Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XXXIII




Así estaban las cosas justo antes Septiembre de 1995, para ser una vida tan planificada, el futuro me iba a deparar muchas sorpresas…

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Corría el diecisiete de Septiembre de 1995 de mi actual línea temporal. Por aquella época estaba a punto de atravesar una buena racha, al menos eso pensaba yo. Económicamente no marchaba nada mal gracias al dinero que la afición al fútbol y mi modesta memoria me agenciaban al margen de mi familia. Mi situación sentimental se acercaba al lugar que deseaba, se acercaba a Marie, los largos años de espera, los múltiples planes, las noches en vela aferrado a unos recuerdos cada vez más borrosos estaban a punto de obtener su recompensa. Mientras tanto en lo relativo al sexo no tenía queja, había tenido bastantes más oportunidades de foguearme que en mi anterior vida.

Total, corrían buenos tiempos y todo hacía prever que se avecinaban mejores, si exceptuamos en lo relativo a una carrera universitaria en la que me encontraba más por hallar conocidos que por hallar conocimientos. Precisamente en algún sitio de mi facultad, más concretamente en el despacho de un insensible profesor con avanzados síntomas de senilidad, se estaba realizando una revisión de exámenes a la hora en la que yo era el único en la parada que en vez de un autobús aguardaba impaciente la llegada de un llavero. Previamente había rastreado el terreno palmo a palmo sin encontrar resquicio del preciado objeto. Según transcurría el tiempo mi nerviosismo aumentaba de manera exponencial, las llaves eran la piedra angular de mi plan de rescate y quizá ingenuamente había contado desde un principio con ellas. Comenzaba a pensar que la perdida de un llavero es una de esos detalles insignificantes que podrían variar de una vida a la siguiente. Sería irónico, pensaba, que después de veinticuatro años tuviera que verme obligado a improvisar.

Tras hora y media de espera, se produjo la llegada del sexto 133, creí reconocer a un vecino mío entre los ocupantes y agaché instintivamente la mirada. El autobús estaba cerrando sus puertas cuando pasaron ante mis ojos unas piernas corriendo a toda prisa. El conductor volvió a abrir mientras yo alzaba la vista lo suficiente como para alcanzar el bolsillo de la chaqueta de aquel pasajero de última hora. Asomaba de él un llavero azul. El llavero azul. Ese llavero azul que debía habérsele caído en la carrera pero que no lo hizo. “¡Maldita sea!”. Me incorporé inmediatamente sobre mis pies aunque no tuve la velocidad de reacción adecuada para llegar al 133 antes de que volviese a cerrar sus puertas.

Hice gestos para que me abriesen pero el gentil autobusero, que parecía estar harto de tanto activar y desactivar la puerta, agotado por el duro esfuerzo de apretar y desapretar un botón varias veces seguidas, me ignoró por completo. Mis gestos se convirtieron en puñetazos pero para entonces el autobús ya estaba en marcha y todo lo que pude obtener fue una mirada de condescendencia como la que le dedicaba a los mosquitos que se aplastaban sobre el cristal.

Quería correr tras él aunque sabía que era inútil, me movía de un lado a otro sin poder estar quieto, a punto de estallar por la tensión de saber que se escapaban las llaves y nada podía hacer por evitarlo. Soluciones, necesitaba soluciones y pronto. Pensé en un taxi, sin embargo coger un taxi en plena carretera de La Coruña no era tarea fácil. De repente la respuesta a mis cavilaciones apareció ante mis ojos en forma de una mole roja. Se trataba del 83, un autobús que hacía un recorrido similar al del 133 hasta llegar al barrio de Peña Grande, allí se desviaba de la ruta hacía mi casa y por eso no solía cogerlo. Mi vista alcanzaba a ver el autobús amarillo que como si del sol se tratase estaba a punto de desaparecer tras el horizonte. Me subí con rapidez en el 83, miré fijamente al conductor a través de sus gafas de sol y le dije:

– Siga a ese autobús.

El conductor se rascó suavemente su barba de tres días, dio tres vueltas con la lengua al palillo que llevaba en la boca y me dijo:

– ¿Es usted gilipollas, joven?.

Mi ímpetu y mi firmeza no habían calado con la fuerza que pretendía en el amable empleado de la empresa de transportes, así que abogué por una nueva táctica.

