Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XXXVII




Quería decirle te quiero, el ansia me estrangulaba, sin embargo sabía que debía resistir estoicamente. Estaba tan cerca, todo estaba siendo tan duro… menos mal que la recompensa esperada era extraordinaria.

-16-

A partir de la salida de “La Moradiña” todo sucedió como en mi anterior línea temporal: su negativa a ponerse en contacto con la policía, su deseo de mezclarse entre la multitud, nuestra visita por el Madrid de los Austrias… . La compañía de Cristina era lo único que difería de la otra vez, aunque lo cierto es que la mayor parte del tiempo fue un convidado de piedra y se mantuvo en un discreto segundo plano. Yo deseaba fervientemente quedarme a solas con Marie. En la plaza de Cibeles se produjo el esperado momento, mis amigos anunciaron que se tenían que ir, Jesús dijo que el coche era suyo, así que yo me quedé listo para afrontar la velada más esperada de toda mi nueva vida.

Comenzamos a caminar hacia la zona de Alonso Martínez. No íbamos agarrados, por desgracia el haber adelantado el rescate provocó que la climatología hubiese cambiado, hacía una noche agradable. No sé me ocurría ningún método de acercarme a ella, así que intenté ayudarme mediante la sugestión.

– Parece que está empezando a soplar una brisa fresca- comenté a la vez que simulaba un escalofrío.

No hice mella psicológica.

– ¿Esto es para ti una brisa fresca?. Deberías visitar Francia en esta época del año.

Interiormente me encontraba haciendo un gesto de frustración cuando de repente recibí la grata sorpresa de verme rodeado por su brazos mientras apoyaba la cabeza en mi pecho.

– Me acuerdo tanto de mi casa- suspiró mientras sus ojos se volvían líquidos.

– Tranquila, pronto volverás allí.

Trataba de consolarla con mis palabras y alguna que otra caricia que oscilaba entre samaritana y lujuriosa. Lo cierto es que me hallaba bastante desconcertado por esta escena que se salía de mi guión. Temí que estas variaciones influyesen en el resultado final, no obstante este temor no empañaba en absoluto la felicidad que sentía por volver a tenerla entre mis brazos.

Fuimos a sentarnos a uno de los bancos de madera que habitan en la calle de Alcalá. Allí permanecimos mientras ella se calmaba, departiendo sobre temas intrascendentes. Intentaba sacar una sonrisa de su rostro triste, y cada vez que lo conseguía me sumía en una especie de embrujo, me sumergía en sus ojos verdes sin importarme si podría acabar ahogado en ellos. En una de estas ocasiones y bajo el influjo de esta hermosa hechicería no pude contener mi instinto, mi memoria, mi sentimiento.

– Eres preciosa.

Ella pareció merodear por los terrenos de la confusión para después dejar que sus mejillas se tiñeran de rosa haciéndola aún más bella.

– No mientas, debo estar fatal con esta ropa vieja y después de tantos días secuestrada- contestó mostrando su coquetería y haciendo un ejercicio de falsa modestia.

Yo me dejé llevar por esa fuerza que me arrastraba desde lo más profundo de mi corazón y que solía desembocar en una cascada de palabras impregnadas en un romanticismo arcaico.

– No creo que halla nada en este mundo que pueda arrancarte ni siquiera un poco de tu belleza.

– ¿Por qué me hablas así?- preguntó un poco descolocada ante tanto halago.

Me desperté del hechizo y volví a poner los pies sobre la tierra. Tenía la impresión de haber hecho el idiota y de haber colocado los pilares para mandar al traste mis intenciones. No podía borrar nada de lo dicho, sólo podía disculparme.

– Lo siento, me he dejado llevar, a veces me vuelvo un poco más imbécil que de costumbre.

– No te disculpes, me encantan los chicos románticos.

Mi autoreprimenda se convirtió entonces en orgullo y mi gesto contrariado se sonrojó. Mi ánimo se elevó, mi ego también, ella seguía abrazada a mí y sus labios estaban allí a unos pocos centímetros de los míos. La tentación era inevitable. La precipitación también.

Se apartó.

Eché mano al guión.

– Perdona, me he dejado llevar pensando que los sueños se hacen realidad.

– ¿Lo que ha pasado esta noche es un sueño para ti?.

– No, tú eres un sueño para mí.

Sucumbió de nuevo ante la dulzura de mis palabras y ante mi gesto de corderillo a punto de ser degollado. Me abrazó con fuerza haciéndome sentir que estaba en el buen camino. La sensación de bienestar me sumió en un ensimismamiento, mientras tanto oía en la lejanía como Marie se excusaba basándose en el secuestro, su novio, etc… . Ya sabía todo eso, sólo deseaba una cosa: que sus labios volvieran a tocar los míos.

– Lo siento- dijo ella.

Ese era el momento.

Me besó en la mejilla.

Me sentí estafado.

Abandonamos aquel banco de la calle Alcalá, al menos Marie seguía agarrada a mi cintura. Iniciamos lo que parecía un caminar errante, pero de errante no tenía nada, yo sabía perfectamente donde se encaminaban mis pasos. Contestaba a las preguntas que hacía sobre mi vida con desgana, queriendo que aquel trámite acabase cuanto antes, mi ansia de cariño me desbordaba por momentos. Al fin llegamos frente al San Mateo Seis, volví a echar mano del libreto para recitar mi frase.

