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Semana final: Legado de un títere ingenuo XLV




- Esto que te voy a contar no debería contártelo, prometí que no lo haría. Lo que pasa es que esta puede ser mi última oportunidad de hacerte ver, que la felicidad estaba mucho más cerca de donde la estabas buscando y sobre todo con menos riesgo.

Paró su locución un instante, el gusanillo de la intriga comenzó a carcomerme el estómago como si se tratase de una manzana.

- Está bien- siguió diciendo-, ¿recuerdas nuestra actuación en la agencia PROCASA?.

- Pues claro.

- En aquella época estuve ensayando varios días con Cristina nuestra representación; nos reímos mucho, hacíamos de amantes y me sentía tan a gusto con ella que pensé en la posibilidad de que lo fuésemos realmente.

- Eres un mamón, Cristina es especial para mí.

- No digas gilipolleces tú estabas y estás demasiado embobado con la francesa.

El que calla otorga y yo me callé.

- Bueno, el caso es que Cristina me rechazó…

- Siempre ha sido una chica inteligente.

- No te hagas el gracioso. No me rechazó porque no le gustase, me rechazó porque me dijo que no se sentiría bien si se enrollaba con el mejor amigo del chico al que quería.

Sentí un pinchazo de contrariedad, otro de felicidad y una bofetada de asombro.

- ¡¡¿Qué?!!!.

- Cristina te quiere. Siempre lo ha hecho.

- ¿Por qué no me lo dijo nunca?.

- ¿Por qué no lo hiciste tú?.

- Ella tenía novio.

- Ella dejó a su novio.

- Mira tío, no me agobies. Alguna vez quise creer que tenía posibilidades con ella, pero no puedo creerme que sea verdad lo que me cuentas.

- Lo es. Lo cierto es que siempre he creído que sois tal para cual. Cristina te conviene, si renuncias a Marie y vas a por ella puede que aún tengas tiempo de ser totalmente feliz.

- ¿No será esto una treta tuya para que pase de Marie?.

- Nunca sería tan ruin.

Debía pensar, sin embargo no tenía ganas de pensar.

- Mierda Jesús, es demasiado tarde. He quedado con Marie, la quiero, y la deseo. He esperado demasiado nuestro reencuentro, no puedo renunciar ahora.

- ¿Quién tira de ti?. ¿Tu cabeza?, ¿tu polla?, ¿tu corazón?.

- Qué más da. Sea quien sea tira demasiado fuerte.

Después de aquella conversación me encerré en mi habitación con la música a todo volumen. Aún así, seguí oyendo mis ideas. Siempre nos han dicho que el amor verdadero es único, ¿por qué entonces tenía el corazón partido en dos?. Había tenido la fortuna de vivir una vida tras otra siendo consciente de ello, pero en aquel momento lo que necesitaba era vivir dos vidas en una misma existencia. No estaba al alcance de mi mano. Había una única salida: elegir.

- 22 -

Alcé la persiana y el sol de aquella mañana brillaba con tanto esplendor que derritió mis quebraderos de cabeza, sólo quedó una imagen en mi mente, la de Marie. Nuestra cita era a las seis de la tarde, no iba a faltar y pensar en otros problemas estaba de más. Egoísta o no, sólo quería ser feliz, totalmente feliz.

La experiencia jugó a mi favor a la hora de calibrar los problemas de tráfico, para prevenir un claustrofóbico ataque de ansiedad en mi jaula Ford Fiesta decidí salir de casa con tiempo de sobra. Y lo conseguí, pero el excedente de segundos superó de largo mis previsiones y me vi abocado a una tensa espera de hora y media. Desde que comenzó supe que cada minuto que pasase pertenecería con todos los honores a la galería de minutos más largos cosechados en mis vidas.

Recorrí todas las tiendas del aeropuerto contemplando mostradores como quien contempla el horizonte, moviendo la cabeza de un lado a otro por automatismo y no por orden de los nervios ópticos. Devoré como un poseso dos botellas de agua, a las que posteriormente desetiqueté con toda minuciosidad, y finalmente las estrujé más en una labor de liberación de tensión que en un gesto de reciclaje. Conté la anchura del lugar donde esperaba unas veinte veces: tras una pugna entre el cuarenta y siete y el cuarenta y ocho decidí fijar como longitud oficial los cuarenta y siete pies y medio. El último cuarto de hora fue el más caótico, mi nerviosismo era tan patente que varios desconocidos se acercaron para decirme que no debía tener miedo, que los accidentes de avión eran porcentualmente mucho menores que los de cualquier medio de transporte. Una amable viejecita se prestó a invitarme a una tila y me explicó que en los vuelos transoceánicos no era fácil morir pues la mayores posibilidades eran las de caer al agua y que los tiburones en raros casos devoraban a más de dos personas. Por un momento me sentí relajado por estar esperando a Marie, un momento demasiado breve.

