La máscara – Finales Imaginados


finales imaginados

Aviso: Contiene escenas literarias violentas. Leer con cuidado.

No tenía claro si aún seguía en la vigilia o si se había dormido ya. La tirantez en el rostro le hizo abrir los ojos con sorpresa. Notaba la piel rígida desde la frente hasta la barbilla. Empezó a darse cuenta de que estaba realmente despierto cuando las manos se le fueron guiadas por el miedo hacia la cara, y entonces un quejido le ahogó la respiración al tocar aquello que tenía pegado.

Se incorporó, y sentado sobre la cama se toqueteo la nariz, las mejillas, la frente, aquello no podía ser real. Tenía algo como una máscara, liso, algo frío y duro al tacto. Buscó los bordes por debajo de la mandíbula, intentando encontrar un resquicio dónde meter los dedos, pero cada vez que tiraba era como si le quemara la piel. Metió los dedos por los agujeros de la nariz y empezó a tirar gritando, jadeando, impotente. Se colgó del borde de los ojos, la uñas se le rompían como caramelo caliente, y los dedos manchados dejaban huellas de sangre en el colchón y las sábanas.

Comenzó a llorar, sollozando con la voz ronca de tanto gritar. Cogió un destornillador y lo metió de nuevo por debajo de la mandíbula y empujó con todas sus fuerzas. Aguantando el dolor lo movió de un lado a otro sacando trozos de piel y carne mientras hacía un poco de hueco por dónde seguir hurgando. Hizo palanca en cuanto pasó por encima del hueso, arrancando lágrimas para hacer saltar un minúsculo trozo de aquella pesadilla. Aquello le animó y pensó que podría romperse de alguna manera. Tiró la caja de herramientas en el suelo de la habitación y cogió un martillo con el que empezó a golpearse el rostro.

El dolor dejó de ser algo consciente, y siguió golpeándose en los pómulos atento a las esquirlas que estallaban y al polvo que flotaba a su alrededor. No sabía realmente el tiempo que había pasado cuando sintió crujir al golpear. Recogió el destornillador y empezó a introducirlo por el aquel nuevo agujero, logrando arrancar un trozo que le cubría casi toda la mejilla derecha. Cansado fue despegando trozos ayudándose de unos pequeños alicates y del destornillador, que aunque mellado seguía haciendo su función.

Se tumbó boca-arriba, intentando respirar profundamente, tocándose la cara con cuidado. Las heridas en carne viva empezaban a palpitar, y la sensación de dolor le atravesaba la cabeza, aplastando cada pensamiento que intentaba trenzar.

Lo mejor que se podía decir de Bruno es que era despistado. Sólo sabía hablar de sus pájaros o de concursos de televisión. Si fuera menos delicado diría que era aburrido a más no poder. Aburrido para morir eclipsado por su voz monótona, aturdido por su caída de ojos perpetua, desquiciado por sus largas charlas sobre preguntas interesantes y respuestas inquietantes de concursantes semanales que ganaron el bote mensual de 3000€, abducido por su aura ansiolítica. Sin pizca de burbujas de la vida que explotar habría dicho.

La noche que murió Bruno no hacia mal tiempo, ni bueno. La primavera comenzaba y ya no hacía frío, ni calor. Caminaba rumbo a su cita con su grupo de bookcrossing cuando una ventana se rompió varios metros por encima de su cabeza. Antes de sentir ninguno de los pequeños cristales que volaban en todas direcciones el cuerpo de un hombre le golpeó de lleno, rompiéndole el cuello en un movimiento preciso de mala fortuna.

El hombre quedó con un brazo dislocado doblado hacia su espalda de forma terrible, mientras que Bruno yacía debajo con la imagen de incomprensión que conservaría congelada a partir de ese momento. Pero lo más horrendo fue ver la cara de aquel hombre, con los ojos arrancados, sin rastro de piel, y con agujeros que mostraban músculos desgarrados y sangre estrujada, como el óleo de un pintor surrealista.

“La Voz Pública” salió aquel Lunes con la reseña de un trágico suceso acaecido en la intersección de la calle Santa Marta con Soledad. Un hombre de unos cuarenta años se había tirado por la ventana de una habitación que regentaba desde hacia unos meses. Los vecinos comentan que era escritor, o tal vez viajante de productos para el hogar. La policía encontró toda una suerte de herramientas tiradas por la cama, totalmente ensangrentada. Los ojos estaban tirados en el suelo, arrancados de sus cuencas por sus propias manos, según el forense que lo atendió. Un joven viandante tuvo la mala suerte de cruzarse en su camino de descenso a los infiernos aquella noche, y falleció aplastado por el cuerpo del hombre, que saltó al vacío sobre las 2 de la madrugada. DEP.

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