Isabel


cebada

Isabel dio el pecho a sus cuatro hijos hasta que pudo, recuerda que cuando nacía un nuevo bebé, le daba el pecho a otro más mayor a la vez durante muchos meses o incluso años. Estaban tan acostumbrados a no tener nada que echarse a la boca que la única manera de evitar que los pequeños murieran era mantener la lactancia. Nadie se quejaba, nadie se sorprendía.

Cuando Javier llegaba del campo, Isabel lo abrazaba con fuerza y aquel olor a tierra en su pelo le entraba por la nariz y la llenaba por completo. Aquel olor siempre le provocaba emociones contrapuestas, su corazón se venía arriba y se henchía con los recuerdos de su marido, era capaz de sentirle a su lado, de casi tocarle. Pero luego su cabeza la golpeaba sin piedad para recordarle que se fue sin despedirse. No pudo decirle adiós, no pudo sentir el calor en sus labios por última vez. Tan sólo dejaron tocar su frío rostro cuando lo trajeron.

Ser jornalero no fue nunca un problema, Javier entendía el campo como entendía su propio cuerpo, lo sentía de igual modo. Si la tierra estaba seca su interior… se agrietaba a la par, si el sol la abrasaba desde lo alto… la frente le brillaba con sudor, cuando brotaba y nacía de nuevo una cosecha… sus ojos lucían alegres y vivarachos. Y cuando volvía a casa ella era su princesa, su reina, su amante, se fundían, se besaban y no había nada más en el mundo que pudiera evitar que su vida fuera perfecta.

Arturo, el celador de mañana, le comentaba amablemente lo que había estado haciendo la tarde anterior, y mientras, ella observaba fijamente el jardín, como siempre, sin posar la mirada en ningún lugar concreto.

Isabel se levantaba a las cinco con Javier, preparaba el almuerzo que se llevaría con los restos de la cena del día anterior, después de la guerra no se tiraba nada. A la vez le calentaba unas sopas de ajo o de vino, con pan duro para empezar caliente el día. Entonces cogía la masa vieja del día anterior para amasar una hogaza para el día. Él salía siempre con buenos recuerdos, alguna mancha de harina aquí y allá, y un hermoso beso como si nunca se hubiera ido. Ambos se pasaban el día haciendo hueco para cuando volvieran a verse, había veces que era casi como volverse loco por nada.

Los niños se levantaban sobre las seis para darle de comer a la ternera, echarle algo a los cerdos (¡dos!, nada menos) y recoger los pocos huevos que ponían las escuálidas gallinas en el corral. Pasaban las mañana con un viejo maestro que no habían alistado por tener una fea cojera desde pequeño, y que tuvo la suerte de no ser recordado por nadie cuando pasaron a fusilar a los subversivos. La cultura siempre fue subversiva, y Isabel sabía muy bien que si sus hijos llegaban a estar bien formados podrían salir de allí, pero a la vez les enseñaba a amar, a sobrevivir, a esconder sus pensamientos cuando fuera más inteligente que dejarse ver.

La silla de ruedas subía con dificultad por la rampa de acceso al edificio principal de la residencia. Arturo seguía conversando con cariño y ternura aunque nunca obtuvo respuesta. Con calma la dejó en su habitación, frente a la ventana abierta, donde podían verse los campos de cebada alejarse como seda amarilla, acariciada por la brisa de la tarde.

Javier solía decirle que el día había sido tranquilo, emocionante o duro. Sintió en su cara el viento cuando él abrió como todos los días el portón a última hora del día, lo agarró con fuerza y aspiró todo lo que pudo para recuperarlo, y el olor a tierra la llenó hasta no echarle más de menos, hasta ahogar ese dolor insoportable. Te extraño tanto, mi amor.

 

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finales imaginados

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