– He perdido mi cartera en el 133, podría hacer el favor de acelerar un poco para ver si podemos alcanzarlo.

Se puso en marcha y por un momento creí haber ablandado su corazón, pero al ver que se rascaba la oreja con el palillo me temí lo peor.

– Esto no es un taxi, joven. ¿Le parece esto un taxi, joven?. ¿Ve usted algún taxímetro, joven?. ¿Ve rayas rojas pintadas en los laterales, joven?. Yo soy responsable de las personas que viajan aquí. Si pierde usted su cartera en la calle Alcántara nº22 podrá encontrarla, allí llevamos lo que nos encontramos en los autobuses, joven.

– Es importante para mí, sólo le pido que acelere un poco.

– Haré lo que pueda, joven. No le puedo prometer más.

Poderoso caballero…

– Tengo veinte mil pesetas encima si consigue alcanzar al 133 se las doy.

El conductor vaciló unas centésimas de segundo, el tiempo justo para devolver el palillo a la boca, darle una vuelta con la lengua y escupirlo al suelo. Entonces volviéndose hacía atrás comunicó en voz alta a la vez que ajustaba sus gafas de sol:

– Agárrense fuerte, señores, hay que recuperar la cartera del joven.

El súbito pisotón al acelerador y la fuerza centrífuga se ocuparon de poner en danza a todos los pasajeros, incluidos los que iban sentados. La cadencia de su baile se incrementó al llegar a la primera curva y había quien agarrado a las barras de sujeción mantenía los dos pies en el aire durante largos intervalos de tiempo. El autobús no solo aumentó su velocidad sino que además prescindió de detenerse en sus paradas ante la atónita mirada de algunos pacientes usuarios del transporte público y los cortes de manga de otros, que le veían pasar como si vieran una estrella fugaz surcar el cielo. Con ese ritmo no fue de extrañar que en cinco minutos nos encontrásemos a la altura del 133. Una hábil maniobra de adelantamiento me colocó en la posición necesaria para afrontar el transbordo con total seguridad en la siguiente parada. Reconozco que un principio albergué dudas al respecto de pagar a mi “chofer particular” la cantidad prometida, aunque tras la eficiencia de su trabajo le consideré justo acreedor de ella. Saqué mi cartera para pagar ante lo cual el conductor haciendo gala de una inusitada astucia me preguntó:

– ¿No había perdido usted la cartera, joven?.

Sin tiempo para inventar otra cosa mejor y con mi cabeza puesta en otro sitio sólo se me ocurrió responder:

– Me gusta salir con dos carteras.

Después, y antes que mi espabilado amigo tuviera la tentación de seguir con su interrogatorio, le entregué la suma prometida mientras él recogía el palillo del suelo para devolverlo al lugar de partida en la comisura de sus labios. Se rascó la barriga orgulloso de la misión realizada y feliz por la recompensa recibida posteriormente, cuando me mostró el camino hacia la puerta creí ver una pelotilla de pelusa entre sus dedos.

Mi entrada en el 133 vino precedida por una mirada de incredulidad por parte del conductor que debió reconocerme, yo me abstuve de hacerle cualquier comentario de los muchos que se pasaron por mi mente porque llamar la atención no entraba dentro de lo recomendable a la hora de acometer mi siguiente misión: apoderarme de las llaves.

Reconocer al portador del llavero me costó menos de lo esperado, puesto que su traje destacaba entre la multitud de estudiantes y mochilas que viajaban a pie a su alrededor. Era calvo y con bigote, su rostro me era familiar. Acercarme hasta él no fue sencillo, me abrí paso entre la gente como pude, y aunque una oronda señora se encaró conmigo por un supuesto pisotón a su juanete, decidí ignorarla. Cuando me puse a la par con el sujeto en cuestión descubrí con gran alivio que el llavero seguía sobresaliendo de su bolsillo. La tarea que iba a cometer no parecía encerrar mucha dificultad, sin embargo empecé a sentir un inmenso desasosiego, que se manifestaba en forma de sudor frío, y en una clara sensación de que iba ser cogido in fraganti. ¿Qué diría?, ¿qué haría si me pillaba con la mano en su bolsillo?. ¿Por qué siempre acababan complicándose las cosas?.

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  1. Dimitri
    22 mayo, 2008

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