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Nochebuena sin tiramisú | Concurso de Cuentos I

 

I Concurso de Cuentos El Blog de De Cabo

Empecemos por decir que Alberto había muerto. De ello no cabía la menor duda.

Buscando desesperadamente en mis bolsillos busqué mi teléfono móvil en vano, necesitábamos ayuda. Todo parecía roto. A mí alrededor solo humo y silencio. Empecé a pensar que se debía a que aquel golpe me había dejado sorda, pero pude oír un goteo cerca de mí acompañado de un espantoso olor a gasolina.

¿Qué hago? Grité con las manos en la cara, y estaba húmeda, ¿sangre? Las lágrimas resbalaron por mis mejillas manchadas. Tranquilízate pensé, y miré a mi lado, el cuerpo sin vida de Alberto contra el volante me confundía, ¿Qué ha pasado?

Lentamente el calor se apoderó de mi cuerpo y con los ojos cerrados me vi unas horas antes viendo la televisión cómodamente en el sofá de casa. “Alberto, creo que no deberíamos coger el coche esta noche, hace un tiempo espantoso”. Ni siquiera lo decía convencida, porque en realidad, ¿cómo nos íbamos a quedar los dos solos en casa en una noche como esta? De nada nos habría servido poner ese magnífico árbol en el recibidor y pasar una tarde entera colgándole bolas de cristal y luces. Es un día para estar con la familia, cueste lo que cueste.

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El Viejo Baltasar – I Concurso de Cuentos

 

I Concurso de Cuentos El Blog de De Cabo

Empecemos por decir que Baltasar había muerto. De ello no cabía la menor duda. Ninguno de nosotros conocía su verdadero nombre.

Él era el único tan viejo como para recordar cosas de antes del Desastre y se había autoimpuesto la tarea de contárnoslas para que no cayeran en el olvido. Tenía toda su memoria anotada en cientos de papeles amarillentos y raídos y de vez en cuando, en las noches en las que nos reuníamos en algún refugio a la luz de una hoguera, cansados y hastiados de vagar sin ningún sentido durante el día, cuando ya nos sentíamos fuera de peligro, sacaba esos papeles y nos contaba sus historias. Nos contaba de guerras y sucesos extraordinarios. Nos hablaba de héroes y de villanos, pero la que más repetía era esa de la fiesta de diciembre, la que, según sus propias palabras, más le emocionaba. Quizá fue por eso por lo que lo conocíamos como Baltasar, porque era el nombre de uno de los personajes de aquella historia, el que se nos había hecho más simpático desde el principio. Nos contaba cómo se había iniciado esa fiesta, con el nacimiento de un niño. Esa era la parte más verosímil: hacía más de treinta años que no nacía ningún bebé entre nosotros. Ya nadie se atrevía a traer un niño a un mundo como éste, así que entendíamos hasta qué punto aquel nacimiento fue motivo de celebración. Eso sí, lo que nos parecía totalmente increíble era las cosas que de ella nos contaba, con toda esa gente adorando a aquel niño, y que ese mismo niño pudiera haber cambiado la Historia de la forma en la que él nos decía. Nos sonaba a cuento de viejo más que a otra cosa, a una forma de entretener las largas horas de la noche cuando éstas eran tranquilas, pero él parecía disfrutar tanto con la narración que lo dejábamos seguir, convencidos cada vez más que se trataba más del fruto de su imaginación que de una historia verdadera. Después seguía contando cómo vivían los hombres esa conmemoración, cómo el mes de diciembre se convirtió en fiesta, además de para despedir cada año, para ensalzar la bondad y el amor entre los hombres, que la vivían reuniendo a las familias y derrochando felicidad entre ellos, y cómo fue cambiando hasta que en la última época antes del Desastre, cuando él mismo, Baltasar, era un niño, los hombres habían dejado totalmente atrás lo que realmente significaba, convirtiéndola en una mera verbena donde el único motivo de reunión eran la comida y la bebida y lo único que se derrochaba eran cantidades inmorales de dinero.

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La Carta – I Concurso de Cuentos

 

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Empecemos por decir que Marley había muerto. De ello no cabía la menor duda. Aún recordaba los sesos esparcidos entre la maleza nevada, el rojo apagado de la sangre muerta mancillando la inmaculada nieve blanca. Marley había muerto y ni siquiera habían podido enterrarlo. A duras penas, arrastrándose por la nieve, pudo rebuscar entre sus bolsillos y hallar la carta para la familia que todo combatiente tenía preparada por si se daba el fatal desenlace. Muchos compañeros renegaban de esa costumbre, pues no querían tentar su suerte tocando a la puerta del diablo. Pero Marley era un negro del Bronx, de los pocos que sabían defenderse indistintamente con la pluma y los puños, y opinaba que su familia tendría que saber, en caso de que algo malo le pasase, por qué narices dejó su tierra para luchar y morir al otro lado del charco, en una nación desconocida para la mayor parte de sus vecinos: España, un país en guerra consigo mismo. Eran los últimos días de 1936, el temporal de nieve no abandonaba la Sierra de Guadarrama, hacía un frío de cojones y acababa de perder a su mejor amigo. Mas no había tiempo siquiera para derramar lágrimas, los rebeldes avanzaban con paso seguro y les estaban dando por el culo a base de bien. Tenía que salir de allí enseguida, buscar la protección de alguna roca o árbol caído, pensar en el modo de volver a la seguridad tras las líneas amigas. Marley había muerto, pero él no estaba por la labor. Eres un superviviente nato, le decía el moreno, el chicano más duro de todas las Brigadas Internacionales. Efectivamente, era un tío duro. Además, tenía un encargo que cumplir: entregaría la carta de Marley al servicio de correos.

