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Legado de un títere ingenuo XLVII y se acabó




La primera luz del alba iluminó mis párpados. Me desperté y el primer pensamiento que se pasó por mi cabeza fue el de besar a Marie, eso para comenzar. Cuál sería mi sorpresa al comprobar que no había nadie junto a mí.

Antes que cualquier otro temor se apoderó de mí el temor de que todo hubiese sido a un sueño, y salté de la cama desesperado a la búsqueda de un calendario donde verificar que no estaba viviendo un ayer doloroso. Revolví cajones como un loco hasta caer en la cuenta del almanaque que había pegado al frigorífico con un imán del Coyote de la Warner. Volví al presente después de largo suspiro de alivio, para seguidamente sumirme de nuevo en la preocupación de su ausencia. No quedó un rincón en el piso por mirar, y fue de vuelta a la cama cuando encontré algo que me había pasado desapercibido, había una nota sobre la mesilla de noche.

“Siento marcharme así, pero debo irme. Si quieres que volvamos a vernos has de estar a las diez en el Viaducto”.

Decepción, incredulidad, tristeza y sobre todo confusión fue lo que me transmitió su mensaje. Había aparecido como un relámpago iluminando mi vida para luego desaparecer y dejarla totalmente a oscuras. Sólo me quedaba un lugar, una hora, una cita tan misteriosa como desconcertante. Decididamente el mundo era demasiado complicado para mí, incluso recordando mi anterior vida. Lancé mi puño con saña contra la pared dejando en mis nudillos una huella infinitamente más pequeña que la que tenía en el corazón. Demonios, ¿qué significaba todo aquello?, ¿por qué, nunca mejor dicho, esa despedida a la francesa?. Debía tranquilizarme, quizás no tenía sentido sulfurarme, podía haber una explicación lógica para ello y debía encontrarla, aunque lo mejor sería que antes me relajase, necesitaba una atmósfera de sosiego para reflexionar con tranquilidad. Decidí poner la radio para distraerme un poco, a aquellas horas de la mañana había un programa que solía escuchar para empezar el día con una sonrisa, quién iba a decirme que en aquella ocasión encontraría allí la maldita pieza que iba a completar el puzzle distorsionando su imagen anterior y empantanando mi vida. Sintonicé M-80, y las voces de los habituales presentadores había sido cambiadas por las de una locutora que con tono pesaroso estaba arrojando una daga que iría a clavarse en el centro de mi corazón.

“… les recordamos que nos hemos visto obligados a suspender la retransmisión del programa Gomaespuma para poder dar cobertura a las trágicas informaciones del atentado en la calle Mayor frente al Gobierno Militar que a primera hora de la mañana ha sobrecogido nuestros corazones, y que de momento se ha cobrado veintidós víctimas y trece heridos graves en lo que sin duda es el acto más sangriento de la banda terrorista en los últimos años…”.

Apagué la radio, no quise seguir escuchando porque un segundo de lucidez absoluta me había servido para comprender todo. Seguramente la lucidez no provenía de mi presunta inteligencia sino más bien de un punto oculto de mi subconsciente que se había despertado al revivir algo que a lo largo de muchas vidas se había repetido en mi existencia. Marie, o cómo realmente se llamase ese maldito diablo del que me había enamorado, era a fin de cuentas la cosa más lejana al corderillo inocente que yo había imaginado. Ante mis ojos aparecieron diáfanos los hechos acaecidos desde aquel primer 17 de Septiembre de 1995 que conservaba en la memoria:

Todo comenzó en la parada del autobús. Es curioso que si no me hubieran suspendido el examen de modo injusto nada de lo acontecido en estas páginas hubiese tenido lugar, ¿primera intervención del destino?, probablemente. El caso es que un hombre trajeado corría hacia la parada del autobús y un llavero se le cayó del bolsillo. Por la zona en la que estaba, Ciudad Universitaria, sólo podía venir o de una facultad, o del Palacio de la Moncloa. Tomando como buena la segunda posibilidad, digamos que habría salido por alguna salida secreta de carácter peatonal, su presencia no debía ser registrada por ningún control. Eso explicaría que alguien con su aspecto de persona adinerada careciese de coche.

Así que cuando este hombre con relaciones en las altas esferas llega a su destino, La Moradiña, y descubre que ha perdido las llaves el mundo se le viene abajo. Si sus superiores se enteran de su descuido las consecuencias pueden ser nefastas. Para entrar en el famoso chalé avisa a uno de sus compañeros que está allí de guardia y al que seguramente va a dar el relevo. Le cuenta las malas noticias. El compañero le apoya y deciden buscar el llavero perdido antes de comunicar nada a sus jefes. Quizás tratan de preguntar en la oficina de objetos perdidos del ayuntamiento, y de la empresa de transporte. Cuando están a punto de darse por vencidos les llaman de la inmobiliaria para decirle que han encontrado sus llaves, entonces deciden silenciarlo todo.

