Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XXXVIII



– ¿Me estoy pasando?- pregunté instintivamente.

– No, no es eso, pero no quiero…

Me extrañó sobremanera el cambio, empecé a preguntarme por qué había sucedido. Perdida mi torpeza, perdido mi encanto, pensé. Sólo deseaba que aquello no diera al traste con el final feliz que había planeado en mi guión.

Cabizbajo, Marie acudió en mi ayuda para sacarme del terreno agreste del pesimismo y me levantó la barbilla para primero besarme con efusión y después adentrarse por sorpresa en mi bragueta sin que los botones le ofreciesen problema alguno. Teniendo en cuenta el ámbito sobre el que se desarrollaba, la contienda sexual llegó a alcanzar momentos de máximo apogeo. Allí no se podía avanzar más, al menos eso decían las normas usuales de moral y decoro, sólo me restaba esperar a que ella hiciera la pregunta definitiva, la invitación a ir a los servicios. Estaba seguro que su oferta no se iba a demorar…

Su oferta se demoraba indefinidamente. Sabía lo que deseaba, y sabía cuanto tiempo lo había deseado, no era cuestión de acobardarme, debía asumir el mando de las acciones, no podía quedarme de brazos cruzados.

Tras un beso maravilloso en que nuestras lenguas bailaron un vals a ritmo de rock, decidí lanzarme.

– Creo que en todo el universo sólo puede haber una cosa que sea mejor que besarte.

– ¿Qué?.

– Hacerte el amor.

Percibí que Marie se azoraba ante mi poco sutil proposición. Me sorprendí y me apesadumbré. Me sorprendí porque en similares condiciones fue ella la que se lanzó. Me apesadumbré porque seguramente lo que sucedía es que estaba actuando como un maldito cretino engreído y prepotente, algo que debía percibirse con total nitidez. No me quedaba más remedio que recurrir de nuevo a la disculpa.

– Lo siento, voy demasiado rápido.

– No, no es eso.

– Sí, sé que no estoy teniendo tacto…

– No te disculpes…

– Pero es que tengo que disculparme…

– A mí me gustaría hacerlo.

– He sido un idiota- asimilé entonces su frase- . ¿Qué?.

– Me gustaría hacerlo, aunque no puedo.

– ¿No puedes?.

Su expresión y unos segundos de reflexión me hicieron comprender lo que quería decirme.

– ¿Cómo iba yo a saber que estabas…

– Tú no tenías porque saber nada.

– Pues vaya.

– Ya ves que soy yo la que tengo que disculparme.

– No digas tonterías eso no es motivo para disculparte.

– No quiero que creas que es una excusa. Hoy me ha bajado mucho.

– No tienes que darme explicaciones.

– Quiero dártelas. Comprende que no tengo nada para cambiarme, que sería complicado…

– Lo comprendo, lo comprendo… . Me da igual. Para ser feliz me basta con estar a tu lado.

Su rostro se iluminó.

– ¿De verdad?.

– Yo no te mentiría.

Y no la estaba mintiendo. Debo reconocer que se me pasó por la cabeza un pensamiento ruin que me decía que me había equivocado al adelantar la fecha de su liberación. Pero la cordura retornó y ese pensamiento desapareció. Después de todo me había costado demasiado trabajo volver a tenerla entre mis brazos como para preocuparme por el hecho de no hacer el amor. Debía disfrutar con lo que tanto añoraba, con su presencia, con su cariño, con su mirada fantástica. Y puestos a desear algo, desearía que se enamorase de mí tanto como yo de ella. Sólo si conseguía hacer nacer ese sentimiento en Marie tendría alguna posibilidad de convencerla de que me diera su dirección, de que no tardara un año en comunicarse conmigo, de que no me sumiese otra vez en una eterna espera. Eso era lo realmente importante, lo demás ya vendría por si solo.

En fin, el sexo hubo de ser suplido por una ración extra de besos y abrazos, la descarga hormonal dejó paso a la descarga sentimental. No dejé ni un momento de rodearla con mis brazos, no dejé de agasajarla, transformando cada gesto, cada movimiento, cada mirada, cada suspiro, cada pensamiento, cada parte de mí en una caricia con destino a su corazón. La amaba como siempre la había amado, como siempre la amaría. No había tenido una sensación tan confortable desde poco antes de mi muerte. Sin embargo no debía embriagarme con la magia mullida que me sustentaba en aquel instante, tenía que empezar a jugar mis cartas, no podía conformarme con puntuar, necesitaba ganar la partida, no había tiempo para arredrarme, llegó la hora de los órdagos.

El alba nos recibía en medio del sublime paisaje de un Madrid de calles semidesiertas, con las ancianas en los balcones de las casas antiguas y los desterrados de la noche como únicos moradores. Lancé un suspiro a la búsqueda del país de la utopías antes de ponerme manos a la obra.

– No quiero perderte Marie.

– ¿Por qué dices eso?.

– Dentro de poco vendrán a buscarte, y sé que me voy a sentir muy triste.

– Yo también estaré triste por dejarte, pero volveremos a vernos.

– ¿Estás segura?.

– Claro.

– ¿Y cuando volveremos a vernos?.

– Eso no lo puedo saber.

– Dime que todas las cosas que he dicho esta noche no son tonterías, dime que tienen algún valor.

– Lo tienen para mí.

– Así que te gustaría volver a verme.

– Claro, no sé a que vienen esas dudas.

– No lo sé, un presentimiento tal vez.

– Aleja los malos presentimientos.

– Sí, porque por muy lejos que vivas, incluso si vives en el fin del mundo, no me importará ir a visitarte.

Ella puso un gesto contrariado pensando que sus palabras me iban a resultar inesperadas.

– La verdad es que no podrás venir a visitarme.

Debía clavar mi puya en lo alto de su conciencia.

– ¿Y todo lo que me estabas diciendo?.

– Volveremos a vernos, te lo prometo, aunque tú no podrás venir a verme. Seré yo la que me ponga en contacto contigo.

– No lo entiendo.

– No quiero que lo entiendas. Sólo quiero que me creas, volveremos a vernos. Todo es por mi familia, es importante, puedes suponer que si por mi fuera no habría problema.

– ¿Por qué todo lo que te rodea es tan extraño?, ¿por qué no confías en mí?, ¿por qué no me lo cuentas todo de una vez?.

1 respuesta

  1. Dimitri 9 junio, 2008

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