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La Carta – I Concurso de Cuentos

I Concurso de Cuentos El Blog de De Cabo

Empecemos por decir que Marley había muerto. De ello no cabía la menor duda. Aún recordaba los sesos esparcidos entre la maleza nevada, el rojo apagado de la sangre muerta mancillando la inmaculada nieve blanca. Marley había muerto y ni siquiera habían podido enterrarlo. A duras penas, arrastrándose por la nieve, pudo rebuscar entre sus bolsillos y hallar la carta para la familia que todo combatiente tenía preparada por si se daba el fatal desenlace. Muchos compañeros renegaban de esa costumbre, pues no querían tentar su suerte tocando a la puerta del diablo. Pero Marley era un negro del Bronx, de los pocos que sabían defenderse indistintamente con la pluma y los puños, y opinaba que su familia tendría que saber, en caso de que algo malo le pasase, por qué narices dejó su tierra para luchar y morir al otro lado del charco, en una nación desconocida para la mayor parte de sus vecinos: España, un país en guerra consigo mismo. Eran los últimos días de 1936, el temporal de nieve no abandonaba la Sierra de Guadarrama, hacía un frío de cojones y acababa de perder a su mejor amigo. Mas no había tiempo siquiera para derramar lágrimas, los rebeldes avanzaban con paso seguro y les estaban dando por el culo a base de bien. Tenía que salir de allí enseguida, buscar la protección de alguna roca o árbol caído, pensar en el modo de volver a la seguridad tras las líneas amigas. Marley había muerto, pero él no estaba por la labor. Eres un superviviente nato, le decía el moreno, el chicano más duro de todas las Brigadas Internacionales. Efectivamente, era un tío duro. Además, tenía un encargo que cumplir: entregaría la carta de Marley al servicio de correos.

Las ráfagas de las metralletas enemigas le hicieron reaccionar. No podía quedarse allí quieto salvo que quisiera acompañar a Marley en su viaje al infierno. A pesar de que el frío había penetrado hasta el tuétano de sus huesos, decidió seguir en posición de cuerpo a tierra, reptando con sigilo hasta el pinar más cercano. De allí habían salido cuando les sorprendió el fuego de mortero, y por allí iba a volver. No tenía tiempo para examinar el mapa y buscar un itinerario alternativo de regreso. Su buena memoria le ayudaría a encontrar las señales en el camino de vuelta. Sí, era la mejor decisión que podía tomar, así que, arrastrándose como una serpiente en el desierto, atravesó los veinte metros que distaban desde su posición al pinar sin sufrir rasguño alguno.

El refugio del bosque le proporcionó un respiro momentáneo. ¿Cómo coño había cruzado la explanada sin recibir siquiera una herida?. Le constaba que los africanos de la vanguardia enemiga eran unos tiradores excelentes. No podía encontrar explicación para aquello que era realmente inexplicable. Tampoco creía en las fuerzas del destino, rechazaba esa concepción del ser humano como una marioneta manejada por seres superiores. Supersticiones. Marley tenía razón, él era un chicano duro, un superviviente nato, un tío echado para adelante.

Tres horas más tarde, ya en el refugio de las trincheras, intentaba calentarse con una taza de café con achicoria. La carta llegaría al lejano Nueva York. Aunque este año iba a ser duro para la gente de Marley, en el futuro, al llegar estas fechas, le recordarán con orgullo. Un negro del Bronx fiel a sus ideales, que se complicó la vida hasta perderla en una tierra desagradecida, regada por la sangre de sus hijos. Saboreaba con lentitud la bebida caliente, observando con curiosidad los numerosos agujeros que poblaban su desgastado uniforme. Y es que hay cosas que no tienen explicación.

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3 Comentarios en “La Carta – I Concurso de Cuentos”
  1. India 21 diciembre, 2009
  2. Evatomandoelsol 21 diciembre, 2009
  3. Holala 21 diciembre, 2009

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