Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XXVIII




Por desgracia, el ejercicio de exaltación de mi ego iba a sufrir un varapalo al ver que en el rostro de Puri lo que se dibujaba esta vez era el desprecio.

– Sean cuales sean tus verdaderas razones, no necesitas mentirme. Si no deseas entrar conmigo, no entres. Yo no voy a obligarte.

Me aferré a mi extravagante historia como deseando que fuese real.

– No puedo, me desmayaría…

– No insistas en eso.

Vaya, mi magistral actuación estaba siendo mancillada. ¿Habrían sido mis gestos?, ¿habría sido mi entonación?. Seguramente después de todo la culpa sería del dichoso sexto sentido de las mujeres. Tal vez era el merecido castigo que los hados me habían infringido por obrar de un modo tan falso en una situación como aquella.

Lamentaba profundamente estar dando esa imagen de persona sin escrúpulos. Yo no era así, la muerte de Enrique Casares, tío Enrique, había calado en mis huesos, no era egoísmo, ni vacío emocional lo que motivaba esa aparente indolencia por su fallecimiento, a ojos vista de Puri. En realidad lo que provocaba mis falacias, lo que me envolvía de mezquindad, era un sentimiento mayor que el que la muerte de aquel buen hombre hizo nacer en mi interior, mayor que todo el cariño, unido a la compasión en tan trágicas circunstancias, que Puri despertaba en mí. Mayor, en resumen, a cualquier sentimiento que he tenido durante mi existencia y que probablemente tenga jamás. Un sentimiento de tal envergadura por cuya lucha hubiera sido capaz de lo más abyecto.

Me hubiera gustado expresar con palabras que no estaba mintiendo con despecho o ruindad, que simplemente estaba mintiendo por amor. Decliné dar explicaciones, porque creo que con buen criterio decidí que el hacerlo me hubiera cubierto con más mierda, que Puri no podría entenderme en aquel instante y que cualquier cosa que pudiera decir no sería más que sal sobre su herida. Rompí mi silencio respetuoso sólo para decir:

– Lo siento, tengo que irme.

– Vete- dijo tan fría como el hielo y tan lejana como la más remota galaxia.

Quise abrazarla pero me atravesó el corazón con uno de los carámbanos que lanzó con su mirada.

– Lo siento- repetí.

– Me has decepcionado, pero tú vas a perder más…

“Me has decepcionado”, la segunda vez en una semana que oía esa frase de boca de alguien que quería. Quizás el dichoso halo y el maldito éxito con las féminas tenían la culpa de todo. Nunca me habían dicho eso cuando era una persona que en vez de amor cultivaba amistades. Puede que como Casanova fracasado tuviese más encanto. Era un alto precio el que estaba pagando por volver a sentir a Marie entre mis brazos.

Mi reloj marcaba las cinco menos cinco cuando el “Panda” se puso en marcha. Era probable que hubiese perdido a Puri para siempre, no quise mirar atrás. Marie, la razón de mi vida esperaba al frente. Sólo un temor osó arrebatarme el incipiente entusiasmo que me invadía: el tráfico. Si después de todo lo que había pasado, los problemas de circulación me impedían llegar al aeropuerto, debería atravesarme el vientre con una espada de samurai. El trayecto hasta Barajas no era corto. El coche no era el más idóneo, cada vez que pisaba el acelerador el motor rugía como si en vez de un pedal estuviera pisando un pie y como si en vez de un “Panda” aquello fuera un león.

Las cinco y media, todo parecía marchar correctamente cuando pude divisar en el horizonte un rojo resplandor de luces de freno. Una fila de vehículos me aguardaba a la entrada de Madrid, era demasiado tarde para tomar alguna vía circunvalatoria a la capital, tendría que sufrir el atasco hasta llegar a una salida que me conviniese.

Mi inexperiencia como conductor me había impedido hasta entonces ser el típico “aprieta-claxon”, pero como copiloto siempre había sentido bastante odio por esa clase de tipos impacientes de mano inquieta. Sin comerlo, ni beberlo me vi convertido en uno de ellos durante los dos agónicos kilómetros que tuve que soportar el colapso circulatorio. Se disiparon de mi mente los remordimientos de conciencia, incluso mis sentimientos más profundos pasaron a un segundo plano, únicamente pensaba en llegar a tiempo.

Miré la esfera del reloj para ver la hora e imaginé allí la imagen de los hados fastidiándome otra vez, felices con mi angustia y con una sonrisa irónica en sus labios. Si me impedían llegar al aeropuerto les aborrecería eternamente por tan indigna puñalada trapera.

Seis menos diez, el aeropuerto estaba a la vista. Al parecer los que asignan los designios no se querían cebar en exceso conmigo. Por los pelos, pero iba a alcanzar mi meta dentro del horario previsto, aunque tuviera que dejar el coche de Jesús aparcado en doble fila o abandonado en una cuneta.

Seis y dos minutos, las cosas empezaban a rodar, había encontrado aparcamiento. A la carrera me dirigía hacia “Llegadas Internacionales”. Leí en un monitor que el vuelo procedente de Paris tomaría tierra a las seis y cuarto. Mi esfuerzo había valido la pena. Decidí entonces ir a sentarme en uno de los asientos de PVC que había más cercanos para poder recobrar la respiración y decelerar mis pulsaciones. Al rato conseguí el primer objetivo, el segundo parecía una quimera inalcanzable, mi corazón nunca había estado tan impaciente como en aquel instante. Intenté abstraerme contando las relucientes baldosas de mármol que conformaban el suelo. De repente en la pantalla empezó a parpadear el letrero “en tierra” sustituyendo la hora de llegada de su vuelo. El ritmo cardíaco alcanzó entonces nuevas cotas de velocidad.

Mi mirada permanecía ahora fija en la puerta por donde ella debía aparecer. Comenzaron a asaltarme las dudas, me preguntaba cómo debía actuar cuando la tuviera ante mí. ¿Debía correr a abrazarla?, ¿debía besarle los labios con pasión desmesurada?. Pensé que no debía pecar de precipitación, nos separaban muchos meses desde nuestro último encuentro, quizás su vida había cambiado, otro nuevo novio, otra nueva actitud frente a la infidelidad… incluso calibré la desalentadora posibilidad de que no quisiera tener otro romance conmigo. Afortunadamente un destello de autoconfianza me reveló que si había conseguido que sucumbiera una vez podría conseguirlo de nuevo. Ese era mi más ferviente deseo.

Lo mejor que podía sucederme es que ella me besara en la boca en el primer acercamiento, eso acabaría con todas las conjeturas.

La respuesta a todos los enigmas que se me planteaban iba a encontrarla a corto plazo. Empezaron a desfilar los pasajeros que procedían de su vuelo.

Mi corazón a punto de explotar.

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2 Comentarios

  1. chuscurro
    2 mayo, 2008
  2. Dimitri
    3 mayo, 2008

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