De divorcios de uno mismo


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Cuando llegué a casa mis padres ya habían decidido separarse, pero aun no sabían cómo decírmelo. Es curioso que pensaran que yo iba a tener una reacción similar a la que ellos tenían cada vez que debían resolver sus conflictos, esto es, tirándolo todo por la borda y sobreactuando como si estuvieran delante de un tribunal popular en una serie americana. Si de algo me sirvió todos aquellos meses de discusiones a hurtadillas cuando yo me acostaba, de humillaciones mutuas delante de amigos y otras situaciones desagradables, fue para darme cuenta de que los ataques personales no resuelven los problemas.

Me llamaron poco después de merendar, acababa de colocar el abrigo en el armario y sacar de la mochila los cuadernos y libros que necesitaba para estudiar. Bajé las escaleras despreocupado, pensando qué historia se habría sacado de la manga esta vez mi padre, de la cual yo sería responsable sin saberlo por la falta de cuidado que tengo con casi todo según él. – Tu padre y yo tenemos que hablar contigo -dijo mi madre con aire compungido. Tampoco me sorprendió su actitud, sí, siento decirlo, pero mi madre se había convertido hace tiempo en una suerte de resto de lo que era hace años, con tendencia al victimismo y cierta teatralidad que me sacaba de quicio.

La supuesta confesión del tema resultó cuando menos un alivio, al menos al principio. Se quedaron observándome expectantes -entiendo que estés enfadado con nosotros-. Mi padre sonrió de manera nerviosa enseñando esos dientes de abajo torcidos que nunca quería arreglarse, debía ser la primera vez en todo el año que le veía sonreír, pero hacerlo en aquella escena me pareció inquietante. – Me alegro por vosotros, ya era hora -me levanté y subí de nuevo a estudiar. Y la dejé allí plantada.

No hay una cosa de la que me haya arrepentido más en toda mi vida, aun habiéndolo hablado con ella muchas veces y haberle pedido perdón, hay veces que uno hace daño por gusto, sin pensar, y la marca no desaparece nunca. Es como una puerta de hotel, cada vez que la abres sabes que se cerrará por si sola una y otra vez, no hay manera de que se quede abierta.

Después de aquella tarde las cosas no mejoraron. Mi convicción fue siempre que cortar por lo sano era la mejor solución a casi todos los problemas en la vida. Empezar de cero sin tener en cuenta los costes era una solución rápida y segura, aunque con los años me llegué a dar cuenta de que no muy limpia, poco aséptica como Laura me diría años más tarde. Aquellos cortes limpios que a mí me gustaba tanto dar no hicieron más que infectar unas heridas que nunca llegaban a curar, y además se pudrían causando estragos emocionales que me costó mucho asumir y atajar.

Los primeros síntomas de que algo no iba bien fueron falta de concentración y desmotivación por casi todo lo que no fuera yo mismo y vaguear. Aunque el primer chispazo real que recuerdo ahora desde la distancia fue el día en que desperté con la cabeza ensangrentada. Nos habíamos mudado ya a un piso más pequeño, mi madre y yo me refiero, a mi padre lo veía algunos fines de semana, en general no solía ir entre semana porque el piso que él se podía permitir estaba fuera de Madrid, lo suficientemente fuera como para tardar más de una hora en transporte público a primera hora de la mañana. El piso en el que vivíamos mamá y yo tenía dos habitaciones, a mí me tocó la más grande. Pusimos un escritorio que trajimos de la otra casa justo debajo de la ventana, al fondo, una cama de 90 contra la pared, y la pared de la izquierda se quedó vacía. Bueno, puse un poster de un concierto de Kiss.

Aquel día había recibido las notas de varios exámenes, todos suspendidos como era de esperar. No tenía ganas de hablar de nuevo del tema, gruñí al entrar y me encerré en mi habitación. Mi madre no dijo nada, ya me había dicho muchas veces que no le gustaba la actitud que tenía últimamente, ni que me encerrara durante horas. Recuerdo que estuve un buen rato tumbado en la cama perdiendo el tiempo con el móvil, también me levanté otro rato y estuve revisando algunos CDs antiguos. Lo siguiente fue escuchar un ronroneo lejano que se fue tornando poco a poco en voces histéricas mi alrededor. Mamá decía que aun se estremecía al recordar la escena que se encontró cuando entró a la hora de la cena al oír los golpes.

Abrí los ojos totalmente aturdido entre el barullo de voces, y pude reconocer a mi madre junto a otra mujer, que terminaría siendo una vecina, como si mirara a través de un cristal sucio. Pude ver la manos de ambas rojas, pegajosas, y sus bocas moviéndose gritándome. Cuando me lograron incorporar ví que el poster de Kiss estaba tirado en el suelo y la pared antes blanca, ahora estaba desconchada y manchada de sangre, ahora sí que pensé en sangre, sí, manchas rojas y pegajosas de sangre. Nunca he recordado cómo empezó. Según el doctor y mi propio dolor insufrible en la cabeza, había estado golpeándome con la frente en la pared hasta desmayarme y acabar tumbado en el suelo.

Las semanas siguientes fueron más tranquilas, estuve más centrado en clase, comencé a aprobar algunos exámenes de recuperación y mis padres llegaron a pensar que todo había pasado, lo notaba en su manera de hablarme, en sus caras. El invierno entró de golpe como suele entrar en Madrid, la temperatura bajó de golpe y las camisetas dejaron paso a las sudaderas y los abrigos. Más o menos dos meses después del primer incidente, empecé a arañarme los brazos y hacerme heridas cada vez más profundas. Las oculté debajo de la ropa mientras pude, pero llegó el momento en el que fue imposible justificarme.

El día que mi madre descubrió las cicatrices y las heridas llamó histérica a mi padre. Se presentó en 20 minutos, lo que era inédito en él, ya que más bien se había acostumbrado a llegar tarde y en muchos casos excusarse por cualquier razón para no aparecer. Me agarró de las muñecas y se puso a gritarme que si estaba loco, que si no me daban todo lo que necesitaba, que si que me había creído…. Mi madre se escabulló llorando a la cocina, dejándome allí delante de la máquina de balbucear incoherencias. Pasó por todo aquello que él pensaba era de importancia en mi vida y que ellos me habían proporcionado. Un techo, un educación, un plato de comida, calefacción en invierno. Después de un buen rato comenzó con las preguntas chantaje-victimismo: que si no entendía lo que les estaba haciendo sufrir, que si no era capaz de tener un compromiso con la familia (¡¡¡familia!!!, ¿qué familia?), bueno, y eso, dejemoslo ahí. No escuchaba más que frases sueltas, preguntas sin sentido, me embotaba la cabeza y estallaba en deseos de salir de allí. Apreté el puño alrededor de móvil y le golpee en la cara con todas mis fuerzas.

Cayó a plomo en el parqué. Mi madre me miraba desde el umbral de la puerta con la mano sobre la boca, superada por la situación desde hacía años, si no hubiera sido por mi autocontrol el tema habría acabado así mucho antes, pero no, yo había encendido la mecha y los demás no eran más que víctimas de mi cinismo ahora.

Cinco años, cinco, de psiquiatras. Dos de ellos me medicaron sin piedad. Uno logró acercarse un poco a mis defectos de personalidad lo suficiente como para que yo entendiera lo que me pasaba. Pero fue Laura la que me arrancó de cuajo la rabia.

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finales imaginados

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