Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XXIX




LA PRIMERA PARTE LLEGA A SU FIN- ENTREGA ESPECIAL

La respuesta a todos los enigmas que se me planteaban iba a encontrarla a corto plazo. Empezaron a desfilar los pasajeros que procedían de su vuelo.

Mi corazón a punto de explotar.

Apareció una chica de melena morena hasta más allá de los hombros. Sus ojos, bellos, brillantes, embelesadores, verdes como esmeraldas, evocadores de mágicos sentimientos, me revelaron su identidad. Su estampa había sufrido un notable cambio, pero seguía tan preciosa como antaño.

El mundo se detuvo.

Antes que mi cerebro pudiera dar alguna orden, mis piernas se dirigieron hasta ella en pos de un abrazo. Después me sumergí de nuevo en el mar de su mirada y mientras decidía si lanzarme sobre sus labios, ella me besó en la cara.

Fiasco.

Era el primer fiasco, aunque un fiasco tan previsible como comprensible. El tiempo no pasa en balde.

Nos separamos unos centímetros. Tras lanzarle una ojeada de reconocimiento no pude evitar comentar:

– Estás muy cambiada.

– ¿Te gusto así?.

– Tú me gustas de cualquier manera.

Me alegró descubrir que su presencia había activado mi “piropeadora” y que ésta seguía funcionando a la perfección.

Ella sonrió, su rostro se iluminó, y con él toda mi existencia lejos ya de cualquier preocupación.

– He cambiado de imagen porque así me siento más segura- me explicó.

Sus malditos secuestradores, me prometí a mi mismo hacer todo lo posible por conseguir que los olvidara definitivamente. No podía soportar el hecho de que esas ratas de cloaca atormentaran aún su existencia.

Volví a mostrarme caballeroso ofreciéndome voluntario para llevar su bolsa de viaje, su pesada bolsa de viaje como pude comprobar al cabo. Luego le advertí sobre la limousine que la transportaría.

– ¿Recuerdas el coche de mi amigo?.

Ella asintió.

– Es el único medio de transporte que he conseguido para venir a recogerte.

– Mientras funcione me parece bien, además seguro que me trae recuerdos.

“¿Buenos o malos?”, quise preguntarle. No me atreví por si su respuesta truncaba un poco más mis ilusiones.

Al salir de la terminal del aeropuerto teníamos que cruzar una calle para llegar a los aparcamientos. Miré a ambos lados para cerciorarme que no venía ningún vehículo. Ella escrutó con su mirada todo su derredor como si pretendiese encontrar algo más.

Estando ya dentro del “Panda” nuestros ojos se encontraron a corta distancia mientras metía la llave en el contacto. Pensé si aquel sería el momento de intentar besarla. Una voz me decía que debía esperar un poco, sin embargo empezaba a exasperarme porque intuía que aquella voz que oía no era la voz de la prudencia, sino la de la cobardía. Era como si el pasado no existiera. Era como si tuviera que volver a empezar de cero. Creí que con Marie todo sería distinto aunque me engañaba. ¿De dónde iba a sacar el valor?. Ojalá ella tomase la iniciativa…

Circulábamos por la M-40 con el peligro que suponía el hecho de que yo anduviera perdido en elucubraciones en vez de centrado en la conducción. A mi lado, Marie se revolvía en su asiento, como si estuviese incómoda, mirando hacia los lados, constantemente, por la ventanilla, incluso hacia atrás. Deseé que esa desazón que manifestaba de manera tan clara tuviese la misma raíz que la que me estaba carcomiendo a mí. De algún modo era posible que ella también estuviera deseando besarme y no se atreviera a expresarlo. Si era así, merecía la pena sufrir un rato, la gente suele decir eso de que “lo bueno se hace esperar”. No obstante este asomo de esperanza pronto se vio disipado al descubrir su verdadero resquemor.

– Javi, creo que nos sigue un coche.

Al echar un vistazo al retrovisor pude ver un seiscientos amarillo que circulaba inmediatamente detrás de nosotros. La verdad, fuera porque andaba entretenido con mis cavilaciones, fuera porque aún no conducía todo lo bien que debiera, es que hasta entonces no me había apercibido de su llamativa presencia. No me mostré preocupado porque la verdad su aspecto no le confería un carácter amenazador.

– ¿Estás segura?.

– Claro que sí, lleva detrás nuestra desde que salimos del aeropuerto.

