Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XXXI




Pensé furtivamente en las gentes que pasaron por mi vida, en los momentos de alegría, en mis risas etílicas y en mis pequeños triunfos que nunca pasaron de ser triunfos de categoría regional. Entonces mi reminiscente caminar se detuvo en Marie, y la deseé como si ya estuviera vivo, otra larga espera nos separaba, pero si como me habían dicho mi nueva vida distaba poco de mi vida anterior, volveríamos a encontrarnos, ojalá fuese así… .

2- Volver a empezar.

Debí caer dormido y aún sin despertar vinieron a mí de nuevo los conceptos de tiempo y espacio con total claridad, pensé que aquel sería el primer paso antes del borrado de memoria, o para ser más riguroso, el almacenaje de datos en el subconsciente. Sin embargo dicho acontecimiento se hacía esperar. Se estaba apoderando de mí una claustrofóbica sensación, una sensación de ente físico. Tenía la seguridad de dejar de ser un muerto, poco a poco iba teniendo constancia del funcionamiento de mis sentidos. Razonaba y razonaba sobre el porqué de mi razonamiento, cuando de repente la luz se hizo…

En el borroso horizonte aparecieron unos dedos gigantescos rodeados de brumas, parecían los impíos encargados de arrancar mis recuerdos. Sospeché por su tamaño que iban a realizar su tarea de un modo literal, pero en vez introducirse en mi cerebro, me rodearon la cabeza y tiraron de mí con tal fuerza que temí ser decapitado. Apareció otro resplandor aún más potente, la claridad me cegaba y sentí una punzada dolorosa en mi vientre. Intenté defenderme como pude a pesar de mi falta de visión. Lancé unos puñetazos al viento como el que lanza gritos en el desierto. Aquel ser descomunal en un intento de humillarme me dio unos cachetes en el culo. Traté de centrar mis sentidos, escuché unos rumores que traslucían preocupación, después sentí unos cachetes con más saña. Iban a manar de mi boca una ristra amenazante de improperios dirigidos a mi adversario, cuando me di cuenta de lo que realmente sucedía.

Una vez consciente de la situación, y haciéndome cargo del clima de tensión que se había creado por mi silencio, asumí mi nuevo rol y desgarré un berrido que trataba de asemejarse a un llanto. La verdad es que yo no quedé muy satisfecho, pero a mi alrededor fue celebrado con tantos vítores y aplausos que me vi abocado a repetir mi maravillosa actuación varias veces. Curiosamente mientras la felicidad reinaba entorno a mí, la confusión ocupaba el trono en mi interior. ¿Por qué seguía teniendo claros todos mi recuerdos si ya había vuelto a nacer?. ¿Era aquello un sueño demasiado real previo a mi nueva existencia?, si era así ¿por qué tardaba tanto en producirse el dichoso olvido?.

El paso del tiempo, de nuevo el paso del tiempo se encargó de disipar algunas dudas. Aquello no era ningún sueño, y el olvido seguía sin producirse. Desconocía la razón, pero el hecho palpable era ese. Imaginé que si después de cinco días no se había producido difícilmente se produciría ya. ¿Por qué?, de nuevo un interrogante se me planteaba.

Allí tumbado en una cuna, con un cuerpo de menos de un metro, poco tenía que hacer, así que elaboré un montón de hipótesis de entre las cuales destaqué dos: o bien los entes de otra dimensión que controlaban la nuestra habían tenido un descuido y no podían rectificarlo una vez yo había nacido, o bien por algún motivo tan desconocido como extraño había sido dotado con el don del recuerdo de mi vida anterior. Pese a que esta última opción era bien recibida por mi ego, sospechaba que si alguna de las dos hipótesis tenía algo de cierto sería la primera, ¿quién era yo para que se me concediese un don semejante?.

Partiendo de la base que un descuido estaba marcando mi nueva existencia, debía calibrar muy bien las ventajas y desventajas que mis recuerdos podrían depararme. Si no sabía asumir bien mi nueva condición, si mi comportamiento variaba de forma radical con respecto a mi anterior vida quizás no llegaría a atentar contra el famoso equilibrio porque esto supuestamente lo controlaban “otros”, aunque si podría hacer que mis actos incidieran en otros hechos importantes para mí que no tenían porque ser puntos inmutables. Es decir, tenía que tener cuidado con lo que hacía si quería volver a tener a mi lado a esas personas que apreciaba como Jesús, como Cristina… como Marie. Debía ser calculador y armarme de paciencia si quería que nuestra relación fuese como antes, no podía precipitarme, eso podría estropearlo todo. Los acontecimientos debían seguir su cauce normal. Y por el momento no debía confiar mi secreto a nadie, porque las únicas personas a las que podía poner en conocimiento de mi privilegiada situación eran mis padres, y conociendo su tendencia al alarmismo y a sacar las cosas de quicio descarté raudo tal posibilidad. De haberlo hecho o ellos o yo hubiéramos acabado con nuestros huesos en un psiquiátrico, incluso, peor aún, en un programa de televisión presentado por Nieves Herrero.

