El secreto de los libros


No pudo evitar que unas pocas lágrimas se le escaparan al leer la carta que había sacado de aquel libro. Se restregó la cara con la manga como cuando niños. ««Aún recuerdo tus manos… mis labios no sienten nada desde que nos vimos la última vez… »». Empezó a sentirse mal según iba leyendo, le faltaba la respiración y el dolor del pecho se mezclaba con las ganas de gritar y huir. Cinco años de su vida, qué vida, ¿sería todo un delirio o hubo en algún momento alguna verdad? Los viajes, las noches sobreponiéndose a las ganas de dormir a su lado. ««En tu cuerpo me siento a tu merced… y me siento sin fuerzas cada segundo que no te veo»».

Todo parece hoy mucho más lejos aún de lo que le parecía hace unos días, ahora el vértigo es como un huracán incontrolable. Sin nada, sin palabras, no había nada que pudiera calmar aquello, lo sabía muy bien, no era la primera vez. ««Y me dejo llevar por tí, porque aquello que tengo…»». Tosió intentando evitar aquellos estertores de angustia, recorrió unos pocos pasos hasta el armario y tomó dos o tres pastillas, los ojos nublados igual que la razón. ««Y no hay locura más divertida que tu risa, y no hay tristeza más cruel que tu ausencia»».

– Es la hora – susurró su hermana entreabriendo la puerta.

– ¿Es la hora? – Pensó sin encontrarle sentido, y la realidad más amarga cogió de la mano a sus recuerdos para pulsar aún más en el pecho. Dejó la carta que escribió años atrás, cuando se conocieron, dentro de aquel libro, el primero que le regaló. ««Y si no soy capaz de que me quieras no podré soportarlo…»». Cogió la chaqueta gastada por el tiempo, y agarrándose donde pudo salió a la calle. En la puerta esperaban su padre y su hermana con un tiro de caballos que les habían prestado para la ocasión. Su padre nunca tuvo dinero suficiente casi ni para comer, eso nunca le pareció un problema, nunca, sus libros alimentaban todo aquello que faltaba.

Las calles embarradas pasaban casi inadvertidas por el olor a orín de los animales que iban de un lado a otro en día de trabajo. Dos mujeres limpiaban la entrada al mercado mientras otras personas pisoteaban lo que aún no se había secado. El pescado en cestos rezumaba, y aún ahogados en sal no parecían ser una buena opción ni para los más pobres. Al pasar a su lado una arcada le brotó, se echó para atrás con la mano en la boca y el padre agarró su brazo en un gesto instintivo para que no cayera al suelo.

Llegaron al cementerio cuando ya mucha gente había llegado. Bajó del carro y pisó el barro que otros ya habían pisado. Guardó cola para entrar al camposanto al igual que el resto, y respiró la humedad que respiraba el resto de personas alrededor del féretro. La familia lloraba, el esposo lloraba y ella lloraba. Volvió a guardar cola entre los que querían acercarse a dar su último adiós, o a mirar. ««Y si algún día me faltas moriré contigo, te susurraré que te quiero al oído… y sabrás que soy yo»». Acercó sus labios a su rostro inerte, perdido, entre sollozos quiso decir “te quiero”, dejó caer el libro a un lado del cuerpo, y rozando su mano, enterró su secreto.


finales imaginados

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3 Comentarios

  1. india
    24 abril, 2010
  2. Imaginario
    26 abril, 2010
  3. india
    27 abril, 2010

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