Primero lo del cambio de imagen, después aquella mirada escudriñando su contorno, y por último el “terrible” seiscientos. Ni siquiera el día del rescate se mostraba tan temerosa, seguramente porque entonces no había asimilado lo sucedido, ¿habría sido lo nuestro un fruto de su mente a medio trastornar?. Rogué para que no fuese así, después volví a maldecir a sus secuestradores por el trauma que la causaron, parecía obsesionada. La amaba tanto que cualquier mal que pudiera tener me dolía más que si fuese mío. No quise mostrarme desdeñoso con ella para no herirla, así que traté de razonar con franqueza.

– ¿No será que tienes miedo a que vuelvan a secuestrarte?.

– ¿No me crees?- inquirió con un tono serio que no conocía hasta ese momento.

– No, no es eso. Es que me parece algo extraño.

– Si no me crees toma la primera salida y verás como ese coche negro nos sigue.

Un nuevo vistazo en el espejo me reveló la presencia de un Citroën ZX negro tras el seiscientos. Lo cierto es que como coche de secuestradores tenía más probabilidades que el que le precedía, aunque yo seguía sin creer aquella paranoia. Con vistas a que se calmase y sobre por el respeto y la devoción que sentía por ella decidí hacerle caso y tomé el primer desvío sin fijarme siquiera dónde me llevaba. Cual sería mi sorpresa al comprobar que el ZX lo tomaba tras nosotros. ¿Estaría Marie en lo cierto?. Opté por estimar que era sólo una casualidad, no debía dejarme convencer fácilmente por su absurda invención.

– ¿Has visto?- me preguntó dejando traslucir cierto reproche.

– Sí, pero no hay por qué alarmarse puede tratarse de una coincidencia- respondí percibiendo a la vez la perdida de convicción de mis palabras. Me estaba dejando embaucar…

– Vuelve a la autopista. Eso te convencería, ¿no?.

No contesté, simplemente hice caso a sus palabras y seguí la señal indicadora que mostraba el camino de regreso a la M-40. Cuando fui a confirmar en el espejo que el coche negro nos seguía, sentí por primera vez una preocupación real, y no porque nos siguiese, que nos seguía, sino porque aún con la brevedad que mis miradas al retrovisor tenían- si perdía de vista el frente el volante se me iba para los lados- pude reconocer los rasgos del conductor del ZX en mi memoria. Calvo y con bigote, como aquel tipo que vaciaba la basura en “La Moradiña”. ¿Sería él?. No pude concretar mi sospecha porque al entrar en la autopista la velocidad aumentó y apenas si podía fijar mi vista lejos del perímetro del volante.

– Nos siguen- dije como para dar a entender que la creía.

– Te lo dije.

– ¿Qué hago?- inquirí dejando una vez más al descubierto mi personalidad de héroe de pacotilla.

– Métete en el carril de la izquierda y acelera a fondo.

¡Vaya!, esto distaba cuantiosamente del romántico encuentro que anhelaba tener. Sin embargo el estar a su lado era para mí suficiente razón para estar feliz. El simple roce de su cuerpo, el contacto casual con su piel me embriagaba y me hacia perder el sentido.

– Pisa el acelerador a fondo- volvió a repetirme sacándome de los momentos de ensueño, en los que me había perdido, para introducirme en la realidad.

Hice caso a su orden, porque ante aquella sucesión inesperada de acontecimientos había perdido la iniciativa propia. Debí habérmelo pensado dos veces, mi vuelta a la conducción estaba demasiado reciente como para moverme con agilidad en una persecución. Si a esto añadimos que el Seat Panda no da el mismo juego que los coches que salen en las películas, hubiera sido mejor cualquier otra decisión porque ésta estaba desembocando en el ridículo. No sólo no conseguía dejar atrás al ZX negro, que marchaba literalmente pegado a nuestro parachoques trasero, sino que encima me veía obligado a soportar los bocinazos de los demás coches que circulaban por la izquierda y se veían obligados a reducir su marcha por mi culpa. Algunos impacientes me adelantaban por la derecha. Se dirigían a mí con gestos obscenos que mi concentración en el volante me impedía distinguir, y lanzaban también toda clase de improperios que eran extinguidos por el ruido del motor del “Panda”, a punto de explotar.

Acuciado por los pitidos, incapaz de mantener firme el volante ante las sacudidas del coche, volviéndome loco para controlar al mismo tiempo el espejo retrovisor y los márgenes de la carretera, determiné que debíamos pasar a un plan B, porque de lo contrario acabaríamos teniendo un accidente. Como mi mente estaba ocupada en los detalles de la circulación pedí de nuevo ayuda a Marie.

– ¿Qué hacemos?.

