Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XXXIX




– No quiero que lo entiendas. Sólo quiero que me creas, volveremos a vernos. Todo es por mi familia, es importante, puedes suponer que si por mi fuera no habría problema.

– ¿Por qué todo lo que te rodea es tan extraño?, ¿por qué no confías en mí?, ¿por qué no me lo cuentas todo de una vez?.

– ¿Por qué te empeñas en complicar las últimas horas que nos quedan juntos?.

Su contra pregunta me dejaba en paños menores, sin fuerza para seguir contraatacando.

– Prométeme al menos que me llamarás o me escribirás pronto, prométeme que pensarás en mí.

– Te lo prometo.

Sellé su promesa con un beso. Era un avance, un pequeño avance, suficiente para infundirme optimismo, insuficiente para conformarme. Debía seguir adelante. Después de tantos años necesitaba algo más.

Un largo paseo nos llevó hasta el parque del Retiro, nos envolvía un aura de bienestar que se desvanecía a medida que el reloj desgranaba sus minutos. Circulaban por mis venas glóbulos rojos, glóbulos blancos, plaquetas y sobre todo nostalgia. Llamaban las lágrimas a las puertas de mis ojos y el eco de sus aldabonazos resonaba en mis oídos. Creí que estaría entrenado para soportar el adiós y sin embargo comenzaba a comprender que nada iba a librarme de una lipotimia en el alma si éste se producía. Intenté huir del fatalismo que trataba de conquistarme sacando del ostracismo una de esas frases impregnadas de jugo de corazón.

– Nunca creí que pudiera querer tanto a alguien.

– ¿En tan poco tiempo?.

Qué ironía.

– En tan poco tiempo- afirmé sin poder contener una sonrisa amarga.

– ¿Por qué me dices estas cosas?. A veces pienso que no puedes hablar en serio.

Corría el riesgo de agobiarla, pero poner freno a mi amor era un castigo demasiado severo después de tan larga espera.

– Lo digo porque siento que voy a perderte, y no quiero perder lo mejor que ha pasado por mi vida en mucho, mucho tiempo.

– No estés tan triste, disfruta lo que nos queda por estar juntos.

– ¿Cómo voy a disfrutarlo si ya te echo de menos?.

Interrumpió el diálogo el septuagésimo tercer beso de más de un minuto. La melancolía se apoderó definitivamente de mí. Tanto desear las mieles de su presencia me había hecho olvidar cuan amarga sería su nueva ausencia. Sólo las cábalas más ilusas vaticinaban un final distinto al que aquel día iba a tener, y no obstante quería creer en ellas. Era muy duro afrontar la realidad.

El metro nos llevó hacia el punto de encuentro. El minutero de la Puerta del Sol comenzaba a dar la última vuelta antes del cataclismo cardíaco que se avecinaba en mi pecho. Al filo de la despedida repitió una pregunta del pasado, de ese pasado cuya existencia ignoraba. Una pregunta tendida como un último cabo donde aferrarme antes de evitar caer en el vacío de la separación.

– ¿Te casarías conmigo?.

En esta ocasión no me sorprendí, ni me amedrenté, por mucho que me lo dijese una voz con poco fundamento lógico estaba convencido que en la respuesta afirmativa se hallaba la última ocasión de obtener el pasaportar para un futuro en su compañía.

– Sí.

– Estás loco- me dijo con una de esas sonrisas que no sólo erizaban mi vello sino también mi alma.

– Claro, estoy loco por ti.

Su sonrisa se deslizó por su cara como queriéndome decir “sería bonito, ¿verdad?, aunque es imposible”. Respondí “lo sé” en un pausado parpadeo, después recorrí con la yema del dedo índice su mejilla e intenté decir “te quiero” con los ojos. Mi boca huyendo de la metáfora dijo:

– Sé que es imposible, pero ojalá pudieras quedarte junto a mí.

– No te olvidaré.

– No lo hagas.

Entonces me despreocupé y decidí aprovechar los segundos que me quedaban a su lado tratando de hacerlos eternos, de capturarlos en la memoria, de llenarlos con el amor que corría por mis venas. Fui feliz y la felicidad sobrevivió el tiempo justo para verla desaparecer en aquel Renault 11 rojo. Después se quebró mi vida, y al borde del desaliento me apoyé de nuevo en el reto de volver a tenerla en mis brazos para querer seguir vivo.

– 17 –

– Así que todavía no te la has tirado.

– Después de todo lo que ha pasado, ¿no se te ocurre otra cosa que preocuparte por eso?.

– Hombre, lo primero es lo primero.

– Para mí eso no es lo primero.

– ¿Qué es lo primero para ti?.

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