Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XXXVI




– ¿Por qué no has disparado?. ¿Por qué coño no has disparado?. Han estado a punto de matarnos y no has hecho una puta mierda.

Entonces ante su sorpresa y también la mía, porque sólo cuando lo oí de mis labios llegué a creer lo que mis ojos ya sabían, le dije:

– Es Puri.

– ¿Puri?.

Sí, Puri. La chica de la que te hablé. Aquella con la que estuve saliendo…

– Sé perfectamente a que Puri te refieres, pero, ¿está es Puri?- dijo señalando al cuerpo que había tendido junto a nosotros.

La cercanía no me reveló nada que no me hubiera revelado ya el teleobjetivo de mi rifle.

– Pues claro que es ella.

Vaya si lo era. Por un momento extrapolé su imagen del lugar donde se encontraba y la coloqué en una almohada dormida junto a mí. Suspiré.

– Es ella, ella…

– ¿Y qué coño hace aquí?.

– Tú pregunta es buena, aunque por desgracia no tengo respuesta- le dije sin salir todavía del estado de asombro en el que me encontraba.

Durante algún tiempo, no demasiado, me esforcé por tratar de hallar una solución a la incógnita que había planteado Jesús, y no por resolver sus dudas sino por despejar mi cabeza de los oscuros nubarrones que la nublaban. Mi amigo temiendo que recayera en otra parálisis temporal intervino.

– Hagamos rápido lo que hemos venido a hacer. Ya habrá tiempo de pensar en todo esto.

Por si esas palabras no habían sido suficientes. Pronto surgieron otras que me elevaron del suelo, me entusiasmaron, me hicieron estremecer bajo un consistente hormigueo que de arriba a abajo recorrió varias veces mi cuerpo y me situaron en un lugar remoto de mi existencia, justo aquel en el que conocí la felicidad.

– ¡Socorro!. ¡Ayúdenme!.

El gran júbilo que me produjo volver a oírla conllevaba un júbilo adicional, pues sus gritos venían a confirmar algo que por todo lo acaecido se iba haciendo más patente: sólo había un vigilante, bueno, una vigilante, Puri.

No recuerdo que me costara trabajo subir las escaleras que conducían al piso de arriba, de hecho creo que las subí volando. Cuando llegué al final del trayecto mis ojos se deleitaron con todas aquellos objetos pertenecientes a mi pasado: el sofá, la tele, la mesa, las sillas, la ventana… . Faltaba Marie, aunque no me era difícil suponer donde se encontraba. Su voz me lo confirmó.

– ¡Ayúdenme, por favor!- dijo una voz encandiladora que procedía de un lugar situado tras aquella pequeña puerta blanca que desentonaba con la pared de ladrillos.

No podía esperar una milésima de segundo más para volver a verla, pero aquella puerta estaba cerrada bajo llave. No me importó, después de tanto tiempo ninguna cerradura iba a detener el impulso de mi corazón. Me lancé hacia la puerta a toda velocidad y cargué con toda mi fuerza sobre ella estando a punto de conseguir una luxación de hombro. Me disponía a usar la televisión como ariete cuando Jesús que acababa de llegar hasta el último piso me dijo:

– No seas bruto, Puri debe tener las llaves.

Salí pitando escaleras abajo, la larga espera debía eternizarse unos segundos más, dudaba si mi pecho podría soportar tanto ajetreo en su interior.

Al llegar junto al cuerpo de Puri sentí un ataque de culpabilidad. Tenía pulso, pero quizás el golpe era grave. Eché un vistazo, no tenía ninguna brecha, ni sangre en los oídos, probablemente estaba bajo los efectos de los dardos somníferos. A primera vista estaba bien, pero no pude evitar una sonrisa que se movía entre devaneos con la nostalgia, la pena y la ironía al pensar que siempre era ella la gran sacrificada para que yo pudiera ver a Marie. Registré sus bolsillos y no tardé mucho en dar con las llaves. Me coloqué de nuevo las alas y en poco tiempo me hallé frente a la puerta del paraíso.

Ojos, sólo ojos, apenas dos. Sus maravillosos ojos volvieron a mirarme y sentí mis piernas flojear. Era real, por fin era real, por fin estaba junto a mí. Quise lanzarme sobre ella y abrazarla y acariciarla y besarla y no despegarme nunca jamás de sus labios…

Durante mi nueva vida, mi nueva y curiosa vida con recuerdos de otra anterior había tenido que representar muchos papeles: el de bebé, el de niño, el de adolescente…, había soportado momentos difíciles, pero nada era tan complicado, tan odiosamente complicado como tener que representar el papel de no conocer a Marie. Me encontraba cambiando los millones de besos que se habían acumulado en mi interior durante tantos años por una serie de preguntas cuyas respuestas conocía. Quería decirle te quiero, el ansia me estrangulaba, sin embargo sabía que debía resistir estoicamente. Estaba tan cerca, todo estaba siendo tan duro… menos mal que la recompensa esperada era extraordinaria.

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2 Comentarios

  1. Chuscurro
    1 junio, 2008
  2. Dimitri
    3 junio, 2008

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