No tuvo que responderme porque, antes de que nosotros pudiésemos tomar alguna resolución, nuestros perseguidores pasaron a la acción. Colocaron su coche a la altura del nuestro en el carril de la derecha. Con el rabillo del ojo observé como el tipo de al lado del conductor, en el que todavía no me había podido fijar, nos hacía señas para que aminorásemos la velocidad y nos saliésemos de la calzada.

– Sigue- dijo Marie.

– Por supuesto, no tengo ninguna intención de hacer caso a esos desgraciados.

¿Aguantaríamos así hasta que uno de los dos se quedara sin gasolina?. Sería el único milagro que podría salvarnos. Me quedaba el consuelo de que su coche seguramente consumiría más que el nuestro.

Aquellas elucubraciones desaparecerían por completo cuando de repente creí ver un destello. Aún con el riesgo que para mí suponía perder la vista del frente, giré mi cabeza hacia la derecha y me encontré con una doble sorpresa. Por un lado, el tipo de las señas había decidido cambiar éstas por algo más convincente como era una pistola. Por otro lado, me fijé en su cara por primera vez y me resultó bastante familiar. Tuve que dar un respingo en el asiento al comprobar que aquel hombre era la viva imagen del difunto tío Enrique, era increíble pero era un sosias difícil de distinguir del original.

Tras el impacto quedé anonadado, y de no ser por el grito que lanzó Marie no hubiera conseguido darme cuenta que el coche se estaba desviando hacia la izquierda y se dirigía directo a la mediana de cemento. Menos mal que era hábil de reflejos y pude reaccionar dando un volantazo que nos lanzó contra nuestros perseguidores, obligando a estos a meterse en el arcén y forzándolos casi a salir de la calzada.

– ¡Bravo!. Buena idea, échalos fuera- dijo Marie con un inusitado entusiasmo, quizás sin darse cuenta que mi maniobra había sido casual y no premeditada. De todos modos la alegría de mi acompañante fue como una poción de confianza que mi hizo aferrarme con fuerza al volante, sintiéndome por primera vez con absoluto dominio de la situación, creyéndome un as del asfalto.

No tardó el ZX en volver a llegar hasta nuestra altura. Sus ocupantes parecían bastante enojados, lo que en cierto modo engrandecía mi orgullo.

Alentado por mi gran amor y actual compañera de fatigas me dispuse a lanzarme otra vez contra ellos. Algo hizo volverme atrás en mis intenciones y colocó mi confianza al nivel de una estación de metro. El conductor del ZX accionó el botón para bajar su ventanilla, el cristal comenzó a descender y pude ver al doble del tío Enrique con el dedo en el gatillo de su arma, la mirada enajenada, y a punto de disparar. El cañón de su pistola apuntaba a Marie. Sin tiempo a pensar en nada y sintiendo que mi vida se iba si se iba la suya, me abalancé sobre ella rodeándola con mi cuerpo. Sentí un impacto doloroso y frío en el costado. Un maldito balazo. Mientras tanto nuestro coche había perdido el control y a toda velocidad se dirigía, esta vez irremediablemente, contra la mediana. El morro del coche se elevó con el guardarrail y el choque posterior fue atroz, el “Panda” embistió con tanta fuerza el muro de cemento que salió rebotado por los aires tocando con una rueda posterior un coche desconocido y yendo a aterrizar definitivamente sobre el Citroën ZX negro y aplastando completamente el techo sobre sus ocupantes.

Después el amasijo formado por ambos vehículos salió fuera de la calzada.

Cuando el ruido y los movimientos frenéticos cesaron, pude ver como Marie salía sana y salva bajo mi cuerpo que la había protegido de los más cruentos golpes.

Quise decirle algo, no podía hablar, ni siquiera podía moverme, mi propia sangre me bañaba y supuse que no toda ella era debida al tiro en el costado. Ella forcejeaba con la puerta y cuando al fin consiguió abrirla me lanzó una última mirada, plena de ternura, rebosante de cariño como aquella vez… . Volví a ser feliz de nuevo antes de que diera media vuelta y saliera al exterior. Entonces, junto a ella desapareció también mi sentido de la vista, mis pulsaciones pasaron a ser cero por minuto- calculadas por el habitual procedimiento de contarlas durante quince segundos y multiplicar por cuatro-, mis pulmones dejaron de oxigenar el riego sanguíneo y mi cerebro perdió toda actividad posible. Los síntomas eran claros, el diagnóstico también. Estaba muerto.

¡Qué putada!.

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4 Comentarios

  1. Chuscurro
    3 mayo, 2008
  2. Dimitri
    3 mayo, 2008
  3. Irene
    4 mayo, 2008
  4. melita
    6 mayo, 2008

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