El centro Bellasombra, cuidamos de su salud mental



finales imaginados

El centro Bellasombra abrió sus puertas en 1972. Sanatorio, manicomio, residencia o clínica mental, había tenido muchos nombres durante estos años. Cuando se construyó se encontraba a las afueras, donde nadie sintiera vergüenza de lo que allí pasaba. Ahora se permitía el lujo de estar en una de las zonas más cotizadas de la capital, orgullosa de sus apartamentos de lujo, sus bancos al servicio del amado cliente y muchas, muchas oficinas.

Las puertas de entrada eran de forja. Colocadas en sus inicios no habían perdido un ápice de su inquietante aspecto. Los muros no eran especialmente altos, en algunas zonas incluso habían perdido altura cómo si de una persona envejecida se tratara. Era necesario recorrer casi doscientos metros de zona verde para llegar al edificio principal. El Árbol de la Bella Sombra que daba nombre a la institución dominaba sobre los demás. Con diez metros de altura al llegar, ahora contaba con casi quince, era el testigo mudo de cientos de vidas contadas en aquellos jardines, comprometido en guardar silencio aún ahora.

Angelón tan sólo tenía cuarenta años, demasiado alto para la media, lucía desde pequeño ese aspecto desgarbado y arrastrado que a su madre nunca le gustó. La un día bata blanca amarilleaba como las paredes de la mayoría de las salas y pasillos. Al menos ahora tenía una bata, se sentía bien con ella, no como con aquel pseudouniforme de los celadores que debía llevar en su primer puesto cuando llegó hace diez años. Cuidador de noche era un puesto mucho mejor, sin casi ningún compañero con el que tratar, organizaba a su gusto el trabajo y ningún interno encontraba absurdos espacios para discutir.

Esta noche estaba siendo tranquila, los internos temporales habían sido los primeros en dormirse como siempre. Los más antiguos seguían hurgando su paciencia, intentado que perdiera el control y divertirse a su costa, pero él sabía muy bien lo que hacer, no en vano por eso era el cuidador de noche. Después de llevar un rato ensimismado mirando por la ventana comenzó a fijarse en un extraño jaleo de luces al fondo, fuera del recinto. Sonaban sirenas a lo lejos y un helicóptero comenzaba a sentirse. Al cabo de unos minutos los arbustos de la zona norte quisieron descubrirse como inesperados intérpretes y se movieron de una manera violenta. Las sirenas sonaron más fuerte, recorriendo la pared por el exterior hasta olvidarse al girar en la Calle de los Cándidos.
Angelón cogió su ramo de llaves y salió por la puerta principal, caminó con calma por el camino de entrada. Hacia la mitad del camino distinguió un poco más adelante dos figuras que parecían intentar ir a hacia las puertas de forja. Al darse cuenta de la presencia de Angelón dudaron un segundo y se dieron media vuelta, encaminándose hacia el cuidador.
– Buenas noches – dijo Angelón.
– Buenas noches – tartamudearon entrecortados los dos visitantes.
Ambos llevaban traje oscuro, corbata un poco floja, uno con maletín negro en la mano, el otro algo parecido a una bolsa de viaje abultada. Angelón enseguida sintió ese escalofrío tan familiar que le sobrevenía cuando veía a algunos de sus nuevos internos por primera vez, no se fiaba. La barba extrañamente descuidada en ambos, las mangas cortas en uno, demasiado largas en el otro.

– Llevábamos un tiempo esperándoles – sentenció Angelón.

Los dos visitantes abrieron la boca a la vez y sonó un “tap” al cerrarse al tiempo. Finalmente, el de las mangas cortas contestó:
– Eee, sí, sí, aquí estamos por fin… eee… ¿qué tal todo?
– Bien, todo preparado. En el ministerio nos dijeron que llegarían ayer, pero claro, ya sabemos cuántas inspecciones realizan últimamente y me imagino que la crisis afecta a todos ¿verdad? – ironizó Angelón.
– Eso es, no nos dejan ni un momento de descanso, y eso que nosotros solo hacemos visitas de rutina – dijo más animado el de las mangas largas.
– Acompáñenme adentro.

Angelón se dio media vuelta y los curiosos visitantes, después de una pequeña vacilación, le siguieron hacia el centro. Les guió hasta la sala común del personal animándoles a dejar sus chaquetas y bultos para dar el paseo de rigor por el centro. El de las mangas largas se negó en redondo a dejar su bolsa, decía que llevaba información confidencial y sería un error gravísimo dejarla en cualquier sitio sin vigilancia, a lo que Angelón respondió con uno de esos gestos desagradables que ya tenía tan interiorizados.

Pasaron por la planta principal, habitaciones de leves, salas de terapia, primera planta, más habitación, pacientes un poco más graves, giro a la derecha y ascensor hacia las dependencias del semisótano, dónde estaban la mayoría de las salas de tratamientos para los casos muy graves. Los visitantes estaban cada vez más nerviosos, el de las mangas cortas cabreado a tenor de la ira que despedían sus gestos, y el de las largas sudando como un cerdo, pensó Angelón.

– Tenemos nuevo material de tratamiento de choque que nos llegó hace un mes, me imagino que les interesará verlo ¿no? – preguntó el cuidador en un tono extremadamente amable.
– Sí, sí, por supuesto, pero rápido, que ya se nos está haciendo un poco tarde. Todo bien, muy bien, no creo que tengan ningún problema con la revisión – disparó entrecortado el de las mangas cortas.

Angelón abrió una puerta al fondo, les invitó a pasar.

– Deje aquí en la puerta la bolsa, no me gustaría que tirara algo del material, mi jefe me mataría – Angelón medio sonrió con un lado de la cara.

“Clac” “clac”. A sus espaldas sonó el cerrojo dos veces al cerrase.

– ¿Pero qué hace? – Gritaron a la vez – ¿está loco? ¡Abra la puerta ahora mismo!
– Es gracioso que me llamen loco, creo que los que están un poco peor son ustedes.
– ¡Socorro! ¡déjenos salir!
– No creo que salgan en una temporadita, al menos hasta que calmen esos humos y vea algún progreso en sus problemas…
– La bolsa, puede quedarse todo el dinero que hay en ella, lo acabamos de robar ¡es suyo!, de verdad, si nos deja salir puede quedarse con todo.
– Sí claro, dinero, y qué más. Ya no saben que inventarse. Aquí no necesitaran pertenencias personales. Si salen en los próximos años, seguro que ya no les servirán de mucho – ahora sí que sonrió ampliamente, rozando la locura pensarían ustedes si lo vieran.

Angelón gustaba de arrastrar los pies por los pasillos, así los que aún estaban despiertos sabían que él no lo estaba. Cogió las chaquetas, el maletín y la bolsa, y bajó por las escaleras al sótano. Lo tiró a la antigua caldera de carbón mientras silbaba aquella canción que le enseñó su madre. Pobrecilla, aún recuerda sus últimos días en el centro. Siempre le gustó aquella canción de su madre.

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3 Comentarios

  1. India
    12 abril, 2010
  2. Imaginario
    13 abril, 2010
  3. Imaginario
    13 abril, 2010

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