Desconocidos



finales imaginados

Elena piensa que no ha sido una buena idea acostarse con el tipo que yace a su lado, arropándola con su brazo. Quizás otro día, pero hoy tiene esa extraña sensación de que no ha hecho lo correcto. El olor del chico rubio ya no le agrada, de hecho ahora ya no percibe más que el sudor de un hombre cansado, exhausto, mezclado con retazos de polvo, de falta de cuidado. Esa cama le araña la espalda, y sus pensamientos caen uno tras otro como las pelusas que se acumulan bajo el somier.

Le empieza a picar abajo (!si me oyera mi madre!), se siente mal, pero no es posible rascarse tan impúdicamente ahora. No, ella no lo haría. Se gira con cuidado de no despertarle, conteniendo la respiración, y camina de puntillas al baño con sus cosas entre las manos. Al menos el baño le gusta, había estado otra vez en la casa, y el baño era lo único que se salvaba. Dejó la ropa sobre la taza, cerró la puerta y abrió la ducha. Su pelo aún lucía largo, pero el espejo ya mostraba alguna cana que otra. Quién se lo iba a decir, a su edad y con canas, esperaba que al menos le dieran un toque diferente (!Dios mío! !que se ponga de moda!). Cuando el vapor del agua era más que palpable, se metió en la ducha y estuvo un rato bajo la lluvia caliente, filtrando sus sensaciones y quemando sus peros de la noche.

– Cariño, ¿te traigo ropa limpia? – El chico rubio no se atrevió a abrir la puerta, le hablaba desde fuera. Elena frunció el ceño.

– Los niños se quedarán con tus padres hasta las once, pero estoy seguro de que tu madre no me perdonará si te dejo salir con la misma ropa que ayer – se rió con descaro. Ya empiezo a creerme lo que dicen de las suegras. Eso no se lo digas, !que me mata!.

Elena dejó de sentirle al otro lado. Cerró los ojos y se esforzó en encontrar en algún lugar de su mente lo que fallaba, pero el agua empezó a quemar. Dió un pequeño grito, como no queriendo gritar, tan solo quejarse, y cerró el grifo. Las toallas estaban templadas, por las barras con calefacción. Se secó y se vistió con la ropa limpia que había encima de la encimera. Salió y le dió un beso a su marido antes de caerse desmayada en medio del pasillo.

Bip

Alex miró el monitor que pitaba rítmicamente al otro lado de la cama de Elena. Su pelo seguía brillando como el primer día, incluso sus ojos aún brillaban como cuando se conocieron. Las arrugas de la cara marcaban el camino seguido los últimos años, con la medicación y las consultas, con los gritos y los silencios. Podría decir que las lágrimas caían desesperadamente por su rostro, pero no era capaz de llorar desde ayer.

Bip

Elena se despertó a la orilla del mar, donde siempre quiso vivir. Los niños corrían a su alrededor gritando y saltando. Alex volvía de comprar unos helados y el sol acariciaba la piel, relajando la tensión de…

Bip

Alex habló con el médico aquella tarde. El coma de Elena era irreversible. Su madre rompió a llorar en cuanto Alex se lo dijo, le tomó la mano y la rozó con los dedos. Pero no había lágrimas, no había palabras. No había nada.

Bip

El rumor de las olas era casi imperceptible, como a ella le gustaba. Se metió levemente en el agua, hasta que los tobillos se le cubrieron. Cerró los ojos, y y dió gracias por lo que tenía en su vida.

Bip

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