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Cuando la ilusión ofrece una verdad – I Concurso de Cuentos

 

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“Empecemos por decir que Marley había muerto. De ello no cabía la menor duda. Los ojos de Eve se abrieron por vez primera desde que el calendario volara a pedazos, siguiendo la estela de su vida hasta ese momento, le daba los buenos días a su primer día sin Marley, sin saber en qué día de qué semana de qué mes de qué año se encontraba… Hacía frío, al posar los pies desnudos sobre la baldosa recibió el impacto de una sensación, … una real en su cuerpo, en el externo… desde que se despidió de él sólo había notado su yo interno, nada de lo que le pasara a su piel llegaba a su cerebro, o al menos no sentía constancia de ello… ojalá hubiera podido quedarse así, inerte, vegetal… En el pasillo sólo penumbras… los ventanales se mostraban reacios a dejar pasar los rayos del sol… también ellos echaban de menos a Marley… El conjunto de órganos que es de Eve se mueve con la inercia de toda una vida haciendo lo mismo, la mirada fija desvela que no está donde se encuentra, … cafetera silbante, sartén al fuego, huevos recién hechos, tortitas… y ¿para quién?… Ahí se oye la respuesta, dos pares de pequeños piececillos asoman tímidamente al suelo de la cocina, son Peter y Cloe, que se acercan despacio a su madre, agarrándose de la mano el uno al otro, y juntos la abrazan y esconden sus caritas en la embriaguez del aroma materno… Eve sólo atina a despeinarles cariñosamente y a colocarles en sus sillas para el desayuno… ni una palabra escapa de sus labios… quizás olvidó cómo articularlas… les sirve un buen desayuno, mientras ella se calienta el alma con un café bien cargado y su presencia es lo único que comparten en la sala.

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El señor Fitch – I Concurso de Cuentos

 

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“Empecemos por decir que Marley había muerto. De ello no cabía la menor duda.”

Es mi frase preferida. Tal vez no sea muy brillante, ni muy ostentosa, pero siempre he tenido debilidad por esa parte del cuento. “Tan muerto como el clavo de una puerta”.

Mi abuelo fue enterrador. Mi padre montó una funeraria. Y a mí me gusta llamarme carpintero, aunque por supuesto, construir ataúdes a mano ustedes dirán que está dentro del ramo familiar, claro. De buena madera. Los hago de nogal o cedro, de wengue o pino. Mi abuelo decía que esto de la muerte es un arte, que no se puede morir de cualquier manera.

La primera vez que mi padre me pilló

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Tiempos pasados, tiempos felices – I Concurso de Cuentos

 

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Empecemos por decir que Marley había muerto. De ello no cabía la menor duda. Marley ya era viejo, pero Tim confiaba en haber podido pasar unas últimas fiestas disfrutando de su compañía.

Miró a un cielo limpio y despejado del que de pronto empezaron a caer unos diminutos copos de nieve. Eso le hizo recordar el día en que Marley llegó a casa. Hacía ya 12 años de ese momento, pero lo recordaba como si hubiese pasado ayer. Era un frío 24 de Diciembre y Tim aún no se creía lo que sus padres le estaban enseñando. Marley tenía apenas tres meses. Un precioso cachorrito que le miraba con una mezcla de miedo, tristeza y curiosidad.
Tan sólo tenía 6 años, cualquier cosa le hubiese hecho ilusión, pero la llegada de Marley fue algo más. Se podría haber considerado amor a primera vista.

Con él aprendió lo que significa la responsabilidad, aunque para ello tuviera que pasar por el peor momento por el que puede pasar un niño: perder a su mascota. Tenía 10 años cuando sucedió la trágica historia. Tim debía sacar a Marley a pasear, pero estaba tan embobado con los dibujos de la televisión que no fue consciente de que su pequeño amigo salía por la puerta de la cocina, la cual, a día de hoy, aún no sabe por qué estaba abierta. Se pasó todo el día buscándole por el barrio, preguntándole a los vecinos, a los desconocidos, a cualquiera que pasase por la calle. Incluso empezó a hacer unos carteles para colgar en las paredes y los postes, al igual que hacían en las películas. Aún recordaba la felicidad que sintió cuando lo oyó aullar en el jardín, llamándole.¡Menudos lagrimones se le escapaban mientras lo abrazaba! ¡Y menudos lametones le daba Marley para secárselos!

Los años pasaban y

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El juez de Playmobil y la princesa que dejó de querer al malo – I Concurso de Cuentos

 

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Empecemos por decir que Marley había muerto. De ello no cabía la menor duda. El revolver del sheriff aún humeaba, y el juez Billow no dejaba que su merienda dijera nada. La verdad es que el chocolate siempre había sido su debilidad. A la princesa Barbie nunca le gustaron los tiroteos, de hecho le quitan el hambre. Silvia siempre se queja de que su princesa Barbie tenga que ver estas cosas, dice que las princesas deben vivir en su castillo, nada de muertes en el lejano Oeste. Pero la verdad es que está locamente enamorada del sheriff, aunque no lo sepa.

La tarde-noche de sábado se ha tornado muy fría, y la gente no para de correr de una tienda a otra. Este invierno casi no ha llovido, el frío suple cualquier otra predicción meteorológica.

“Necesitas algo más que esos zapatos de punta”, dice Claudia tratando de controlar a los niños. – Realmente nunca llegaste a tener ese estilo de revista que tanto te gusta.

“Dime qué quieres comprar”, continua con esa cara de agobio que pone cuando no quiere estar en un sitio. – ¿Que quieres esta vez?, que yo sólo quiero un poco de tranquilidad.

La dependienta cierra una de las puertas. Es de esas tiendas de centro comercial que por un lado da a la calle y por el otro al interior del centro.

“Sabes que estos zapatos de punta me encantan”, respondió

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