Esos primeros días de existencia siguieron pasando con mi cuna transformada en una celda de reflexión, una reflexión que a menudo se veía interrumpida por los cientos de personas que venían visitarme. Algunos me traían bombones, como si pudiera comérmelos sin dientes, otros me regalaban pulseras, cadenas y anillos de esos que yo recordaba vigilando telarañas en cajones de mi casa, todos, absolutamente todos comentaban que era un bebe muy sonriente, pero cómo no iba a estar sonriente viéndolos a ellos con esas kilométricas patillas y esas horteras camisas de cuellos alados. A pesar de estos recesos, mi única misión era la de planificar los aspectos más relevantes de los próximos veinticinco años, y por qué no, también planear mi nuevo asalto a La Moradiña, si quería que todo fuese como la primera vez que conocí a Marie debía volver a transformarme en caco, debía volver a entrar en aquella maldita casa de la que creí ingenuamente haber escapado de un modo definitivo. En esta nueva ocasión no debía haber imprevistos que me sorprendieran, no quería sufrir más “perrerías” en aquel lugar.

3- Mi infancia son recuerdos…

El hecho de tener memoria de mi vida anterior hizo que la nueva se llenara de ricas anécdotas que si bien se desvían un poco de la historia principal que trato, no puedo dejar de comentar aunque sea de un modo superficial.

Miles de poetas nostálgicos que han recreado la niñez con sus versos hubieran sido incapaces de soñar tal fortuna como la mía, volver a ver a tantas personas que habían desaparecido y que jamás imaginé volver a ver: el tío Daniel que murió en un accidente de tráfico estaba de nuevo jugando conmigo a la pelota, no podía mostrarle mi verdadero yo, sin embargo nada podía evitar que bajo mi disfraz de niño le tratara con un afecto especial. Y mi abuelo Lucas, se lo llevo el cáncer de próstata al cumplir los setenta y siete. Aquel maravilloso disfraz de niño… . Los niños dan cariño de modo inconsciente con inocencia y candidez pero quizás a la vez sin captar la importancia de sus palabras. Yo tuve la oportunidad de dar cariño sincero, desde dentro del corazón, con tal emoción que mis ojos se inundaban de lágrimas y algo dentro de mi cuello se retorcía hasta dejarme al borde de la asfixia. Cuando te haces adulto parece como si las palabras afectuosas te avergonzaran, decrece nuestra capacidad de trasmitir sentimientos. Yo había estado muerto, a los que no había perdido antes los perdí aquel día, y tenerlos a todos de nuevo me llenaba de gozo. Y aquella careta, aquella maravillosa careta de niño me permitía trasmitir mis emociones sin la tara de esa absurda vergüenza adulta. Sin lugar a dudas la mayor suerte que mi don me proporcionó fue esta, darme una máscara para poder volcar todos mis sentimientos sobre las personas que quería.

No obstante no todo era perfecto, no hay nada tan humillante como tener que hacerte todas tus necesidades encima para que no sospechen de ti. Mis primeros meses de vida fueron en este sentido asquerosos. En la tele los niños sonríen felices con su pañal superabsorvente, ¡y una mierda superabsorvente!. Me pasaba el día pringado y atufado. Mi casa no se quedaba sola ni un solo instante, estaba continuamente restringido a actuar conforme a la edad de mi cuerpo. Me fijaba en el modelo de mi vecino, dos meses mayor que yo. Cuando él empezó a andar, yo empecé a andar, y cuando el comenzó a hablar, yo comencé a hablar… y que alivio. Tanto tiempo callado pensaba que me iba a volver loco. Cierto es que el nivel comunicativo de mis primeros años no era gran cosa, pero al menos me entretenía traduciendo mis pensamientos a vocabulario infantil. De vez en cuando incluso tuve algún desahogo, como cuando vino a visitarme por primera vez la vecina cotilla del quinto, esa que cuando a los diecisiete monté una fiesta, se chivó a mis padres. “Lárgate puta cotorra, que me quitas el aire”, le dije desde mi cuna con el tono viejo-chocho que la ausencia de mis dientes proporcionaba. La señora quedó largo tiempo traumatizada y a punto estuve de arrepentirme de aquel pronto. Por suerte acabó curándose aunque después de todos los cuchicheos que hubo en el barrio sobre ella, su actitud chismosa persistió para siempre.

La mayor frustración de esta época transcurrió durante mis primeros días. Me resultaba incómodo e indecente succionar los pechos de mi madre, me sentía un Edipo del tres al cuarto, así que lo que decidí hacer fue meterme los dedos en la boca después de cada turno de lactancia. Mis vómitos hicieron que mi madre depusiera su actitud de amamantarme, y cuando me frotaba las manos pensado en como me iba a poner de tanto chupar las tetas de la rolliza criadora que me buscarían, la maldita leche en polvo mandó al traste mis depravadas intenciones.

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2 Comentarios

  1. Chuscurro
    10 mayo, 2008
  2. Dimitri
    12 mayo, 2008

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