Semana final: Legado de un títere ingenuo XLVI





Abrí los ojos y desperté del breve sueño de sus labios encontrándome frente a la pesadilla de mi Ford Fiesta abalanzándose, con pasión similar a la mía, sobre la mediana de la autopista. Empezaron a pasar por mi cabeza las diapositivas de mis mejores instantes de vida, me preparaba para un nuevo encuentro con el ente informativo de la dimensión enésima convencido a la fuerza de mi dramático destino, en la certeza de que aquella muerte era un punto inmutable en mi trágica existencia. El mismo día y el mismo lugar, demasiadas coincidencias como para no ser una jugada del truculento destino. Me dejé arrastrar…

… Surgieron las manos de Marie en el horizonte nublado de mis translúcidos recuerdos y asieron el volante girándolo con la violencia necesaria para evitar lo inevitable. No llegué a darme cuenta hasta que me sacaron del aturdimiento los pitidos de los coches que tras la brusca maniobra de Marie estuvieron a punto de chocar contra nosotros.

– Podríamos habernos matado- me dijo con un rostro enfadado que nunca antes le había visto.

– Debería estar muerto- contesté.

Aún no conseguía explicarme cómo estaba allí todavía. Siempre había dudado sobre la inmutabilidad del momento de mi muerte, sin embargo lo que había vivido me hizo creer fehacientemente que mi final iba a llegar. Así cuando asimilé que seguía vivo mi entusiasmo se acrecentó por partida doble: había sobrevivido al instante de mi anterior muerte y seguía al lado de Marie. Mi energía se recargó para afrontar una de las noches más apasionantes de mis vidas. Primero debía limar el rostro áspero de Marie.

– Siento mucho haber sido tan impulsivo, me conoces lo suficiente para saber que acostumbro a hacer más idioteces de las debidas.

– Me gusta que seas romántico, pero no quiero que te vuelvas loco.

Dije entonces la frase que debía haber dicho al principio de nuestro reencuentro.

– He esperado tanto para poder besarte y tenía tanto miedo de que no llegase…

– Ha llegado y seguirá si puedes esperar hasta que estemos en tu casa.

Me reconfortó y me hizo sentir más seguro oír de su boca lo que ya había sentido en sus labios. Hablaba con sentido, tenía razón, debía someter mis impulsos un poco tiempo más. Aquella decisión no fue óbice para que nos repartiésemos caricias, dulces y sinuosas, que en nada perjudicaban a mi conducción y ayudaban a mantener constante la elevada temperatura de mi sangre. El trayecto hasta casa se impregnó de romanticismo y conservó vivo el deseo.

Nada más traspasar la puerta de mi piso se desbordó el torrente de la libido sin que siquiera pudiésemos llegar a alcanzar el sofá del comedor. Nuestro huesos retozaron por el suelo en una fiesta carnal, donde el delirio del ansia acumulada y la lujuria contenida estalló al hacernos uno. El olor de nuestros cuerpos se apoderó de la estancia, las paredes temblaron ante el furor de tantos años que se liberó en ese instante, los gemidos de placer acabaron siendo gritos, y ayudado por una incesante fuerza que nunca tuve y una descomunal potencia que nunca conocí, conseguí levantarme dentro de ella para poner punto y final en la cama a un magnífica sesión continua de dos horas de pasión. Tras aquella descarga animal de adrenalina llegué a preguntarme lo que Jesús ya me había preguntado, quién guiaba mi amor por Marie, mi corazón, mi cabeza o mi polla. Estaba eufórico y quizás no era el momento para reflexiones, sin embargo cuando giré la cabeza y vi su rostro dormido sobre la almohada sentí una punzada en el pecho que sólo podía ser amor. El efecto flotting me llevó a tocar el techo, di gracias por haber conseguido llegar a vivir esa sensación de felicidad total.

– 23 –

La primera luz del alba iluminó mis párpados. Me desperté y el primer pensamiento que se pasó por mi cabeza fue el de besar a Marie, eso para comenzar. Cuál sería mi sorpresa al comprobar que no había nadie junto a mí.

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2 Comentarios

  1. Chuscurro
    2 julio, 2008
  2. Irene
    3 julio, 2008

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