Mientras tanto yo convencía a Jesús para llevar a cabo mi magnífico plan y nos íbamos a montar guardia frente al nº21 de la calle Moralzalzal. Nuestro planteamiento inicial se vio modificado por culpa de la patrulla de policía que nos interrumpió. Con toda probabilidad esa patrulla no pasaba casualmente por allí, porque aunque no se les hubiera informado de la misión a la que daban cobertura, sí se les ordenó patrullar la zona y controlar cualquier suceso mínimamente anormal que pudiera producirse por los alrededores.

Unas semanas más tarde me cuelo en La Moradiña, el primer incidente reseñable es que pierdo mi linterna al arrojársela al amigo Canelo tratando inútilmente de despistarle. Después llega el rescate de Marie, una joven de ojos turbadores y aparente inocencia tras la que se esconde la miembro de una banda terrorista que ha sido retenida ilegalmente por un comando clandestino de lucha contra el terrorismo que seguramente trata de sonsacarle información sobre el atentado que planeaban. El hecho de que este comando sea clandestino es lo que provoca que el lugar donde la tienen secuestrada no sea un bunker con grandes medidas de seguridad. Se elige un chalé dentro de una zona adinerada que no destaqué del resto y que pase desapercibido sin levantar sospechas. Se montan turnos de vigilancia de una sola persona. Total, que sin saberlo rescato a una terrorista, que dice ser francesa aunque su fluido bilingüismo indique una naturaleza más bien vasco-francesa. Esto explica su negativa a acudir a la policía, su inicial recelo que le hizo retraerse de venir a dormir a nuestro piso y su deseo de pasar desapercibida entre la multitud. Lo que llega a continuación es lo peor de todo, primero nos utiliza para conocer la zona donde planea hacer el atentado, después, y una vez percibe mi candidez, decide enamorarme para tener alguien que pueda servirle de tapadera en un futuro. Me hace soñar con una maravillosa historia de amor que es una farsa. Desaparece en un extraño encuentro con su familia, que no es más que su recogida rápida por otro miembro de la banda.

El siguiente paso lo toma el comando clandestino que trabaja a las ordenes del gobierno. Consiguen obtener mis huellas de la linterna, la policía colabora facilitándoles los datos de las personas que vieron merodear cerca de La Moradiña en las semanas cercanas al rescate. Así llegan a averiguar fácilmente mi identidad. Me investigan, me siguen, y en un principio no consiguen encontrar nada raro en mi vida que pueda comprometerme con una banda terrorista, así que deciden hacerme un seguimiento mucho más cercano y aparece en escena Puri. Ella me deja creer que la seduzco y mientras tanto averigua mi posible relación con Marie, con lo que deciden mantenerme cogido de cerca para poder llegar a enterarse de un futuro regreso de ésta a España. Así sucede, para mantenerme alejado de su operación inventan la muerte del tío Enrique, pero no lo consiguen y yo fastidio la nueva captura de la terrorista que gracias a mi muerte consigue escapar, con lo que mientras yo soy enterrado ella comete el brutal atentado en el que mueren veintidós personas.

Nada aseguraba la corrección de mis deducciones, aquello parecía demasiado increíble aunque explicaba perfectamente todo lo acontecido. Había sido un ingenuo, había necesitado dos vidas para desenmascarar a las personas que me rodeaban, sólo mis mejores amigos y mi familia seguían siendo quienes eran, los demás me habían engañado. La segunda oportunidad de vivir mi vida a la postre había significado un nuevo punto de vista desde el que todo lo anterior había dejado de ser lo que era, las aparentes ventajas se habían transformado en una maldición. Una maldición que nada tenía de casual y en el fondo eso era lo que más dolía. Había sido manejado como una marioneta sin sentimientos, mis hilos movidos al antojo de un mezquino destino representado por entes de una dimensión superior me habían llevado hasta donde me encontraba sin que yo me percatase de su influencia. Ahora sabía que el hecho de recordar mi anterior vida ni fue un error ni fue un don, simplemente una truculenta concesión del destino para facilitar su trabajo de mantenimiento del equilibrio.

Salvar la vida de Marie para que ella pudiera acabar con la de otras veintidós personas, ese era mi maldito sino, el dichoso punto inmutable que marcaba mi existencia en falsa libertad. Había dedicado toda mi vida a ir directo hacia él sin saberlo, mis recuerdos fueron un mapa dejado adrede en mi cabeza para guiarme hasta un tesoro sin joyas y repleto de dolor. Veintidós puntos inmutables tenían la hora señalada, y mi vida manipulada había sido el sacrificio para que fueran cruzados puntualmente. Aunque quizás mi vida no era la única manipulada, quizás todos somos títeres ingenuos que se mueven bajo la voluntad de un destino caprichoso capitaneado por seres de una naturaleza superior. Ese, tal vez, es el precio a pagar por ese ascenso que en un futuro lejano nos hará manejar los hilos a nosotros. Un pensamiento triste que pasó desapercibido ante el derrumbamiento de mi corazón. En medio de la consternación trataba de agarrarme desesperadamente a la posibilidad de que Puri o Marie hubiesen llegado a quererme alguna vez para no hundirme en el fondo de la miseria más absoluta. En el caso de la francesa aún tenía una oportunidad para saberlo acudiendo a la cita.

