Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XXVII




Nunca antes en mi vida había tenido que enfrentarme a un dilema de tal calibre, ni creo que nunca tendré que volver a hacerlo. Tenía que discernir entre dos opciones cargadas de fundamentos a su favor. No era la eterna contienda entre el deber y el querer, era mucho más complicado. Quise rendirme y lanzar una moneda al aire. Imposible.

Por un lado el entierro, una elección coherente con mi estado de ánimo, sensible al dolor de Puri y afectado por el mío propio, ya que aunque conocía al fallecido poco, él despertó en mí un gran aprecio y una notable simpatía. Por si esto fuera poco había dicho que acudiría… mi palabra, un documento sin firma que siempre había respetado y del que me enorgullecía. Sin embargo si no iba al aeropuerto a recoger a Marie, dónde iría ella. Supuestamente venía a dormir a mi piso, aunque mi absurda timidez telefónica me había impedido aclarar mejor ese punto. Podría mandar a Jesús, pero eso no iba a ser lo mismo, podría pensar que no la amaba, o cuando luego la viese y le contara la razón de mi ausencia podría sentir pena por Puri, y rechazarme. En fin no podía dejar que nadie fuese en mi lugar, debía ir en persona.

Mi corazón no se atrevía a decidir y seguía ordenándome dos cosas: honra al tío Enrique y ama a Marie. Opciones yuxtapuestas nacidas desde lo más profundo de mi pecho, un enfrentamiento fratricida con la posibilidad de una sola víctima: yo. El único modo en que podía cumplir sus dos ordenes era asistiendo al entierro, así que aquel día cuando me fui a dormir tomé la decisión de aparecer a las cuatro y media de la tarde en el lugar fijado, en El Escorial.

La mañana del domingo me recibió con un talante distinto del que había dejado la jornada anterior. Mis primeras reflexiones parecían exentas del espanto y el horror que la noticia de una muerte provoca al ser escuchada. Sus posos nadaban en mi conciencia, pero mi punto de vista había comenzado a virar y afloraban a la superficie preguntas del tipo: ¿y si piensa que me he olvidado?, por ende, ¿y si piensa que ya no la quiero?. Dichas cuestiones aumentaban considerablemente la probabilidad de no volver a ver a Marie en mi vida. Tuve miedo, pavor. Me maldije al comprobar que la raíz de este mal se encontraba en la conversación telefónica que mantuve con ella. Si la hubiera aprovechado para decirle cuanto la echaba de menos y cuanto la quería, si hubiese dejado claro mis sentimientos ahora no existiría la posibilidad de que ella interpretase mal mi ausencia del aeropuerto. Tenía que reparar mi grave error…

Cuando a las cuatro menos diez cogí el coche para acudir al encuentro de Puri tenía ya muy claro que no asistiría a aquel entierro.

Aunque se me pasó por la cabeza, no quise llamar ni a Jesús ni a Cristina. Esta era una de esas decisiones de las que uno debe responsabilizarse al cien por cien.

Mi conducción por autopista fue menos peligrosa de lo que sospechaba, aunque mi cabeza estaba en otro sitio y aún no acababa de cogerle el truquillo a eso de circular, el hecho de no situar mi velocidad más allá de los límites de los 80 km/h me mantenía en una posición segura aunque ampliamente criticada por algún sector de conductores impacientes.

No tenía muy claro lo que inventaría, ni como reaccionaría Puri a ello. Ya la había mentido una vez, pero en estas condiciones era aún más grave… mi amor por Marie merecía ese esfuerzo y mucho más. Por otro lado si hubiera habido alguna manera de solucionar el entuerto sin perjudicar a ninguna de las partes, no hubiera puesto ningún impedimento para llevarla a cabo, pero no la había… . No podía contentar a las dos y lo peor es que ni siquiera podía contentarme a mi mismo.

“¿Por qué?. ¿Por qué esa maldita coincidencia?”.
Cuando llegué a la altura de la señal que indicaba el nombre de la localidad, “San Lorenzo de el Escorial”, a punto estuve de acobardarme y huir. Resistí la tentación, tenía bien claro que al menos debía dar la cara. Si no hubiera acudido a la cita, Puri se habría preocupado, y juzgué que ya debía tener una considerable desazón encima como para acrecentársela.

