¿Sabías qué?… Adolfo Suárez – El Presidente de la Democracia

ADOLFO Suárez acaba de cumplir 75 años y en medio de los sucesos cercanos que atraen la atención y, a veces nos golpean, emerge su figura rodeada de una niebla hamletiana. No parece oportuno ni elegante enjuiciar su labor política con motivo de esa efímera conmemoración. Pero no será inoportuno subrayar lo que en su biografía pública pueda servir de paradigma.

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La transición política fue un cierto éxodo del pueblo español hacia la democracia. Una epopeya colectiva, pero con algunos conductores entre los que Adolfo Suárez figura en posición destacada con el Rey. Cualquiera que sea el juicio concreto sobre aspectos de ella, permanecerán los objetivos que la orientaron, llámense concordia, reconciliación, superación de antagonismos radicales. En palabras de Suárez, el modelo a seguir era «convivencia libre en la moderación de todos».

No era el personaje más brillante de sus coetáneos. Eso le permitió no considerarse ungido por un liderazgo mesiánico que tantos desastres han ocasionado. La persona que aparecía en la pantalla de televisión para pedir, al comienzo de su presidencia todavía no refrendada por unas elecciones, el apoyo popular a la ley para la reforma política, era próxima, sin prepotencia innata, que tampoco adquirió después. Se trataba de devolver la palabra al pueblo, de «entre todos, con todos» hacer posible adquirir la confianza en autogobernarse. Las reticencias iniciales terminaron por removerse. Transmitía sinceridad.

Era necesario algo más: superar en la práctica la dialéctica entre vencedores y vencidos. A esa idea respondió la idea del centro. Era una demanda real de la sociedad en aquel momento, «una necesidad de nuestra evolución histórica». Fue necesario para reconstruir el Estado, y se mostró útil para fraguar el consenso de la Constitución.

De aquella época queda flotando en el ambiente, más allá de sus concreciones, una inclinación a la magnanimidad, anteponiendo los intereses del Estado a los del partido; un sentido de moderación, que hace más fácil convivir en la discrepancia, sin descalificaciones por sistema; una defensa de las libertades, la apelación al protagonismo de la sociedad civil, desde la que muchos se incorporaron a la actividad política y a la que no pocos retornaron con naturalidad. En esas coordenadas éticas se desarrolló la actuación pública de Suárez sin que, utilizando a Rilke, «el viento creyese que el árbol era suyo porque rozó su rama». Su andadura fue más bien la inversa de la que lamentó Disraeli: «las exigencias del juego democrático convierten a los estadistas en simples políticos». Al día de hoy, trascendiendo el claroscuro de toda biografía, al rememorar su figura, queda la convicción de que necesitamos arquetipos y valores e, incluso, algún Camelot idealizado que estimule la ilusión colectiva.

Fuente Diario de Leon

1 respuesta

  1. JUAN 16 octubre, 2010

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