Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XXVI




En el momento en que uno tiene que elegir, se ve abocado a hacer daño. Este silogismo se cumplía irremediablemente y no podía dejar que el apego y el aprecio que sentía por Puri empañase de algún modo mi reencuentro con Marie. Engañarla era tan sólo ley de vida.

– 12 –

Tarde del sábado. A veinticuatro horas vista del evento del año, del evento de todos los tiempos. Me había convertido en una presa fácil de la impaciencia, trataba de mantenerme indiferente como si nada especial fuese a suceder, pero a todas luces no me era posible tal fin: durante la comida había derramado un par de veces agua sobre la mesa al intentar llenar mi vaso y un poco después en un descuido mi codo propulsó un plato que fue a hacerse añicos contra el suelo. Teniendo en cuenta estos hechos no tardé en decidir que aquella noche me abstendría de salir, no quería afrontar ningún riesgo que hiciese peligrar mi asistencia al aeropuerto al día siguiente, algo probable si seguía haciendo gala de tan paupérrima habilidad. No, no iba a dar la oportunidad al destino de torcerme el tobillo y hacerme rodar escaleras abajo.

No obstante era tal mi estado de ansiedad que ni siquiera dentro de casa me sentía totalmente a salvo, de cuando en cuando lanzaba miradas furtivas hacia el techo como temiendo que éste pudiera venirse abajo. En momentos como esos son en los que uno desea haber sido fumador, siempre admiré de ellos el efecto de relax que los pitillos les proporcionan. Intuía una fatal eventualidad que alterase el natural discurrir de los acontecimientos, y sin embargo cuando sonó el timbre del teléfono por primera vez ni siquiera me inmuté, seguramente porque aquel sonido que hasta hace poco era un canto a la esperanza y el preludio a la decepción, desde que Marie llamó, se había transformado en un mero ornamento musical algo estridente. Tuvo que desgranar al menos cinco notas para que acudiera en su búsqueda ante la exhibición de pasotismo de mi compañero de piso, que se hallaba concentrado frente al televisor viendo uno de esos abominables telefilmes basados en hechos reales. Al levantar el auricular una bruma envolvió mis pensamientos y sospeché que estaba a punto de confirmar los malos presagios que me perturbaban. Tal vez Marie me llamaba para anunciarme que ya no podía venir a España por alguna extraña razón. Mi voz corrió apresurada a responder al teléfono.

– ¿Quién es?.

– Javi, ¿eres tú?.

En un principio suspiré aliviado al comprobar que se trataba de Puri, mas luego en unas décimas de segundo, cuando pude reflexionar sobre el tono compungido de su voz, mi alivio se tornó en preocupación. ¿Habría obtenido pruebas irrefutables que demostrasen que mi excusa era sólo una falacia?, ¿habrían llegado hasta sus oídos noticias sobre la alta traición que la acechaba?. Si así era, ¿quién se las había proporcionado?, ¿Jesús?, ¿Cristina?, ¿por qué?, ¿qué razón pudiera haber impulsado a uno de ellos dos a hacerlo?. Como todas estas preguntas no iban a obtener una respuesta sin previa confirmación de mis sospechas, me apresuré a realizarla.

– ¿Qué te pasa?.

– Tío Enrique ha tenido un accidente.

De nuevo un suspiro de alivio se vio inmediatamente seguido por la inquietud y el estupor. Aquel subibaja de emociones comenzaba a marearme y las facciones de mi rostro vacilaban a la hora de dibujar mis sentimientos.

– ¿Qué le ha pasado?.

– Ha muerto.

Un escalofrío recorrió mi espalda de abajo a arriba por el interior de mi médula. Me quedé congelado, aterido, sin saber como reaccionar ante aquella noticia. La súbita aparición de la muerte me desconcertó hasta tal punto que mi voz se quedó atascada en algún lugar de mi garganta.

– ¿Estás ahí?- preguntó la liquida voz de Puri.

Hice un esfuerzo por responder.

– ¿Cómo fue?- acerté a decir, cuestionándome después si no estaría metiendo el dedo en la llaga.

– Un maldito accidente de tráfico.

– ¿Cómo te encuentras?- de nuevo me enfadé conmigo al oír lo que salía de mis labios.

– Imagínate.

Era la lacónica respuesta que merecía una pregunta tan absurda.

– ¿Dónde estás?.

– En casa.

– ¿Y tu tío?, ¿en el tanatorio?.

– No, su cuerpo está totalmente deshecho. Creo que sus restos están en el Anatómico Forense.

– Vaya, que fuerte… . No sé que decir. ¿Quieres que vaya a acompañarte?.

– No, déjalo, esto se va a llenar de hipócritas con ganas de cumplir. Voy a estar junto a mis padres, me van a necesitar.

– Como quieras, pero a mí no me importa ir.

– Ven mañana al entierro, me gustaría apoyarme en tu hombro en los momentos más difíciles.

– Descuida, iré. ¿Dónde será?.

– En el cementerio de El Escorial.

– ¿Cuándo me paso a recogerte?.

– Ve directamente a El Escorial te esperaré en el chalé de tío Enrique media hora antes del entierro.

– ¿A qué hora es?.

– A las cinco de la tarde. Pásate a las cuatro y media.

A las cinco de la tarde. Una hora antes del evento de todos los tiempos. Había dicho que iría, no podía echarme atrás. Rajarme en aquel instante hubiera sido además de un acto egoísta, una portentosa demostración de ruindad. Por si no tuviera bastante con mi conciencia, oí gimotear a Puri e imagine sus ojos anegados en lágrimas, unas lágrimas que parecían ácido sulfúrico corroyendo el ansiado sueño de volver a ver a Marie.

– Allí estaré.

Cuando colgué el teléfono fui a tumbarme sobre mi cama. Pasaron unas horas en las que me dediqué a la contemplación de la lámpara antes de que volviera a razonar con relativa eficiencia. Fue entonces cuando mi puño encerrando toda la rabia que había en mi interior descargó contra la pared.

“¿Por qué?”, ¿por qué aquella coincidencia?, ¿por qué me veía obligado a tener que supeditar mi más ardiente deseo, el motivo de mi existencia?. Encontré aquella broma del destino demasiado macabra, y esta vez me negué a reír con él como hubiera hecho en cualquier otra ocasión.

Nunca antes en mi vida había tenido que enfrentarme a un dilema de tal calibre, ni creo que nunca tendré que volver a hacerlo. Tenía que discernir entre dos opciones cargadas de fundamentos a su favor. No era la eterna contienda entre el deber y el querer, era mucho más complicado. Quise rendirme y lanzar una moneda al aire. Imposible.

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