Mientras recorría las empinadas cuestas dentro de la pequeña ciudad pensé en el símil que éstas tenían con mis determinaciones a lo largo de las últimas veinticuatro horas. Arriba o abajo, cambiando de un modo brusco, impulsadas por el mecanismo de los sentimientos- el que inventó la maquina humana nunca pensó que este mecanismo deparara tantos fallos en el sistema general-.

Giré una esquina y me encontré en la calle donde el difunto tío Enrique tenía su chalé. Al fondo junto a la cancela divise una figura, a medida que me iba acercando tomaba los rasgos de Puri. Como imaginaba, al verla la saliva circuló en abundancia por mi gaznate intentado deshacer el nudo que se me había formado en la garganta. Me pregunté cómo demonios me apañaría para comunicarle que iba a marcharme en unos minutos.

Nada más apearme del coche, se echó en mis brazos y enjugó en mis hombros los restos de lágrimas que relucían en su mirada. De nuevo dudas, de nuevo cavilaciones. No podía soltar la noticia de mi marcha de sopetón, así que decidí acompañarla hasta el cementerio.

Fue en la entrada del campo santo cuando sabiendo que no podía demorar por más tiempo aquella absurda espera me dispuse a manifestar mis verdaderas intenciones. Sin embargo cuando abrí mi boca para hablar fue su voz, anticipándose a la mía, la que se escuchó.

– Sabes, pensé que no vendrías hoy hasta aquí. Algo más fuerte que un presentimiento me lo decía. Me alegró que me hayas acompañado. Hay algo que debo decirte…

Oh, no. Estaba a punto de comenzar el maldito capítulo de los agradecimientos. Debía interrumpirla, debía detener ese cargamento de frases amables que iba a verter sobre mí y que iban a envilecer mi comportamiento aún más de lo que ya lo estaba.

– Detente, yo también tengo que decirte algo. Me voy, no me puedo quedar al entierro.

Creí que su rostro demacrado por el dolor y la muerte de su tío sería incapaz de transmitir nada que no fuese tristeza, no obstante pude percibir la imagen de la decepción de modo absolutamente claro.

– ¿Cómo?.

– Sí, por eso quiero que no me des las gracias. En realidad quería ver como estabas, pero no puedo quedarme. Jesús necesita su coche y tengo que devolvérselo.

Vana excusa, supe que se caería por su propio peso.

– ¿Y por qué nos has venido en taxi o en tren?. Además si tú nunca conduces.

Le fue demasiado sencillo echar por tierra un embuste tan mal construido. Pasó por mi mente la posibilidad de narrar toda la verdad o de irme sin decir nada. Entonces mi mente preclara de guionista me sorprendió maquinando una historia de tintes freudianos que podría resultar convincente si la acompañaba de una actuación de Oscar.

– Esta bien, Puri, seré sincero- gran comienzo lleno de un cinismo que por momentos me asustaba-. Me daba vergüenza decírtelo, pero he de confesarte que por alguna razón que desconozco o que mi mente a olvidado adrede, tengo desde muy pequeño una fobia irracional hacia los cementerios. Nada más entrar me pongo nervioso, me sube la tensión e incluso hace seis años la última vez que estuve en uno, cuando enterraron a mi bisabuelo, sufrí un desmayo. Sé que es idiota, pero es así. No puedo enfrentarme cara a cara con la muerte. No puedo entrar ahí. Ya estás demasiado hecha polvo como para tener que aguantar también mis neuras.

“Genial”, había estado soberbio. Incluso en mi estado de confusión había encontrado la lucidez y la creatividad suficiente para improvisar aquella magnífica historia. Sentía una mezcla de orgullo y miedo al descubrir el maravilloso farsante que llevaba oculto.

Por desgracia, el ejercicio de exaltación de mi ego iba a sufrir un varapalo al ver que en el rostro de Puri lo que se dibujaba esta vez era el desprecio.

– Sean cuales sean tus verdaderas razones, no necesitas mentirme. Si no deseas entrar conmigo, no entres. Yo no voy a obligarte.

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  1. chuscurro
    27 abril, 2008

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