Páginas pasadas



finales imaginados

El cristal roto le cortó el parpado inferior. Un hilillo de sangre empezó a correr por su rostro, y una gota le besó los labios.

A Patricia le encantaban los libros nuevos, sobre todo su olor. Se volvía loca con aquel olor. Pero también se pasaba algún minuto tocando la portada, la contraportada y admirando cada libro nuevo como si fuera realmente una nueva aventura que vivir. Los colocaba por géneros, luego por orden alfabético. Podría recitar de principio a fin el título de cada uno de ellos. Aunque alguno aún no se lo había leído, la mayor parte de ellos los había releído ya al menos otra vez.

Pasaba muchas noches leyendo. Le daban las tantas antes de que se fuera a la cama, y su marido hacía varias horas que estaba dormido. Ella buscaba un hueco en la cama, unas veces a la derecha, otras a la izquierda, otras sin sitio volvía al sofá. Aunque esto no le importaba, incluso a veces esperaba que sucediera.

Cuando volvió a coger aquel de Dickens de la estantería se le vinieron a la cabeza recuerdos de cuando lo compró. Era una pequeña librería del Raval, escondida en una calleja perdida de turistas y curiosos. Una de aquellas librerías en la que nadie te agobiaba, y en la que siempre tenía una buena recomendación por parte del dependiente. Cogió las gafas de cerca de encima de la mesa y lo abrió por el prólogo.

Llevaba ya media hora larga leyendo cuando oyó la cerradura de la puerta girar. Pegó un brinco dejando en la mesa el libro, y en tres pasos escasos llegó al pasillo. Su marido entró airado. – Déjame pasar que me meo – le soltó, y dándole un empujón Patricia rebotó contra la pared aturdida. Patricia le siguió a prudente distancia y giró en sentido contrario en el pasillo de las habitaciones. Miró a su hijo Pedro y sin mediar palabra cerró su puerta.

Volvió al salón, atusándose el pelo, practicando aquella sonrisa que tanto había utilizado ya antes. – ¿Está la cena? – Patricia se giró. – No, ahora mismo la hago – y acompañó con su mejor sonrisa.

El puñetazo que recibió en la mandíbula no fue tan doloroso por fuerte como por esperado. Patricia quedó sentada en el suelo, contra el sofá en el que hace unos momentos leía y disfrutaba en silencio. – Te he dicho mil veces que cuando yo llego a casa la cena está en la mesa, ¿no te lo he dicho? – gritó, y escupió en el parquet rayado. Cogió el libro de encima de la mesa y lo lanzó contra su cara.

El cristal roto le cortó el parpado inferior. Un hilillo de sangre empezó a correr por su rostro, y una gota le besó los labios.

Sus grandes esperanzas volvieron a chocar con la realidad. Pensó los días en los que ella le recibía con un beso, y el la tocaba pero no la besaba. Pensó todos los días que espero a que su mal humor pasara, y no mejoraba. Pensó en tantas noches en vela, en tantas páginas pasadas. En páginas pasadas.

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