venir a El Escorial?- inquirió con un tono meloso de sobra conocido por mí.

– Sí, ya te contaré. Tiene planes y no quiere arriesgarse a ir solo. Siempre es necesario un amigo colchón por si las cosas no marchan y tiene una caída. Qué hubiera sido de nosotros si él no me hubiera acompañado a aquella fiesta de Veterinaria…

– Javi, por favor… ven conmigo.

– Hemos tenido muchos fines de semana y aún tendremos más.

– Este será el mejor, me encuentro eufórica… ya sabes.

Ya sabía, algo bajo mi ombligo captó el mensaje subliminal, pero, ¡que se le iba a hacer!.

– No insistas estoy dejando a mis amigos de lado por ti. Dame un respiro.

– ¿Estás cansado de mí?.

– No te hagas la mártir, no es eso. No tardarás mucho en volver a tenerme.

– Está bien, tú sabrás lo que haces. Te advierto por última vez que tu mejor elección sería venir conmigo.

– No puedo.

– Y yo no puedo obligarte.

– La próxima vez que nos veamos te compensaré con creces.

Un suspiro de decepción dejó bien a las claras que mis frases con trasfondo sexual no generaban en ella el mismo efecto que las suyas generaban en mí. Luego hubo un simple adiós y un beso al auricular, mi representación había concluido.

Después de todo no había sido tan duro mentir, al menos eso pensé en aquel instante. Según fue transcurriendo el tiempo, como si de una botella de vodka se tratase, sus consecuencias retumbaban en mi cabeza. Primero me pregunté si Puri, con el sexto sentido tan fino característico de las mujeres, no se habría percatado de mi felonía. Después una serie de cuestiones menos pragmáticas pero más trascendentales comenzaron a lloverme: ¿Estaba cambiando mi modo de ser?, ¿era yo él único responsable de ese cambio?, y sobre todo, ¿merecía la pena mentir por un bonito recuerdo, por una aventura de un día que quizás no volviera a repetirse?, ¿merecía la pena mentir por Marie?. La respuesta fue inmediata y tajante: SI. Sus palabras, sus caricias, sus besos, toda ella acudía a mi memoria y volvía a desearla con la fuerza de la primera vez. Casi podía levitar evocando su mirada, no existía nada en este mundo que pudiera compararse a sus ojos, aquellos ojos, sólo ojos, apenas dos, pensé que merecería la pena morir sólo por verlos otra vez rebosantes de cariño. Había mentido por ellos, pero ni yo mismo conocía hasta donde podría llegar por conseguir volver a tenerlos de nuevo frente a los míos.

En esta vida hay que pagar un precio por todo lo que deseas, cuanto más desees algo, más alto será el precio que tengas que pagar por ello. El precio de Marie eran mis principios de sinceridad. La gran sacrificada era Puri, aunque desde luego no podía echarme a llorar por eso, yo y tantas otras personas habíamos sido sacrificados antes ante el altar de Cupido. Ningún dios reclutaba tantas víctimas como él, suelen morir tantos corazones alrededor de una sola pareja… . El hecho que yo no me hubiese envilecido antes se debía sin duda a mi poco éxito con las mujeres. En el momento en que uno tiene que elegir, se ve abocado a hacer daño. Este silogismo se cumplía irremediablemente y no podía dejar que el apego y el aprecio que sentía por Puri empañase de algún modo mi reencuentro con Marie. Engañarla era tan sólo ley de vida.

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3 Comentarios

  1. Chuscurro
    22 abril, 2008
  2. Dimitri
    22 abril, 2008
  3. chuscurro
    23 abril, 2008

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