Cuento de Navidad: Nadie merece morir.


Quedan pocos días para que se acabe el plazo de recepción de cuentos para nuestro concurso de Navidad. A pesar de no poder participar de forma oficial he querido aportar mi granito de arena (o mejor dicho en estas fechas, mi copo de nieve) , como ya hizo Call Me Ishmael, para animaros a concursar. Espero que os gusté y, sobre todo, ¡Feliz Navidad!

I Concurso de Cuentos El Blog de De Cabo

Nadie merece morir.

“Empecemos por decir que Marley había muerto. De ello no cabía la menor duda… Pero aunque creo que fue hace años, en aquel antro olía como si estuvieran incinerando al gran Bob en ese mismo momento.

No estaba pasando por mi mejor momento y desconozco como llegue hasta allí. Tampoco conocía si los restos de comida, a medio procesar por el organismo, que decoraban el suelo tenían su origen en mí. Lo que tenía claro es que el africano que tenía al lado no era Baltasar, aunque vestía como él. Tras restregarme los ojos me decanté por pensar que era Rita Marley que había venido a recoger las cenizas de su difunto. Fue entonces cuando ese ser ambiguo, orondo y vestido con cantosos ropajes me habló.

– Soy el genio Felices Pascuas. Y te puedo conceder un deseo para hacerte feliz en estas fechas.

No estabas en condiciones de cuestionar si aquello era verdad o no. Y para ser sincero, qué más me daba. Qué podía perder por probar. De primeras pensé en pedirle que me tocará el gordo. Pero no quería que lo entendiera como un intento de flirtear con él… así que estaba más por decantarme hacia algo filantrópico del tipo “paz en el mundo” o “eterno corte de suministro eléctrico para el vecino “bakalaero” del quinto”, cuando el genio interrumpió mis internas disquisiciones, para plantearme las condiciones de su oferta.

– El deseo que te puedo conceder es una muerte. Sólo tienes que dar tres golpes en la foto de la persona que elijas, y esa persona morirá inmediatamente fulminada por una ataque al corazón.

La oferta de aquel tipo empezó a desagradarme, la verdad. Así que opté que rechazar de plano su proposición.

– No quiero parecer desagradecido, señor. Pero no tengo interés en matar a nadie.

A lo que Felices Pascuas me contestó.

– Lo siento. Tú me has invocado y tú tienes ahora que aceptar mi regalo. Alguien que tú elijas morirá. Y si no eliges a nadie antes de la medianoche del 24 de Diciembre, serás tú el que mueras.

La verdad es que ya no me hacía gracia todo aquello. Y quise mandarlo a tomar por culo de la manera más educada posible. Pero tal y como había aparecido, Felices Pascuas se desvaneció ante mis ojos tras uno de mis lentos parpadeos.

Por unos momentos sentí alivio al pensar que todo había sido una alucinación, pero cuando pedí la cuenta para marcharme a casa, el camarero me explicó que un tipo parecido a King África me había invitado.

¡Joder! ¿Qué debía hacer? ¿Esperar hasta el 25 para ver si no moría o simplemente probar a dar tres toques en una foto a ver qué pasaba? La opción dos no me atraía demasiado. Pero, sin duda, era la más segura para mi salud.

Llegué a mi casa con la intención de hacer una lista de las personas que podrían hacer de este mundo un mundo mejor si estuvieran muertas. Me venían a la cabeza las típicas opciones: Bin Laden, George Bush, Karmele Marchante… Pero luego pensaba, que no conocía realmente a ninguno de ellos, que no conocía sus inquietudes, sus sentimientos, sus gustos, sus amistades… Que quién era yo para decidir sobre su muerte. Y en definitiva, que nadie merece morir.

¡Joder! Menudo marrón me había caído. Aquella noche no pude dormir, ni la siguiente, ni la otra…. Llame a mi jefe para pedir un día libre. No me creyó y me lo denegó. Fue entonces cuando me alegré de que me hubiera añadido en Facebook. Fruto del cabreo del momento visite su perfil con la intención de dar tres toques a su foto y acabar inmediatamente con esa incertidumbre que me estaba destrozando…. Pero detuve mi dedo después del segundo toque. Nadie merece morir.

Juro que hasta la mañana del 24 no pensé en mi madre. Había tratado de apartarla de mi pensamiento. Porque me dolía mucho pensar en ella. Desde que aquel accidente la recluyó en una cama para el resto de sus días, desde aquel día en que me miró a los ojos y me dijo que la apartará de ese sufrimiento. Pero allí estaba su foto, en un lugar destacado de mi cartera. Y saqué la foto. Y la besé. Y movido por toda la ternura y el amor que aquella mujer me había dado durante toda mi vida, la acaricié con tres suaves toques …”

…. Y así fue como sucedió todo. Se lo juro, señor juez.

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3 Comentarios

  1. Irene González
    23 diciembre, 2009
  2. chuscurro
    24 diciembre, 2009
  3. vanvan
    25 diciembre, 2009

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