Chloe y La Casa de Hadas


Casa de hadas2

Chloe comenzó a construir la casa de hadas con hojas secas y algunas ramas que encontró a su alrededor. Un precioso comienzo para un día mágico. El día después de Navidad siempre era igual desde hacía años, no recordaba uno sin que su padre los llevara al parque del Retiro ese día. Este año su hermano Luca corría buscando bicicletas, eligiendo la suya, la que sería su bicicleta perfecta. Estaba hipnotizado por las dichosas bicis, incluso hubo un chico que casi lo atropella por quedarse embobado mirándolo, su cara se convirtió en un plato blanco de sopa de verduras tras el incidente, paliducho y con aspecto desagradable, Chloe intentó contener la risa al darse cuenta de lo que había pensado, pero no pudo así que se tapó la boca y se giró para que su padre no la regañara en un día tan maravilloso.

 

La casa de hadas era un punto mágico de entrada, lo descubrió por primera vez cuando tenía tres años. Aquella primera vez fue como ver una película de dibujos animados, de hecho según sus padres durante el siguiente año estuvo pintando en cada papel en blanco que le ponían por delante retazos de su primer viaje a aquel mundo fantástico (aunque claro, ellos no lo sabían), lo que provocaba los aplausos de sus profesores y familiares por su inesperada imaginación y manejo de los colores.

 

Cada año esperaba ese día con mayor entusiasmo que nadie, tras despistar un rato a su padre y a su hermano dando un paseo se excusaba para ir a jugar por su cuenta en la hierba. Construía con cuidado la casa con restos de árboles y plantas y voila, todo se difuminaba a su alrededor. Al principio era como si todos los objetos se derritieran, pero al momento surgían con sus colores mucho más brillantes y llamativos, algo así como si hiciera de repente tanto calor que comenzaran a sudar y se desprendieran de una piel grisácea cuasi transparente que los hacía grises e insulsos.

 

Cuando entraba podía moverse de un lado para otro como si volara, de hecho era lo que realmente pasaba, se había visto muchas veces a sí misma sentada sobre el césped jugando de manera pausada mientras su yo verdadero saltaba y reía entre los árboles. La gente en general estaba pausada. El envoltorio grisáceo de las personas no se iba como el de los objetos, eran como medusas flotando en el aire, que en lugar de andar, correr o hacer lo que las personas hacen, se dejaban llevar por la brisa de este mundo de colores o simplemente se mantenían ahí, suspendidas. La gente gris dormitaba en aquel mundo, y solo se podía ver el brillo en algunas personas de vez en cuando, las estrellas fugaces. No todos se quedaban grises, los niños pequeños perdían siempre su envoltorio y jugaban con ella durante horas, pero solían tener como mucho cuatro o cinco años, a partir de ahí la mayoría comenzaban a pausarse poco a poco hasta aparecían definitivamente pausados, indefinidamente, sin vuelta atrás.

 

Chloe no buscaba nada en sus viajes, tan sólo encontraba aquello que necesitaba para volver con más fuerzas e ilusiones. Al principio estaba solo unas horas, pero con cada año alargaba su estancia. Era una sensación maravillosa de paz y luminosidad que la envolvía por fuera y la llenaba desde lo más hondo de su ser hacia fuera. Había llegado a la conclusión de que cada día en la tierras de las hadas equivale a 15 minutos de realidad. Un año llegó a estar 3 días completos allí, y cuando volvió Luca estaba dormido sobre su padre,  le guiñó un ojo y le indicó que guardara silencio con el dedo sobre los labios.

 

Esta vez había decidido llevarse a su padre y a su hermano con ella. Se sentía con la fuerza y la experiencia necesaria para arrastrarlos consigo, tenían que verlo con sus propios ojos. Las primeras veces que entró jugó mucho con Luca, cuando era más pequeño, pero últimamente no era capaz de encontrarlo. Su teoría era que cuanto más tiempo se pasaba sin entrar en el mundo de hadas más difícil sería volver. Luca no sería un gran problema, siempre le hacía caso a ella, era muy cariñoso y le encantaba jugar a cualquier cosa, pero papá sería harina de otro costal, era un adulto.

 

Lo había tanteado varios días con preguntas variadas. ¿Por qué no dejas de hacer tonterías? ¿Por qué estás cantando y sonriendo continuamente? ¿No te das cuenta de que me pones en ridículo delante de mis amigas? Ya sabéis, poniendo la aguja en el asiento para ver por dónde saltaba. Y su respuesta casi siempre era la misma – Chloe, tu padre está loco por ti, no puedes hacer nada, cuando seas más mayor tendrás que jugar tú conmigo en lugar de yo contigo.- Sí, estaba segura al ochenta por ciento de que su padre aún tenía posibilidades de entrar. Eso sí, tendría que hacer un esfuerzo muy grande por no soltarlo en el camino.

 

Dejó la última hoja con sumo cuidado sabiendo que todo giraría a su alrededor sin vuelta atrás en cuanto tocara el tejado.

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