El Abuelo Cebolleta presenta: Mi primer día de cole.


Sentaos alrededor de la lumbre, nietecillos. Esta es una de esas historias que se cuentan al calor del fuego, fumando en pipa y entrecerrando los ojos para llegar a vislumbrar lo más claro posible los recuerdos que permanecen más allá de las brumas de la memoria.

Me río con una de esas sonoras carcajadas de anciano, preñadas de displicencia, cuando los padres de ahora me hablan del trauma de dejar a sus hijos en la guardería. El verdadero sufrimiento es el de los niños. No tanto los de ahora tan pequeños que apenas si son conscientes de lo que viven, sino el de los de antes. Nosotros. Que nos veíamos un día despojados repentinamente del calor del seno familiar y expuestos al gélido escalofrío del abandono corriendo por nuestra espalda. Tenía cinco años la primera vez que fui al cole.

Eran otros tiempos con otras crisis. Las guarderías eran pocas, lejanas y caras. El oficio de muchas madres era “sus labores” y entre estas se encontraba la de amamantar (literalmente al principio y luego figuradamente) a sus cachorrillos hasta que llegaban a la edad legal de escolarizarse.

Durante todo el verano la familia te había ido poniendo en preaviso acerca de las maravillas y bondades del colegio. Un mundo tan extraordinario que no podías esperar a conocer. La cartera de polipiel de ministro, los cuadernos Rubio o las cajas de lápices de colores Staedtler con fotos de animales eran un prometedor adelanto. Sin embargo al llegar el día señalado las caras de los otros niños en la parada del autobús contradecían todo lo que habías escuchado hasta entonces. Lágrimas en directo, o surcos de lágrimas pretéritas recorriendo rostros que aspiraban y espiraban mocos por sus cuarteados orificios nasales. Pena profunda dibujada en sus ojos. Intentos desesperados de huidas a la carrera cortados de raíz por el brazo, confusamente despiadado, de la madre.

Cuando fui consciente de mi trágico destino era demasiado tarde. El desolador sonido de las puertas de la camioneta escolar al abrirse había entrado en mi vida cambiándola para siempre, suspiraban o bufaban, qué sé yo, sólo sé que me aterraban. Recuerdo que mi madre no me pudo sostener la mirada al decirme adiós. Recuerdo que plantó un beso en mi cara y una ausencia en mi corazón. Recuerdo cierto orgullo de no haber llorado al mirar a mi descontrolado alrededor. Recuerdo que al intentar consolar a mi compañero de asiento la tristeza me agarró por la garganta y me dejó mudo. Recuerdo mi cabeza pegada a la ventanilla y el mundo nuevo al que me asomaba. Y luego sólo recuerdo las líneas de la carretera, continuas y discontinuas, y el asfalto. No conseguí alzar la vista hasta que la puerta del autobús volvió a resoplar con fuerza. Entonces contemplé aquel edificio ajado y sombrío, y aquel cartel que todavía no alcanzaba a leer. Imaginé que ponía “Bienvenidos al infierno”, doce cuadernos de escritura Rubio después, supe que allí rezaba:

“Academia San Antonio: Párvulos, EGB, Mecanografía y Taquigrafía”

Continuará…

Artículos relacionados

Acerca del autor

Deja tu comentario

Mostrar
Ocultar