Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XLI




No sabía bien donde iban a llevarme las pesquisas en las que me iba a embarcar, sin embargo una cosa tenía bien segura: quería saber más. Pasara lo que pasara lo que nadie podría poner en duda es que me estaba convirtiendo en un magnífico investigador.

– 18 –

Tras un largo período de inactividad, en el que incluso gocé de tiempo para morirme, el glorioso equipo de vigilancia formado por Jesús y por mí volvía a las andadas. La facultad de recordar mi anterior existencia me dotaba de una experiencia de la que mi amigo carecía. No obstante los cambios en nuestro modus operandi serían mínimos, un coche de más fiabilidad y poco más. Llevábamos el Gameboy, llevábamos lectura y por supuesto llevábamos los donuts. Con todo dispuesto partimos hacia El Escorial con la esperanza de que nuestra labor fuese fructífera en esta ocasión.

No tuve dificultades en recordar cómo se llegaba a nuestro destino. Decidimos aparcar nuestro coche a la mayor distancia posible desde la que se pudiera observar la casa del tío Enrique. Nuestra misión era informarnos sobre quien vivía allí, era posible que aquella casa también formara parte del montaje de Puri para engañarme. En caso que así fuera nos íbamos a quedar sin un hilo que seguir para nuestra investigación, en caso contrario llegaría la parte más difícil: seguir al tío Enrique, o como fuese que se llamase realmente, sin que él se diese cuenta para averiguar algo interesante acerca de su vida.

La espera volvió a hacerse muy pesada. Tras una hora el único movimiento que habíamos detectado en aquel chalé era el de un gorrión que se había posado sobre la cancela. Yo mientras tanto leía el periódico con un ojo y vigilaba con el otro, lo que me confería un aspecto de espía de toda la vida. Jesús fingía cerrando los ojos y emitiendo ronquidos, aunque quizás lo que sucedía es que se había quedado dormido. Para asegurarme le di un sutil empujón que le envió de bruces contra el salpicadero. Se despertó de mal humor sin que pudiera llegar a comprender la razón.

– ¿Qué coño pasa?.

– Nada, que te has dormido.

– No me digas, ¿eso es todo cabrón?.

– De momento sí.

– Pues entonces déjame que voy a ver si puedo regresar al sueño en el que estaba.

– Hemos venido a vigilar.

– Aquí no pasa nada.

– Vamos, vamos hay que tener un poco de paciencia. Seguro que en unos minutos aparece alguien por aquella puerta.

Unas horas más tarde todo seguía igual exceptuando el incremento en el trasiego de gorriones. La apatía reinaba en el interior de mi coche, aunque esto no era lo peor, lo más preocupante es que había personas que habían pasado junto a nosotros varias veces y podrían estar extrañados y con la mosca tras la oreja si se habían percatado de nuestra presencia en el interior del vehículo.

– Si al menos fuésemos una pareja, nos enrollaríamos para disimular.

– Eres mi amigo, y no me importa ayudarte, pero no estoy dispuesto a llegar a esos extremos para hacerlo.

– Oye, era un comentario, no una indirecta.

– Deberías haber venido con Cristina.

– No creo que ella hubiera estado dispuesta a enrollarse.

– ¿Y tú qué sabes?. No has intentado jamás nada con ella.

– No sería lógico.

– ¿Cómo que no sería lógico?. Me dijiste que estabas loco por ella y ese tipo de sentimientos jamás se pierden totalmente.

– Sí, pero hace tiempo decidí que en esta vida la necesitaba como amiga. No puedo decirle que estoy enamorado de Marie, que me ayude a conseguirla y luego soltarle que también la quiero a ella. Elegí renunciar a su amor.

– No deberías haberlo hecho, es una tía de puta madre.

– Sé perfectamente que es una tía de puta madre, pero eso no quiere decir que ella haya sentido o sienta algo por mí, así que casi mejor no pensar en eso.

– Tú sabrás.

– No le des más vueltas. La elección ya la hice hace mucho tiempo y es mejor dejarlo estar.

Cerrada esta conversación apareció un período de silencio que eternizó aún más la pesada espera. La noche comenzó a echársenos encima. Había que tomar una decisión. Y decidimos colarnos en la chalé del tío Enrique, no sé si por averiguar algo, por aburrimiento o por afición al allanamiento de morada.

Dejamos que oscureciese totalmente. No se podía observar ninguna luz, así que la casa debía estar vacía. La cancela media poco más de metro y medio así que la saltamos sin otra dificultad que asegurarnos no ser vistos.

– Esto de saltar se nos da bien- comentó Jesús- pero a ver como entramos a la casa sin llave.

Su apreciación por muy molesto que me fuera reconocerlo era una verdad como un templo. En mi experiencia como allanador mis métodos siempre habían sido muy “señoritos”. Con la llave por delante cualquiera está capacitado para realizar ese tipo de trabajo.

– Rodearemos la casa, seguro que hay alguna ventana abierta- afirmé con un enorme optimismo erróneamente fundado en la despreocupada tendencia que tienen los americanos a dejarse ventanas y puertas abiertas en cualquier película. El influjo de la gran pantalla me hizo olvidar que en nuestro país somos más desconfiados o menos idiotas, según se mire.

No hubo suerte en la fachada, ni en el lado oeste. La parte que daba a la piscina no ofrecía ni una rendija por donde curiosear. Se nos ocurrió la posibilidad de intentar descolgarnos por la chimenea, aunque tras echar un vistazo a nuestras incipientes barrigas cerveceras pensamos que entrañaría mucho riesgo.

Aún quedaba por buscar en el lado oeste. Por desgracia allí tampoco había ningún hueco, no obstante un gran cartelón colgado de una persiana nos dio la única información medianamente valida de la jornada. “SE ALQUILA” se leía en letras grandes, y un poco más abajo y con menor tamaño, “PROCASA”.

– Me parece que ahí no tenemos nada que hacer.

– Puede que aquí no, pero se me ocurre donde podemos ir.

– ¿Dónde?.

– Conexión PROCASA amigo Jesús, conexión PROCASA.

– 19 –

El rastro de Enrique Casares nos llevó hasta la agencia inmobiliaria PROCASA. Tuvo que darse la coincidencia de aquel letrero para que pensáramos en ello. Era posible que no se tratara más que de otra persecución de fantasmas, otro rastro inútil pero por muy pequeño que fuese el hilo de nuestra investigación debíamos seguirlo hasta que se rompiera.

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  1. Chuscurro
    20 junio, 2008

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