Libros en vivo:Legado de un títere ingenuo XXXV




Además teníamos dos bazas a nuestro favor: mi memoria y el hecho de ser gente normal de la que no se podía sospechar. No sabía si esto era suficiente para luchar contra un imperio mafioso, y desde luego no iba a quedarme con las ganas de adivinarlo.

– 15 –

Aunque fuera una semana después de lo que yo pretendía, finalmente Jesús y Cristina aceptaron el adelantamiento del rescate. Estacioné mi flamante Ford Fiesta cerca de “La Moradiña”. La luz de la buhardilla estaba encendida, lo cual no me sorprendió porque no esperaba una actitud condescendiente por parte de la suerte. Había llegado la hora de la acción, había llegado la hora del reencuentro, había llegado la hora de la transpiración incesante. Yo, iluso, pensé que los nervios me respetarían un poco por ser la segunda vez. Me equivoqué, y lo peor es que debía disimular a toda costa para trasmitir seguridad a mis todavía más histéricos acompañantes.

– Venga, esto va a ser pan comido.

Pensé que mi original arenga surtiría efecto en los perturbados ánimos de mis amigos.

– Que te folle un pez.

Me equivoqué una vez más.

No cometí el error de dejar mi cartera en la guantera para prevenir descuidos reincidentes. Me coloqué un gorro de lana negro en la cabeza, así completaba mi indumentaria que constaba de una sudadera y un vaquero del mismo color. Jesús vestía del mismo modo. Yo portaba un rifle automático con munición autentica, él uno con dardos somníferos. Su misión no era disparar, era más bien hacer de caddie aunque en vez de palos de golf transportaba escopetas, eso sin menospreciar su compañía y sabedor de tener su apoyo moral constante, e incluso, si fuera menester, su ayuda física.

Echamos un vistazo alrededor, la calle estaba vacía, era el momento de abandonar el coche. Cristina se quedó al volante en labores de vigilancia, no había dicho nada en toda la noche, probablemente era la menos satisfecha con lo que estábamos haciendo.

Nos acercamos al número 21 de la calle Moralzalzal con sigilo y mil ojos. Debíamos saltar el muro que rodeaba la propiedad por uno de los puntos muertos que tenía la cámara de vigilancia. La tapia apenas tenía dos metros de altura por eso no fue complicado encaramarnos por ella y pasar al otro lado. Me encontraba de nuevo en aquel lugar al que, inocentemente, prometí que no volvería. Tampoco se podía tomar aquello como un incumplimiento de mi promesa, ya que mantuve ésta hasta la muerte y en la mayoría de los casos esto suele ser suficiente.

Echamos cuerpo a tierra en el jardín. Jesús me cambió el rifle, un somnífero aguardaba en el cargador para mandar saludos a un viejo amigo.

– Canelo guapo, enséñame tu hociquito- dije en voz baja mientras en el objetivo tenía encuadrada la puerta de la caseta del buen chucho.

Debió oírnos o debió olernos porque no tardó mucho en asomar por la puerta. Se me llenó la cabeza con recuerdos de aquellos tiempos en los que nos enfrentábamos en una lid más competida: sus colmillos kilométricos en pos de mi yugular, mi arte nada culinario del manejo de la sartén, mi inútil intento de distraerle con la linterna… .¡ La linterna!, por primera desde aquel día, la recordé. No tenía tiempo para maldecirme por aquel lejano despiste, en aquel instante debía mandar a mi adversario a dormir con los angelitos. Mi dedo oprimió, sin remordimiento alguno, el gatillo que derrotó al perro. El silenciador se encargó de disimular el disparo. Canelo, antiguamente Totó, sintió un pinchazo y tras andar un tiempo haciendo eses medio grogui, acabó por derrumbarse. El primer escollo había sido superado tal y como habíamos previsto.

Reptando y lo más pegados posible a la valla que delimitaba la propiedad nos acercamos a la puerta principal. Allí la llave me pagó el esfuerzo que había hecho por conseguirla.

Estábamos dentro. Nos rodeaba la penumbra, y la misteriosa, ya no tanto, vacuidad del inmueble. Nos preparamos para superar la prueba más difícil, acabar con el vigilante. El plan previsto era el siguiente: provocaríamos un ruido sospechoso para hacer que el vigilante bajase, en cuanto lo hiciese y asomase su cuerpo por la escalera le dispararía en un hombro (sin duda la parte más complicada, no sólo por el hecho de tener que disparar a un hombre, sino por la posibilidad, pequeña dada mi habilidad, de marrar el disparo y causar algo más grave que una herida), para dejarle indefenso. Después Jesús me pasaría el otro rifle y le daría el tiro de gracia con un dardo somnífero. Una vez hubiésemos dado cuenta del vigilante quedaría el camino libre para la liberación.

