El Viejo Baltasar – I Concurso de Cuentos


I Concurso de Cuentos El Blog de De Cabo

Empecemos por decir que Baltasar había muerto. De ello no cabía la menor duda. Ninguno de nosotros conocía su verdadero nombre.

Él era el único tan viejo como para recordar cosas de antes del Desastre y se había autoimpuesto la tarea de contárnoslas para que no cayeran en el olvido. Tenía toda su memoria anotada en cientos de papeles amarillentos y raídos y de vez en cuando, en las noches en las que nos reuníamos en algún refugio a la luz de una hoguera, cansados y hastiados de vagar sin ningún sentido durante el día, cuando ya nos sentíamos fuera de peligro, sacaba esos papeles y nos contaba sus historias. Nos contaba de guerras y sucesos extraordinarios. Nos hablaba de héroes y de villanos, pero la que más repetía era esa de la fiesta de diciembre, la que, según sus propias palabras, más le emocionaba. Quizá fue por eso por lo que lo conocíamos como Baltasar, porque era el nombre de uno de los personajes de aquella historia, el que se nos había hecho más simpático desde el principio. Nos contaba cómo se había iniciado esa fiesta, con el nacimiento de un niño. Esa era la parte más verosímil: hacía más de treinta años que no nacía ningún bebé entre nosotros. Ya nadie se atrevía a traer un niño a un mundo como éste, así que entendíamos hasta qué punto aquel nacimiento fue motivo de celebración. Eso sí, lo que nos parecía totalmente increíble era las cosas que de ella nos contaba, con toda esa gente adorando a aquel niño, y que ese mismo niño pudiera haber cambiado la Historia de la forma en la que él nos decía. Nos sonaba a cuento de viejo más que a otra cosa, a una forma de entretener las largas horas de la noche cuando éstas eran tranquilas, pero él parecía disfrutar tanto con la narración que lo dejábamos seguir, convencidos cada vez más que se trataba más del fruto de su imaginación que de una historia verdadera. Después seguía contando cómo vivían los hombres esa conmemoración, cómo el mes de diciembre se convirtió en fiesta, además de para despedir cada año, para ensalzar la bondad y el amor entre los hombres, que la vivían reuniendo a las familias y derrochando felicidad entre ellos, y cómo fue cambiando hasta que en la última época antes del Desastre, cuando él mismo, Baltasar, era un niño, los hombres habían dejado totalmente atrás lo que realmente significaba, convirtiéndola en una mera verbena donde el único motivo de reunión eran la comida y la bebida y lo único que se derrochaba eran cantidades inmorales de dinero.

Baltasar se fue haciendo cada vez más viejo, sus pobres ojos apenas atinaban a descifrar sus propias palabras a la titubeante luz de la fogata, pero tantas veces nos había repetido su relato que habiamos terminado por aprenderlo de memoria. Así que acabamos por turnarnos para ir repitiendo sus palabras como si de una letanía se tratara, mientras él, con sus fatigados ojos cerrados, escuchaba al bardo de turno mientras asentía aferrado a los ajados papeles que contenían todas las historias.

Pero hoy lo hemos encontrado muerto, seguramente sus muchos años han sido los encargados de llevárselo al otro lado mientras dormía. El único eslabón que nos quedaba de lo que pudo haber sido el hombre, la certeza de cuánto nos equivocamos. La memoria viva de lo que no debiéramos olvidar nunca ha desaparecido hoy. Quizá esté en nuestras manos que no haya sido para siempre. Quizá sea el momento de que nos pongamos a trabajar todos juntos.
Quizá sea el momento de que un niño vuelva a nacer.

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2 Comentarios

  1. India
    22 diciembre, 2009
  2. vinti
    10 enero, 2010

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