Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XLII



Era posible que no se tratara más que de otra persecución de fantasmas, otro rastro inútil pero por muy pequeño que fuese el hilo de nuestra investigación debíamos seguirlo hasta que se rompiera.

Las dos casas utilizadas por gente de la banda de secuestradores pertenecían a la misma agencia, y allí era donde podríamos obtener alguna información de la que buscábamos. Sin duda el archivo de clientes de PROCASA podía dar respuesta a muchas de las cuestiones que nos habíamos planteado. La teoría quedaba clara, ponerla en práctica no iba a ser tarea sencilla incluso para alguien tan curtido en el terreno de la delincuencia como yo. Dediqué algunos días para trazar un plan. Tuve que echar mano de mis conocimientos informáticos y de mi devoción por el cine. Finalmente escribí un guión para tres actores, de nuevo iba a echar mano de mis mejores amigos.

– ¿Cristina?.

– Sí, soy yo.

– Te llamo para proponerte algo.

– ¿Qué te traes esta vez entre manos?.

Obvié hacer un chiste fácil ante esa pregunta tan tentadora, y me centré en el asunto.

– ¿Te gustaría interpretar el papel de tu vida?. ¿Te gustaría demostrar que eres una gran actriz?.

– Pues claro.

– Pues prepárate, te he escrito un papelón.

Los ensayos no duraron mucho, quería poner mi proyecto en marcha cuanto antes. Cristina iba vestida para la ocasión con un abrigo de piel sintética que le había comprado con mis últimos ahorros. Siempre he estado a favor de la belleza natural en general, y de la de Cristina en particular, pero he de reconocer que el maquillaje que llevaba para su interpretación elevaba su belleza. Jesús, por otro lado, vestía un traje confuso por estar fuera del armario antes de nochevieja, la corbata de seda de su padre ponía el punto definitivo a su elegancia. Los dos llegaron a la agencia cinco minutos antes que yo.

Cuando entré a la inmobiliaria se hallaban sentados en la mesa de un tipo de gafas que recordaba vagamente, en otra mesa se arreglaba ociosa las uñas una rubia que permanecía fresca en la memoria. Fresca, ciertamente fresquísima. Me acerqué a la mesa de la llamativa joven. Como la otra vez llevaba un jersey ajustado, seguramente porque dada su anatomía cualquier jersey le quedaba ajustado. Empecé a preguntarle acerca de las propiedades que alquilaban, cuando desde la mesa de al lado surgió de manera estentórea la voz de Cristina, en el momento justo que indicaba el guión. El sainete estaba en marcha.

– ¿Demasiado caro?, ¿demasiado caro?. Tu mujer tiene tres casas y te resulta demasiado caro alquilarme un chalecito. Así que tu amor por mí no tenía precio. ¡Eres un desgraciado!.

– No te sulfures cariño, no te sulfures. Estás dando un espectáculo- dijo Jesús mientras se pasaba un pañuelo por la frente.

– Eso es lo que te preocupa, ¿verdad?. No eres más que un maldito egoísta. Pues a mí me da igual si doy un espectáculo, ¿me oyes?- dijo poniéndose en pie-. Sí, soy la amante de este señor, y digo señor por no decir lo que realmente es.

– Venga cariño, siéntate por favor.

– No me da la gana- chilló-. No me da la gana. Estoy harta, harta, harta.

Su voz se fue apagando como si se estuviese quedando sin aire. Finalmente cerró su actuación desmayándose sobre la silla. Reaccionó entonces el empleado de las lentes que había permanecido quieto sin atreverse a intervenir, y se lanzó en ayuda de su potencial cliente abanicándola con un pañuelo. La empleada pechugona dudaba si debía ir a atenderla, así que decidí ayudar a que los engranajes de su cabeza funcionaran más deprisa.

– Vaya usted, vaya en su ayuda. En este tipo de casos las mujeres se reconfortan más llorando sobre el hombro de otra mujer.

Abandonó su mesa. Cristina se las pergeñaba muy bien para ser el centro de atención, así que no me fue muy difícil introducir un diskette en el ordenador de la rubia, ejecutar un archivo, y volver a sacarlo. La operación completa no me llevó más de veinte segundos, mi eficacia y rapidez permitió que nadie se apercibiese de mi aviesa maniobra.

Mis amigos dieron por terminada su actuación. Yo me quedé un rato preguntando por algunas propiedades, después fingí un estado dubitativo y por último prometí a la empleada pechugona volver dentro de unos días. La promesa no era un ardid donjuanesco sino que formaba parte de la resolución final de mi magnífico plan.

El diskette que metí en el ordenador de la agencia inmobiliaria contenía un archivo con un virus de fabricación casera. Este virus funcionaba con el reloj del ordenador y se activaba en una fecha prefijada a una hora concreta. El efecto que producía era un bloqueo de la computadora, alarmante para un profano en la materia, pero sin mayor importancia y sencillo de solucionar para alguien con unos conocimientos medios como los míos.

Llegó la fecha prefijada. El día 17 a las doce y cuarenta y siete minutos volví a la oficina de PROCASA. Por muchas pruebas previas que había hecho en mi ordenador, nada me aseguraba que mi virus de fabricación casera funcionase. Cuando por mi reloj pasaban dos minutos de la “hora V”, comencé a pensar que quizás el computador de la inmobiliaria tenía mal ajustada la hora. Los segundos corrían y temí que mi plan se viniese abajo. De repente la expresión de simpleza de la empleada rubia se exageró y supe que el bloqueo se había producido.

– Martín, esto no funciona- comunicó a su compañero. Éste se asomó por encima de sus gafas y meneó la cabeza como si estuviera familiarizado con esa frase.

– A ver, ¿qué es lo que no funciona?- preguntó con desgana.

– Nada, toco las teclas y no hace nada, se ha quedado parado.

– Siempre se queda parado quien no debe- comentó con cierta malicia sabiendo que la receptora no iba a captarla.

– ¿Qué hago?.

Martín se levantó refunfuñando del asiento y se dirigió a la mesa de su compañera de trabajo. Tras manejar el teclado durante un tiempo ofreció un diagnóstico preciso.

– Coño, pues no funciona.

– Ya te lo había dicho.

– ¿Dónde has tocado?. ¿Qué has hecho?- inquirió en un tono acusatorio.

– Yo no lo he tocado, yo estaba atendiendo a este joven.

Aproveché que me señalaba para intervenir.

– Disculpe señor, he estudiado informática y creo que sé lo que le ocurre a su ordenador.

Me lanzaron una mirada de desconfianza.

– Sí, su ordenador tiene un virus. Me ha pasado lo mismo muchas veces y creo que es fácil de solucionar.

– ¿Podría…

– Seguro, creo que llevó aquí un diskette con un antivirus. Si es así no voy a tener problemas.

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