Me tumbé en el suelo frente a la escalera con la mira del rifle centrada en el lugar por donde debía aparecer mi enemigo. Jesús detrás de mí, aguardaba en su puesto de ATS de la operación de rescate. Mi corazón palpitaba con una inusitada fuerza provocada seguramente por la cercanía de Marie, y no por lo tenso de la situación.

Cerré la puerta del chalé con la suficiente fuerza para hacer que su sonido llegase hasta la buhardilla. Así debió ser porque no tardó en alcanzar mis oídos un rumor que contenía una voz que nada tenía que ver con la hosca voz de antaño. Me extrañó sobremanera y me llenó de preocupación. Aquello sólo podía significar tres cosas: el guardián se hallaba de mejor humor, el guardián era distinto al de la primera vez o, lo más inesperado y por ello más terrible, había dos guardianes. Como quiera que el volumen no era lo suficientemente alto para captar las palabras me quedé con la duda y con el corazón en un puño en espera de ver el desarrollo de los acontecimientos.

Los nervios, que pensé poder controlar, cada vez se escapaban en mayor medida de mi dominio. Quizás además de tiro al blanco debí haber practicado yoga o cualquier otra técnica de relajación. Si no me dominaba a mí mismo, cómo demonios iba a dominar la situación. Eché un vistazo hacía atrás, comprendí que mi intranquilidad era una nimiedad en comparación con la de Jesús que se secaba el sudor de manera compulsiva y me miraba como si clamase clemencia a un verdugo. En menudo lío le había metido. Aunque más que nunca me alegraba de tenerlo junto a mí, si había dos vigilantes su ayuda iba a ser indispensable.

Se oyeron unos pasos, sobre nuestras cabezas, ausentes de la firmeza y el poderío de antaño que confirmaron que no se trataba del mismo vigilante. Estaba descendiendo, había picado el anzuelo. Seguramente no sospechaba que pudiera haber nadie en la casa, nos habíamos encargado concienzudamente de evitar ser captados por la videocámara de la entrada.

Las pisadas estaban acercándose poco a poco. Su proximidad aumentaba de manera proporcional a mis pulsaciones. De repente apareció un haz de luz, procedía de la linterna de mi futuro blanco y anunciaba su inminente aparición. Centré la vista en la mira telescópica de mi rifle. Sentí entonces un súbito ataque de conciencia, cómo narices iba a disparar a una persona, en qué clase de loco me estaba convirtiendo. El dilema moral se vio interrumpido de manera drástica por la aparición de una figura en mi objetivo. Allí estaba, clara, captada con todo lujo de detalles por mi retina. Me quedé paralizado, helado. El haz de luz comenzó a bajar las escaleras ajeno a lo que se avecinaba. Seguía sin poder reaccionar. Jesús a punto estaba de estallar por la tensión y el latido de su corazón competía para ver si podía delatarnos antes que la linterna del guardián. Los siguientes segundos pasaron con una lentitud desasosegante. El haz de luz llegó hasta mí.

– Dispara coño- susurró Jesús.

Yo seguía sin moverme, impertérrito ante sus palabras. Sumido en un desconcierto que me atenazaba. Mientras tanto el vigilante había soltado su linterna que comenzaba a descender por la escalera repartiendo su haz de luz por los distintos rincones de la estancia en función de su rebote contra cada uno de los peldaños. Todo parecía seguir sucediendo de manera ralentizada, yo observaba, sólo observaba. Mi rival se había echado mano al interior de su chaqueta.

– Dispara de una puta vez- gritó Jesús en la certeza de que ya habíamos sido descubiertos.

Asistía inmóvil al devenir de los hechos, capaz únicamente de prepararme para recibir un balazo e intentar no sufrir mucho. Me encontraba también en un punto de mira. Entonces, cuando estaba a punto de ser disparado, observé que mi rival sufría un impacto en el brazo que le hacía soltar su pistola, era un dardo somnífero. Su arma corrió entonces por las escaleras en pos de una linterna que ya había detenido su descenso. Intentó reaccionar el vigilante, trató inútilmente de recuperar su arma y en el proceso recibió un nuevo disparo que hizo que sus pies se enredaran haciéndole bajar el medio tramo de escaleras que le quedaba hasta llegar a nosotros rodando sin control. Su aterrizaje fue seco, quedó quieto a nuestro lado, con todo el aspecto de haber pedido la consciencia. Volví instintivamente mi vista atrás, mi amigo, mi salvador, estaba soltando su rifle y se abalanzó sobre mí como un poseso. Me tambaleo asiéndome por los hombros.

– ¿Por qué no has disparado?. ¿Por qué coño no has disparado?. Han estado a punto de matarnos y no has hecho una puta mierda.

Entonces ante su sorpresa y también la mía, porque sólo cuando lo oí de mis labios llegué a creer lo que mis ojos ya sabían, le dije:

– Es Puri.

– ¿Puri?.

Artículos relacionados

Acerca del autor

Deja tu comentario

Mostrar
Ocultar