Cuento de Navidad: Milagro en Lavapiés.


Para animar el I Concurso de Cuentos El Blog de De Cabo, he escrito uno (que no entra en concurso) pero que me gustaría compartir con vosotros y lo mismo os motiva a participar:

canarias

Sus recuerdos son un arpegio triste, fragmentos sonoros de una melodía que no termina nunca. No recuerda las fechas o los rostros sino los ruidos de cada evento de su vida como si se trataría de la banda sonora de una película muda restaurada.

Se concentra en el ruido de las olas que chocan contra la embarcación para desviar su atención del niño que llora desde demasiadas horas. Pronto dejara de llorar, y la madre a su vez se quedara en silencio mientras no podrá evitar que su lengua busque las lágrimas que le caen sobre las mejillas para humidificar los labios quemados por el sol y la sal. Los hombres con el poco de fuerza que le queda empezaran a cantar una misma canción cada uno en un dialecto diferente, hasta que finalmente se distingue en el horizonte las costas de Canarias.


Algunos meses después, otros sonidos: La respiración corta de esos hombres a su oído mientras ella intenta hacer el mínimo de movimiento. A sus alientos, sabe que están borrachos y que le daría lo mismo introducir su pene en un ñu muerto, ni siquiera se dan cuenta de que ella no se mueve. Solamente algunas veces, sobre todo entre semana, sube uno que quiere hablar y tener más cariño. A ella, el sonido de esta voz masculina la distrae un rato, aunque no termina de entender las quejas sobre la mujer, los niños, el jefe. Se consuela pensando que los blancos aguantan muy poco tanto en su vida como en la cama.

La música de su memoria también está hecha de silencio, como el de esta enorme mansión en un barrio lujoso de Madrid y eso a pesar de que cinco niños viven ahí. No corren cuando juegan, ni gritan cuando se enfadan, ni se ríen de un programa de televisión gracioso, ni lloran si se caen. Incluso cuando rezan en compañía de la madre, no se oye nada. Rezan en silencio, para pedir aunque ya tienen de todo, y se extrañan que su Dios, avergonzado, no les oiga. Mientras friega los platos, asustada por el ausencia de ruido, se acuerda de los tambores en su pueblo para dar las gracias a Dios, de las danzas, y de la euforia y echa de menos esos momentos alegres.

bulghur

A Omar también le echa de menos. Le gustaba como solía amasar el bulghur entre los dedos de su mano izquierda sin cesar de mirarla. En la penumbra del piso donde convivían con 6 personas más ella se sienta incomoda por si acaso él percibía las palpitaciones aceleradas de su corazón. Le hubiera gustado que fuese un poco más atrevido, un beso o una caricia, antes de desaparecer. Una mañana, ya no estaba. Esperaron una semana y no volvió. Se repartieron sus cosas entre los siete, a ella le toco una camiseta falsa del Real Madrid que se ponía algunas veces cuando la noche era fría. Y alquilaron la cama a uno que venía de El Congo con un ojo completamente blanco, y que chasqueaba los dientes durante su sueño, perdido en las pesadillas de una guerra olvidada.

lavapies
Hoy es 24 de Diciembre y sube las escaleras de su inmueble en la calle de Lavapiés donde vive con los brazos cargados de bolsas mientras piensa en esos recuerdos: la travesía de África a Europa, las noches en el puticlub, la tristeza de los ricos europeos (pero probablemente los ricos africanos son tristes también), y se pregunta donde estará Omar. Ella trabaja de cajera en el supermercado de la plaza y acaba de terminar su turno de tarde. Sube hasta el quinto piso, donde vive La Vieja. Todo el inmueble se ha reunido aquí para celebrar este día, no por abusar, sino porque es el piso mas grande. No hay nada de lujo: La Vieja como la llaman con afecto ha robado dos botellas de buen vino la semana pasada a su yerno, Ahmed ha cocinado un pollo con naranjas que se empeña a llamar pavo y todo el mundo le sigue la corriente, el pakistaní de abajo con un nombre que ella nunca llega a memorizar ha envuelto porros en papel de regalo para cada uno, y se lo fumarán más tarde, la Vieja también, mucho después de haber comido las frutas para el postre que ella ha traído del supermercado. Aunque la Vieja le dice que no, insiste en preparar las uvas como si fuera Nochevieja. Y mientras tanto se sorprende tarareando, felizmente, un villancico de su infancia.

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  1. Emma
    30 noviembre, 2009

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