Camino al Viaducto pensé en Cristina y en el error que cometí con ella después de haber tenido una segunda oportunidad. Ya era demasiado tarde, la había relegado a un segundo plano y además estaba convencido de que una vez había atravesado mi más importante punto inmutable, mi vida carente de sentido acabaría de un momento a otro sin que mi voluntad tuviese voz ni voto al respecto. Tal y como estaban las cosas sólo me quedaba asirme a mi perenne candidez y soñar con que me hubiese precipitado al elaborar mis deducciones y Marie fuese una dócil chica que aún me amaba con pasión, sin embargo un zarpazo de rabia eliminó de lleno ese nuevo asomo de mentecatería. Debía tener bien claro la clase de bestia con la que me iba a encontrar, una terrorista salvaje que disfrazaba su cobardía con amonal, una mercenaria de un ejercito que fuera de contexto había cambiado sus ideales remotos por el ánimo de lucro, una cabeza hueca dentro de una pandilla de descerebrados que esgrimía la violencia como baldío recurso de comunicación. Entonces se me ocurrió algo grande, un medio de hacerme entender, el final que pedía el escenario de nuestra última cita: el suicidio. Si, a pesar de distar mucho de una persona normal, Marie me procesaba cierto aprecio como era lógico intuir después de haberla salvado, quizás el único modo de hacerle comprender el dolor que causaba a otras personas con sus bombas era hacerle sentir a ella un dolor parecido. Poco importaba morir, sabía que mi muerte estaba cercana y si había de llegar mucho mejor si conseguía sacarle algún partido. Mi convencimiento sobre este punto se fue afianzando según recorría el tramo de la calle Mayor que aún conservaba los restos de la reciente explosión: prensa, policía y un ambiente de crispación y fatalismo.

Llegué puntual a la cita. Allí estaba ella. Me sentía sin fuerzas de mirarle a la cara. Hice un esfuerzo, evitando naufragar en sus ojos, para no quedarme desarmado y sin argumentos.

- ¿Te estarás preguntando por qué desaparecí y te he citado aquí?.

- Tiene algo que ver con todo aquello- contesté mientras con un gesto seco señalaba hacia el lugar del atentado.

- ¿Qué sabes?.

- Nada con certeza. Quiero oír la verdad de tus labios, me lo debes.

- Quizás no lo comprendas. Sólo soy una experta en explosivos que lucha por una causa.
La constatación de la verdad me llenó de repulsión.

- ¿A quién pretendes engañar?. ¿A tu conciencia?. Eres una asesina.

- Sabía que no lo entenderías.

- Quizás seas tú la que tengas el cerebro demasiado sorbido como para entender.

- No debí haberme citado contigo. No debí arriesgarme por ti.

- ¿Arriesgarte por mí?. Yo me he arriesgado por ti. Tú simplemente me has utilizado… – entonces me callé unos segundos, los suficientes para que apareciera por si sola la única pregunta cuya respuesta conservaba aún algo de valor para mí- . He sido un idiota por quererte, ¿tú nunca me quisiste, verdad?.

Dudo unos segundos su respuesta como si no quisiera decepcionarme.

- Bueno, yo te he cogido mucho cariño.

“¿Como a un perro?, ¿como a un gato?, ¿como a un oso de peluche?”. Aquellas palabras saturadas de condescendencia fueron más devastadoras que el amonal o la goma-2. Por mucho que se sospeche, la verdad no es verdad hasta que se confirma empíricamente. Quise llorar, quise gritar, pero guardé fuerza para mi jugada final.

- No te importo.

- No digas tonterías.

Necesitaba terminar cuanto antes.

- ¿Sufrirías entonces por mi muerte?.

- Claro.

Me encaramé en lo alto de la barandilla que me separaba del vacío.

- ¿Qué haces?. No hagas el tonto, ¿qué vas a sacar?.

- Tu dolor. Quiero que conozcas el dolor que has hecho sentir a otras personas.

- Estás loco, baja de ahí. Hazme ese favor.

Sentí un soplo de poesía.

- Quien planta en un corazón la semilla del amor y no la deja crecer, no merece favor.

Ella tendió sus manos hacia mí.

- Cógeme si me quieres- dijo.

El verde de sus ojos anegado por unas lágrimas incipientes, actuaba de manera corrosiva con mis convicciones. Me agarré a sus brazos fuertemente, me supe su prisionero, quise huir, y justo antes de saltar al vacío arrastrándola tras de mí comprendí una verdad tan inmortal como dolorosa.

- Te querré todas mis vidas.

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3 Comentarios en “Legado de un títere ingenuo XLVII y se acabó”
  1. Chuscurro 4 julio, 2008
  2. Irene 5 julio, 2008
  3. Dimitri 7 julio, 2008

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