Libros en vivo: Legado de un títere ingenuo XLIII




– Sí, su ordenador tiene un virus. Me ha pasado lo mismo muchas veces y creo que es fácil de solucionar.

– ¿Podría…

– Seguro, creo que llevó aquí un diskette con un antivirus. Si es así no voy a tener problemas.

Me registré los bolsillos como si no me hubiera asegurado veinticinco mil veces de llevarlo encima antes de salir de casa.

– Aquí lo tengo, si me dejan se lo soluciono en unos minutos.

– Bueno, qué perdemos.

Tras confirmar por su modo de actuar ante el problema lo poco duchos que estaban en materia informática, no necesité ni siquiera que me dejaran solo para moverme por su computadora, su presencia no me inquietaba. No tuve que buscar mucho para encontrar el archivo de clientes, me lo grabé directamente en mi diskette sin sacarlo por pantalla para que no sospecharan lo que estaba haciendo realmente. Después trasteé un rato fingiendo desarrollar una labor complicada. Finalmente encontré palabras de gratitud y un par de besos de la rubia que me excitaron sobremanera no por su naturaleza de besos sino por la presión de sus pechos sobre mi cuerpo cuando se aproximó a dármelos.

El plan resultó un éxito, me fui de la inmobiliaria con la información que pretendía y con el agradecimiento de las víctimas de mis argucias. Me dirigí rápidamente a casa para visionar en mi ordenador el archivo copiado. Allí me esperaban Jesús y Cristina. Su alegría por el logro se vería pronto empañada al contemplar la cruda realidad, mi guión, mi virus y nuestras actuaciones no había servido para nada. Junto al nº21 de la calle Moralzalzal, La Moradiña, bajo el subtítulo de cliente, no aparecía ningún nombre, aparecía una sola palabra: CONFIDENCIAL. ¿Qué quería decir aquello?. Lo cierto es que era sorprendente, aunque cuando comprobamos que esa palabra aparecía junto a veintidós propiedades más nos pareció desconcertante. ¿Designaba esa palabra a un mismo cliente secreto?, ¿encubría a distintas personas importantes?, ¿era legal?, ¿aparecía así por meros fines fiscales?. El caso es que no sonaba muy bien eso de CONFIDENCIAL, era misterioso, era extraño, como todo lo que rodeaba a Marie. Lo peor era que el débil hilo de nuestra investigación se redujo a un nombre Enrique Casares. Un vistazo al listín telefónico y unas cuantas llamadas confirmaron lo que suponíamos su identidad era falsa. Habían transcurrido dos meses desde nuestro último beso, ya sólo me quedaba esperar la llamada de Marie… si aquel era su verdadero nombre.

– 20 –

Sólo el reloj implacable tuvo capacidad para medir el paso del tiempo durante los siguientes diez meses. Cada uno de aquellos trescientos días iba cargado de ambigüedad, eternos porque estaba sin Marie, efímeros porque muy posiblemente mi muerte se acercaba. Vivía prisionero de la ansiedad, acumulando cada veinticuatro horas una pequeño grano de arena que poco a poco llenaba el saco del desengaño. Aquella promesa de llamarme pronto se disipaba, los paseos ilusos con destino a un buzón tan vacío como nunca y los fútiles sobresaltos provocados por un insensible timbre de teléfono se repetían jornada tras jornada como las letras de una pesadilla a plazos. No obstante y a pesar de los pesares seguía amándola sin dudar ni un instante de ella, para eso ya tenía a mis amigos que veían la ausencia de Marie como una confirmación de sus ideas.

Aquella tarde, era una tarde especial, era la tarde en la que me llamó en la otra existencia, era la tarde en la que debía llamarme. Cristina había acudido a hacerme compañía en previsión de un definitivo grano que colmara el saco del desengaño.

– Plantéate que es posible que no te llame, no te preocupes, abre los ojos y mira a tu alrededor la vida tiene muchas cosas además de ella.

– Mierda Cris sé que hoy me llamará y si no lo hiciese nadie lo iba a sentir más que yo.

– Tú siempre estás seguro de todo, pero a veces te equivocas.

– No, ahora no me equivoco esto no es un pálpito. Si me llamó en mi anterior vida lo hará en ésta, y como suele suceder con la mayoría de las cosas lo hará en la misma fecha que la otra vez.

– Me olvidaba de tu bola de cristal.

– Menos guasa.

– Si no me lo tomo a cachondeo, ¿qué voy a hacer?. Javi, me importas mucho y veo que no me has dejado hacer nada por ayudarte.

– Me has ayudado.

– Te he ayudado a lo que has querido y no a lo que queríamos los demás.

– ¿Qué demonios queríais?, no puedo renunciar a Marie.

– Lo que no puedes hacer es renunciar a vivir, te has pasado esta vida viviendo en la anterior.

– Todos lo hacemos sin darnos cuenta.

– Pero eso no es nuestra culpa, lo que es un error es hacerlo siendo conscientes de que lo hacemos.

– Tenía una razón importante.

– La vida está llena de razones importantes como para agarrarte sólo a una, no sé cuantas veces te lo tengo que repetir.

– Ninguna, no sirve de nada.

– Siempre has sido un cabezota y morirás siéndolo.

Bajó entonces la cabeza y se calló como si pensara que había metido la pata.

– No voy a morir Cris, al menos por ahora.

– Tú dijiste…

– Yo nunca dije que la muerte fuese un punto inmutable, puede serlo pero estoy seguro que en mi caso no lo va a ser. Es una seguridad que me viene desde dentro, a lo mejor proviene incluso de mis conocimiento ocultos de vidas anteriores.

– Ojalá sea así.

Por muy reiterativas que fuesen sus palabras no tenía nada que reprochar a mis amigos por preocuparse tanto de mí, por recalcarme la posibilidad de un muerte cercana o por intentar que me olvidase de Marie. Sabía que lo hacían por mi bien. Cristina en especial había estado siempre a mi lado, también cuando atravesaba momentos difíciles durante la ruptura de su relación. Quizás nunca se lo había dicho a la cara pero me encantaba que estuviese conmigo. En el fondo sentía un halo de culpabilidad que me envolvía, había perdido la racionalidad y la coherencia de ideas que fueron paradigma de mi personalidad en mi anterior existencia. Había sacrificado a mis seres más queridos en pos de un único objetivo egoísta. El precio que estaba pagando por Marie era probablemente muy elevado, claro que para mí ella no tenía precio.

Mi halo de culpabilidad, mis dudas, mis amarguras, mis días de desengaño desaparecieron cuando al caer la tarde descolgué el teléfono y su voz estaba al otro lado del auricular.
– Soy Marie, ¿me recuerdas?.

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