A las seis y catorce minutos apareció en el monitor informativo que el vuelo procedente de Paris había tomado tierra. Me puse en pie y coloqué la mano derecha sobre mi pecho y no porque fuera a escuchar un himno nacional sino porque temía que mi corazón saltase de un instante o otro. Un nuevo reencuentro, el requeteencuentro, estaba al caer.

El mundo se detuvo una vez más.

Apareció ella, y me llamó de nuevo la atención aquella corta melena negra que ocupaba un sitio perdido en mi memoria. Cuando la recordaba, la recordaba rubia, cuando la soñaba, la soñaba rubia, siempre que la besé, la besé rubia.

- Hola rubia.

- ¿Qué tal mi nuevo peinado?.

- Me gustarías incluso calva.

El aeropuerto se tiñó de rojo con la iluminación de sus pómulos. Me balanceé sobre un trampolín y me sumergí con un doble mortal carpado en sus ojos. Cuando salí del agua tenía la carne de gallina, y además de la carne, el valor, porque aún sintiendo la necesidad de probar sus besos dejé que sus labios pasaran de largo y tocaran mis mejillas. La frustración por esperada lo fue menos. Tampoco quería precipitarme después de tantos años sustentándome en la paciencia. Dejé que ella tomara la iniciativa en el diálogo.

- Pues me he teñido el pelo porque me siento más segura.

Oír sus palabras y maldecir a sus secuestradores por quincuagésima vez fue todo uno.

- A mi lado siempre estarás segura, soy tu salvador- comenté en tono jocoso para evitar que el miedo y la tristeza se apoderasen de nuestra conversación.

- Lo sé.

La rapidez y el modo en que pronunció aquella aseveración me permitieron hallar un buen puñado de matices optimistas a los que aferrarme, aunque una voz procedente de mi lado más racional me decía que lo que sucedía era que me podía más el deseo.

Me ofrecí a llevar su equipaje, mis músculos rememoraron el peso de sus bolsas de viaje, el hecho de caminar sobre el aire contribuía a aliviármelo. Mientras nos dirigíamos hacia el coche comprobé contrariado que nuestra charla se volvía intrascendente, no podía hacer nada por remediarlo, una verdad me oprimía en el interior y cualquier cosa que dijera sin sacarla carecería de sentido. Ella parecía ausente girándose constantemente con ojos cautelosos. Yo tenía la seguridad de que en aquella ocasión nadie nos seguiría, aún así no tardó en contagiarme sus temores y mientras conducía el coche iba más pendiente de los espejos retrovisores que de mi insigne acompañante. No obstante comenzaba a percibir algo mágico en el ambiente. Nuestras miradas se encontraron en uno de esos giros de cuello en busca de sombras amenazadoras.

- ¿Tienes miedo?.

- Sí.

- ¿Por eso he tardado tanto en volver a saber de ti?.

Pensó su respuestas las décimas de segundo suficientes para originara un terremoto de diez puntos en la escala de Ritcher, y muchos más en la de Cupido, dentro de mi pecho.

- Claro.

No dijo más, pero dibujó con sus labios unos puntos suspensivos tan lacónicos como elocuentes. Sentí entonces la necesidad perentoria de la confirmación de mi intuición, el apremio asfixiante del cobro de una deuda cardíaca acumulada en el tiempo con vastos intereses, y sobre todo, el empuje irreverente, inconsciente e incontenible de la pasión latente.
Me lancé por su boca como quien lanza una mano buscando un cabo que le libre de la caída del abismo.

Nos besamos.

Las liras y los violines sonaron a nuestro alrededor y danzaron con nosotros las estrellas, de paso por mi coche de camino a un cielo que atardecía. Me expulsaron del ensueño las palmas de las manos de Marie que decían “aquí no”.

Abrí los ojos y desperté del breve sueño de sus labios encontrándome frente a la pesadilla de mi Ford Fiesta abalanzándose, con pasión similar a la mía, sobre la mediana de la autopista. Empezaron a pasar por mi cabeza las diapositivas de mis mejores instantes de vida, me preparaba para un nuevo encuentro con el ente informativo de la dimensión enésima convencido a la fuerza de mi dramático destino, en la certeza de que aquella muerte era un punto inmutable en mi trágica existencia. El mismo día y el mismo lugar, demasiadas coincidencias como para no ser una jugada del truculento destino. Me dejé arrastrar…

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