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Nochebuena sin tiramisú | Concurso de Cuentos I

I Concurso de Cuentos El Blog de De Cabo

Empecemos por decir que Alberto había muerto. De ello no cabía la menor duda.

Buscando desesperadamente en mis bolsillos busqué mi teléfono móvil en vano, necesitábamos ayuda. Todo parecía roto. A mí alrededor solo humo y silencio. Empecé a pensar que se debía a que aquel golpe me había dejado sorda, pero pude oír un goteo cerca de mí acompañado de un espantoso olor a gasolina.

¿Qué hago? Grité con las manos en la cara, y estaba húmeda, ¿sangre? Las lágrimas resbalaron por mis mejillas manchadas. Tranquilízate pensé, y miré a mi lado, el cuerpo sin vida de Alberto contra el volante me confundía, ¿Qué ha pasado?

Lentamente el calor se apoderó de mi cuerpo y con los ojos cerrados me vi unas horas antes viendo la televisión cómodamente en el sofá de casa. “Alberto, creo que no deberíamos coger el coche esta noche, hace un tiempo espantoso”. Ni siquiera lo decía convencida, porque en realidad, ¿cómo nos íbamos a quedar los dos solos en casa en una noche como esta? De nada nos habría servido poner ese magnífico árbol en el recibidor y pasar una tarde entera colgándole bolas de cristal y luces. Es un día para estar con la familia, cueste lo que cueste.

Un par de días antes había observado cómo la gente desesperaba en los aeropuertos por los temporales de nieve y al fin y al cabo era siempre la misma canción. Siempre esperando al último momento para ver a las personas más importantes de nuestra vida, porque es un día especial.

Alberto me miró con esa cara suya de “no seas pesada” y suspiré cediendo sin haber hecho demasiado ahínco en el tema, para que insistir si estaba todo dicho. Ambos lo sabíamos, estaríamos en el pueblo para cenar aunque tuviéramos que salir corriendo después de trabajar, o no llegaríamos a tiempo.

El sonido de la ambulancia a lo lejos empañó mi recuerdo. Con los ojos entreabiertos veía luces en medio de la noche congelada y oía gritos. ¿y ahora qué? ¿Porque ya no veo a Alberto? ¿a dónde lo llevan? ¿y a mí? El corazón en un puño y un grito ahogado en mi garganta. Ya ni siquiera sentía dolor. No puedo perderte.

Una vez más me vi a mi misma diciendo “Alberto no corras tanto, nos vamos a matar” las ruedas deslizándose peligrosamente por una carretera mal asfaltada de los arribes del Duero y el hielo crujiendo a nuestro alrededor.

Se que mamá se había pasado cocinando todo el día y de postre su famoso tiramisú, si no llegábamos a tiempo le íbamos a dar un disgusto. Por lo que aun sabiendo que Alberto iba conduciendo demasiado deprisa me callé de nuevo.
Son estas cosas que dices siempre, un poco por costumbre, un poco por culpabilidad, “no corras tanto”… pero, ¿Qué otra cosa podemos hacer? Entre el trabajo, los compromisos y este mes de diciembre que provoca cada fin de semana que no quieras salir del apacible calor de la cama, no hay tiempo para las visitas familiares.

Suena el móvil, “si mamá, ya estamos llegando, ¡que quieres que le haga si se está enfriando la comida!”. Una conversación malhumorada no puede faltar nunca en una cena familiar. Colgué el móvil enfadada. Alberto se puso nervioso, se que se sentía culpable porque eran nuestras primeras fiestas en casa de mi madre y le había tocado trabajar hasta tarde.

Con el maletero lleno de cajitas envueltas con aquel papel precioso que habíamos comprado en un mercadillo, los sueños y la ilusión, escuché los neumáticos derrapar en una curva sin apenas visibilidad. “!Alberto!”

De repente y en un instante recordé nuestro primer beso, las vacaciones en la playa de Cádiz, un “te quiero”, “siempre cuidaré de ti”, “me muero por conocer a tus padres”… una explosión ensordecedora, cristales rotos, sus brazos cubriendo mi cuerpo, mi cabeza en su pecho…

Nada más predecible que un accidente de coche la noche del 24 de diciembre, ahora lo sé. Alberto estaba muerto, de eso no cabía ninguna duda, yo de camino al hospital.

Ahora empiezo a sentir el dolor, quizá nunca vuelva a andar y si lo hago no será con él, el amor de mi vida.
Son estas típicas cosas que crees que nunca te van a pasar hasta que ves tu vida en mil pedazos, pero lo importante era llegar a casa antes de que mis hermanas se comieran el tiramisú.

Lo siento mamá, quizás el año que viene.

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