– Mira en este bar se rodó una película muy conocida en España, Historias del Kronen.

Esperé unos segundos su replica, sin embargo ésta no llegó, así que ante la ausencia de un apuntador me vi obligado a improvisar.

– Ya ves que vuelvo a hacer de guía turístico. Esto es lo único que puedo ser para ti…

Hubiera querido un espejo para ver la cara triste que dibujé en mi rostro. Seguro que hasta la expresión de cordero a punto de ser degollado de antes parecía fiera al lado de ésta. Debió ser antológica. En una palabra: irresistible.

– No, te equivocas…

Su gesto era inequívoco. Me lancé sobre sus labios con tal ímpetu que aunque una manada de bisontes se hubiese interpuesto en mi camino no habría podido detenerme. Mis besos desbordaban esa pasión que durante tiempo había permanecido latente y que ahora servía para envolver a Marie. Sentí una inmensa explosión de júbilo, un éxtasis interno, era como si hubiese llegado al orgasmo tras veinticinco años de coito. La abrazaba para que no volviese a escaparse de mis brazos, la elevaba hasta poner su cuello a la altura de mis dientes, de mi lengua, de mis labios, de mis hormigueantes mordiscos, de mis húmedas caricias, de mis ardientes besos.

La excitación aumentaba poco a poco aunque la fuerza de mis piernas descendía vertiginosamente. Decliné la posibilidad de apoyarme en un coche por mi alergia a los sustos. Apoyé mi espalda contra una pared. Mis manos abiertas comenzaron a surcar su espalda hasta encontrar alojamiento al final del camino, cada una en su correspondiente glúteo. La estreché contra mi cuerpo haciéndola sentir una erección que esta vez había acudido puntual a su cita. Tal era mi estado de exaltación que hubiera necesitado un agujero como el de las ballenas para arrojar al exterior un chorro de adrenalina, porque yo no quería ser quien volviese a pisar el freno. Desgraciadamente lo pisó ella.

– Creo que deberíamos parar esto antes que se ponga demasiado caliente.

“¿Ponerse demasiado caliente?, si me caliento más me evaporo”, pensé.

– Tienes razón, quizás no sea lo más apropiado excitarse en medio de la calle- dije haciendo ejercicio de una hipocresía que me hizo sentir ser más falso que los duros de Franco.

Bueno, tal vez no fuese tan mala esa pausa, gracias a ella pudimos entrar al San Mateo Seis, el lugar que albergaba esos recuerdos tan memorables de la anterior línea temporal. Tras pasar la puerta del local no tuve que pensar mucho hacia donde dirigirme, nuestro nido de amor, aquel banco metálico permanecía vacío como si hubiera estado esperándonos. Allí me senté, Marie lo hizo sobre mis rodillas. Volvimos a besarnos. Sentí que mi cuerpo arrancaba de nuevo, poco a poco, como si fuese una locomotora de vapor. “Más madera”, debía hacer arder mis calderas, para poder arrastrarla conmigo al terreno del desenfreno. Ella comenzó a acariciarme convirtiendo cada poro de mi piel en un pozo de pasión. Yo jugueteaba con el tirante de su sujetador, esperando que surtiera el efecto de antaño, deseando su deseo, pretendiendo llegar hasta donde en aquellos lejanos tiempos no fui capaz. Ya no era el chico torpón de entonces, ahora me desenvolvía con más maña, si lo hubiera deseado podría haberla hecho estremecer con más facilidad, sin embargo no quería correr el peligro de atolondrarme con un ataque de vanidad, así que debía recuperar mi antigua personalidad, mi sana timidez, aquella que la conquistó.

– Estoy tan bien contigo.

– Sigue hablando, me gustan las cosas que me dices.

– Me gustaría seguir hablando, pero no puedo definir la alegría que me produce estar contigo con palabras, no puedo describir lo que siento con palabras. Sólo puedo demostrártelo…

La carne es débil. Sucumbí al magnetismo de sus labios, a la lujuria de su cuerpo arrastrando al abismo del olvido mi sana timidez. Avancé con una hábil maniobra por su espalda y desabroché el cierre de su sujetador con una efectividad encomiable.

– Hay gente- me susurró.

No tuve que pensar mucho la replica.

– Sólo puedo verte a ti.

Ella se dejó vencer por la fuerza de mi furor escrotal y yo comencé a campar a mis anchas por su cuerpo. Hice con mis manos dos ventosas que retozaban pegándose y despegándose de sus pezones, y que de cuando en cuando dejaban escapar los pulgares al encuentro de su ombligo. Pero como todos hemos aprendido desde pequeños, el dedo gordo es insaciable (todo, todo, se lo comió), así que no tardaron ambos en amenazar con una excursión por el monte de Venus. Pronto la amenaza se convirtió en una realidad, y fue aquel instante la única ocasión en que Marie hizo gala de una mano represora.

– ¿Me estoy pasando?- pregunté instintivamente.

– No, no es eso, pero no quiero…

Me extrañó sobremanera el cambio, empecé a preguntarme por qué había sucedido. Perdida mi torpeza, perdido mi encanto, pensé. Sólo deseaba que aquello no diera al traste con el final feliz que había planeado en mi guión.

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